Hoy cumplo 30. ¡Treinta! Cuando eres pequeña, los ves lejos, como si fuesen una proyección muy futura de vida adulta en la que todo está ya hecho. Pero los 30 llegan… y no hay nada resuelto.
No contaba con llegar aquí y que papá ya no estuviese. Ni con los sueños perdidos por el camino. Con la quimera de formar una familia en el limbo y la certeza imposible de comprar una casa. Con que los cumpleaños, cuando creces, ya no tienen una lista de invitados a la fiesta sino una serie de nombres apagados que ya nunca volverán a habitar una silla. Y tampoco esperaba notar tanto el sonido de las agujas del reloj, que ahora van hacia atrás y no hacia adelante.
Pero, pese a todo, escucho la voz de Juanji en mi interior diciendo: «Felicidades, cariño. Aquí estoy». Y (me) recuerdo la imperiosa necesidad de crear una vida que honre la que a él le faltó por vivir. Por sus (nuestros) momentos perdidos. Por los sueños rotos compartidos. Porque ahora el oxígeno vale doble, incluso cuando falta.
Y también asumo los sueños que ya no serán dando espacio a los nuevos y agradeciendo a los que llegaron sin esperarlos. Aunque siempre añada un «pese a todo». Nunca viví en equilibrio, ahora lo veo. Y quizá es el momento de empezar a hacerlo precisamente «por los sueños que aún nos quedan». Por la vida que aún podemos construir. Y por los que ya no están.
Llego a los 30 con una gran sensación de carencia, pero con la esperanza de (re)encontrar las ganas en los momentos pequeñitos de la vida.
Tauro de mayo. Cómo no. Papá siempre lo supo.