HABLEMOS DE TI

Vivía en automático. No era muy consciente, para bien y para mal, de la vida. De lo bueno, de lo malo. Y de lo efímero. Vivía en automático hasta que la ansiedad, allá por 2014, sacudió mi vida. Un día, curiosamente paseando por Gijón, viví mi primer ataque sin saber que aquello era tal. Como prácticamente siempre, y afortunadamente también, mis padres estaban al lado para sostenerme en la incertidumbre. Fuimos a Urgencias. «Tómate una Coca-Cola y ve al fútbol, seguro que fue un bajón de tensión», me dijeron. Mi sintomatología siempre es la misma: sensación de mareo y taquicardias. De repente el mundo se torna circular, centrifuga, se mueve, y yo estoy en medio, detenida. Hice caso a la médico. No funcionó. Regresé a Salamanca con papá y mamá. Aquello quedó en el olvido durante unas semanas, hasta que volvió, porque lo hace siempre hasta que la escuchas. Y empezó una nueva ruta por distintos médicos. Hubo quien quiso operarme la nariz, pues decía que la sensación de mareo se debía a que tenía el tabique desviado. Pedí una segunda opinión en la Sanidad Pública: «Nada de eso». La última parada ya fue el psiquiatra. Su diagnóstico, ahora con el paso del tiempo me doy cuenta, tampoco fue muy certero: agorafobia. No era, pero acabó dándose cuenta pronto. Una ansiedad general que derivó en depresión con el paso de los años. Pusimos los parches necesarios: medicación. Y comenzó el camino hacia la sanación: la terapia. Uno nunca se cura de la ansiedad. Es una montaña rusa que va y viene, que te lleva, que te trae, que te mueve, que te (re)coloca. Pero desde entonces me muevo sostenida por Carmen, que nunca me dice qué debo hacer, pero ha abierto la Caja de Pandora de todos mis miedos para ir descubriéndolos, entendiéndolos, desenredándolos. Porque ese es el propósito y la causa de la ansiedad.

Papá y mamá, que lejos les quedaba –como a la sociedad en aquel entonces– ese diagnóstico, siempre me abrazaron para llevarme a la calma. Con prudencia, con respeto, con mimo y con el firme compromiso de hacer todo aquello que hiciese falta para acompañarme en una etapa de mi vida que abría el resto de, precisamente, mi vida. Nunca supe qué era vivir hasta que ella me lo arrebató. Desde entonces, eso sí, entiendo que la vida no es un contrato indefinido.

Esta mañana, al abrir los ojos, desbloqueé una reflexión. Papá siempre había querido un setter inglés. Él tenía una conexión especial con esa raza canina. Nunca supe porqué, pero así era. Cuando empezó mi proceso de ansiedad, llegó Nolito. No habla, no ríe, aunque sí llora –sobre todo desde que papá no está– y ladra mucho. Pero todavía no he conocido a nadie con su capacidad para entender las emociones de las personas. En aquella época yo no dormía, la cabeza me daba vueltas, el corazón me iba a mil y la vida se me iba entre el llanto, abrazada a un miedo irracional que no sabía detener. Y Nolito, que siempre dormía en el pasillo para controlar las distintas habitaciones y no dejar a nadie solo, acudía sin que le llamase, sin yo apenas emitir un sonido porque todo estaba en mi cabeza, pero allí aparecía para apoyar la suya sobre mi corazón. Él necesitaba escucharlo –ahora también lo hace con mi madre, que sufre una patología cardíaca–. Me miraba, con sus cejas caídas, con el único objetivo de hacerme saber que me acompañaba. Nolito me salvó muchas noches, muchos días. Y espero que en cada abrazo que le doy reciba un poquito de la vida que él me devolvió. Papá no buscó palabras para calmarme, me trajo el remedio con sus manos. Los ronquidos de ese Nolito en versión cachorro fueron el primer sonido que me tranquilizó en mucho tiempo. Supongo que un padre siempre encuentra la manera de matar a los monstruos que acechan a su hija.

Poco después de ese proceso, que aún dura y nunca acabará del todo, y también ahora con la perspectiva que te da el tiempo y las herramientas da la terapia psicológica, me doy cuenta de que mi padre vivió una depresión. Nunca lo dijo, aunque su mirada hablaba.  Siempre se empeñó en que la prioridad éramos mamá y yo. Su prioridad. Así lo mantuvo hasta aquel 13 de enero de 2023. Nolito también lo detectó. Y fue el primero, seguramente. Nunca dejaba solo a papá, le perseguía, le exigía que se levantase, que se moviera, que le hiciera caso. Le miraba fijamente y papá se lo recriminaba: «Me pones nervioso». Pero este perro es muy buen terapeuta. Y aunque nunca curó a papá, fue el motor necesario para no caer a un pozo sin fondo que le habría ahogado mucho antes. Exactamente igual que ahora con mamá.

Me rompo cada vez que alguien abandona a un animal. Aún lloro cuando recuerdo un vídeo que vi días atrás de un perro recién abandonado en la carretera, corriendo detrás de su dueño, convencido de que si detenía ese coche le perdonaría inmediatamente, sin preguntas ni reproches. El amor real es invisible, pero palpable. Y de igual modo es la crueldad, la ausencia de bondad y de inteligencia emocional.

Nolito vino al mundo con un propósito: sanar. Sanarnos. Unirnos. Papá lo sabía y por eso ahora que él no está, Nolito no se separa de mamá. Éramos una familia de tres hasta que él llegó. Nunca tuve un hermano y desde que él apareció en mi vida se activó un nuevo miedo: perderle. Llegará ese día. Pasan los años y ya se percibe en su actitud, pero nos curó a todos. Un perro devolvió la vida a tres personas humanas. Quizá lo realmente humano es la capacidad de sentir.

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