Hace unos días, una amiga me comentó que, superada por la exigencia en tiempo y contenidos –demasiado informativos, numerosos y automáticos–, hacía los copys –todavía me peleo por utilizar esta palabra, por cierto– con Chat GPT. Hacer no es lo mismo que escribir. «Uf… yo no puedo, soy una obrera de las palabras, es lo único que se me da bien», le respondí. Mi amiga sonrió y yo también. Ella, porque entendió lo que quise decir. Yo, porque percibí la intención contra mí misma de esas palabras.
Hace muchos días, meses, y diría años, dejé de ser quien siempre creí que sería. Efectivamente, una obrera de las palabras. Cada día hago, pero no creo. Es ese matiz… Antes me encontraba con ellas en el folio en blanco y las cosía, las sostenía, les daba sentido. Las colocaba. Superada por la vida, por una rutina construida sobre el caos y anclada en el autoconvencimiento de que esto siempre será así, me he rendido ante el presente. Y mi lienzo blanco quedó deshabitado, deshilachado de palabras que se caían o ni aparecían. Solo hay silencio. Y ausencia, que es precisamente lo que las palabras trataban de evitar(me). Porque ese conjunto de letras construyen espacios, vías o puentes que te llevan a lugares insospechados… o a ti. Las palabras son un espejo. El silencio, también.
Llevo mucho tiempo prometiéndome a mí misma que esto dejará de ser así. Llegaron los 30 y creí que ese sería un punto de inflexión porque siempre busco anclas externos como excusas para cambios internos. Tampoco. Se me acaban las excusas al mismo tiempo que brotan las palabras, que se escapan de mis dedos buscando una salida, que me abrasan la garganta queriendo llegar a su puerto. Se me escapan las palabras al mismo t(i)empo que la vida.
No voy a prometer(me) nada. Hoy solo vengo a recordar(me) en poco más de 300 palabras que mi lugar en el mundo no sé cuál es, pero que a la meta siempre me conducen las palabras. Las mías, solo las mías. Ni las de otros ni las de Chat GPT.