Flick es huérfano de padre desde la noche previa a El Clásico, cuando se convirtió, otra vez, en campeón. Flick escuchó a su madre esa noche al otro lado del teléfono diciéndole que ya no podría llamar más a su padre porque acababa de fallecer. Flick, a quien no conozco, decidió quedarse en Barcelona para sentarse en el banquillo del Camp Nou, vencer al Real Madrid y ganar un título más, con una dedicatoria especial.
Sin embargo, Flick no solo tuvo que soportar el dolor de perder a un padre sino el juicio externo –hay quien cree que por ser personas públicas deben asumir casi cualquier consecuencia– de cómo había afrontado la pérdida. Era su pérdida, no la de nadie más, pero hay quien convirtió la muerte del padre de una persona que no conocen, solo por ser pública, en un acto político para reivindicar causas propias. Un derecho laboral es, precisamente, un derecho, pero no una obligación. Hay muchos que, lamentablemente, por su condición de autónomos o por múltiples vulnerabilidades laborales y contextos no pueden hacer uso de ese derecho y es injusto. También hay quien lo tiene, lo adquiere y le parece insuficiente, seguramente con razón. Pero Flick –ni nadie– tiene que dar «ejemplo» de cómo vivir laboral ni personalmente la pérdida de un padre.
No se nos enseña a tratar con la muerte, menos aún cuando es la de una figura tan importante como la de un padre, que sigue siendo nuestro sostén aunque ya seamos adultos. Juzgar cómo se gestiona es un acto de crueldad tremendo. Porque nadie lo hace como quiere sino como puede. Flick decidió trabajar, aunque sea un trabajo envidiado y condenado por muchos, porque así sintió él que necesitaba tratarlo. Quizá impulsado por la necesidad de salir al menos por un ratito del shock y, sobre todo, por la sensación de realizarle un último homenaje… una última entrega para que un padre se sienta orgulloso de su hijo.
Yo no conozco a Flick, ni a su padre, ni sé cómo era su vínculo. Tampoco cómo han sido educados en su casa ni cómo conviven con la muerte. Pero sé lo que es perder a un padre y sentir una necesidad imperiosa de homenajearle con algo hacia lo que él siempre mostró orgullo. En mi caso fue escribir. Recuerdo –y es de lo poco que recuerdo– que al llegar al velatorio me senté delante del ataúd, con el móvil en la mano y escribí. Junté palabras que me arañaban el alma, que me hacían llorar, porque delante de mí había una caja de madera que ocultaría a mi padre hasta que ya no quedase nada de él. Y necesitaba sacarlo, expresarlo de la manera en la que él siempre había mostrado su orgullo hacía mí. Y lo publiqué. También recuerdo pensar que mucha gente, incluso cercana, me juzgaría porque mi padre acababa de perder la vida y yo estaba publicándolo en Instagram horas después. Y por primera vez en mi vida, justo cuando acababa de apagarse la de mi padre, la opinión ajena me dio igual. Yo solo quería homenajear al hombre que me dio la vida junto a mi madre, que lloraba a mi lado desconsolada. Yo solo era una hija que quería sentir de nuevo, y por última vez, el orgullo de su padre hacia ella. Quizá Flick sintió lo mismo. Y le entiendo, porque si algo aprendí aquel 13 de enero de 2023 es que absolutamente nadie puede juzgar cómo uno gestiona el duelo.