Siento el tiempo escurrirse. Pasa rápido, como si volase. Tic, tac. Lo noto en las manos, que siempre envejecen antes. Lo percibo en el pelo, que ya asoma alguna cana. O en el cuerpo, donde la grasa ya no desaparece a la misma velocidad que antes. Pero sobre todo siento el paso tiempo cuando alzo la vista y veo las sillas vacías y, sin darme cuenta, repito patrones de mis ancestros.
Mi rebeldía durante muchos años fue no hacer la cama. Nunca entendí por qué había que hacerla para luego volver a deshacerla. Pero veía a Trinidad, mi abuela, hacerla poco después de desayunar, cuando la brisa ya había ocupado un tiempo prudencial el espacio en la habitación y el olor de las sábanas daba paso al del perfume de Carmen Sevilla. Con mimo eliminaba cada arruga. Quedaba perfecta, impecable, como nueva. Además, Trinidad madrugó hasta el último día de su vida. Yo siempre le preguntaba que por qué se levantaba a las siete de la mañana. «La costumbre, hija, la costumbre». Si algo había en esa casa eran costumbres.
Trinidad siempre desayunaba café con leche, galletas María y un kiwi. Y el agua que tampoco faltara en la mesa. Obedecía escrupulosamente con los mandatos del médico. «Litro y medio diario, señora Trini». Ella siempre cumplió. Ya en sus últimos años desayunaba ‘compartiendo’ espacio con Messi: la cara del argentino ocupaba la taza del café. Adorar a Lionel también se convirtió en un hábito. Papá sonreía mucho cuando los tres hablábamos del ‘diez’. Ella nos llamaba para decirnos –enfadada– cuánto habían ‘pegado’ a Leo en el partido «esos brutos» (así eran los rivales para ella) y que si habíamos visto el golazo. Otro hábito más. Como la paella y el pollo a la naranja de los domingos. Papá, en el sillón de la izquierda, al lado de la silla de abuela, y yo, en el de la derecha, enfrente de la tele. La taza de Pluto cobijaba Fanta o Coca-Cola, dependía del día. Y Trinidad siempre tenía preparado para papá algún vino que había descubierto. Después de comer, los tuppers y la bolsa, que siempre escondía rosquillas. Cómo me gustan las rosquillas… pero ahora, que hace años que no las como, creo que lo que más me gustaba era cómo mi abuela me demostraba continuamente que siempre estaba pensando en mí. En nosotros.
Ir a Benidorm con ella cada verano también fue tradición. Y sus botellas de agua vacías llenas de conchas marinas para mí tras sus paseos matutinos, también. «Mira, hija, hoy había muchas».
El hábito que nunca me gustó fue el silencio. No se dijeron las cosas que había que decir, como el dolor escondido de papá. Esto también lo entendí cuando abuela ya no estaba… ni tampoco papá.
A menudo escucho en el eco del silencio «Juan José» con la voz de ella. Y me los imagino hablando sobre Lamine Yamal desde el sitio privilegiado que otorga el cielo a las estrellas como ellos. Pero la tierra pesa, pesa mucho en su ausencia.
Y un día me descubrí, sin darme cuenta, haciendo la cama con el mismo tiento que Trinidad. Midiendo el agua que bebo en botellas pequeñas. Desayunando cada día lo mismo. Y cocinando yo misma el pollo de forma muy parecida. Llevando a la Virgen y a Cristo en el cuello. Madrugando siempre, aunque no toque. Y caminando mucho.
Será el tiempo evaporándose. Será la vida escurriéndose. Será que el legado de nuestros ancestros, aún inconsciente, siempre emerge. Pese al tiempo, a la vida y al dolor.