EL FÚTBOL (Y LA VIDA) SIN PAPÁ

Camp Nou

Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos. Y siento más tu muerte que mi vida.  ·– Miguel Hernández

Mis padres decidieron que estaría ligada al fútbol casi desde el mismo 10 de mayo de 1996 que nací. Pero mi primer recuerdo consciente no es el primero que viví: Sé que a los cinco años pasé una noche fría en el Helmántico arropada por el amor de mis padres mientras la Unión Deportiva Salamanca se jugaba un ascenso (que no se celebró).

Años después, papá me llevó al Vicente Calderón para ver al Barça por primera vez cuando yo tenía once años. Nos fuimos por la mañana, en cuanto llegó a casa, después de pasarse la noche recorriendo (mil) kilómetros al volante. Él dormía poco (unas tres o cuatro horas diarias) porque su trabajo así lo exigía: no había apenas tiempo material para cerrar los ojos pero, decía, le bastaba una breve siesta de veinte minutos y una sonrisa mía para (re)cargarse. También fuimos al José Zorrilla –ese día estuvimos los tres–. Y al Camp Nou –una vez los dos solos, y otra, en Sant Jordi, los tres–. Me llevó a Anoeta con una amiga. Y un sinfín de ocasiones viajamos a Gijón para ver al Sporting en El Molinón.

Papá regateaba al monstruo del sueño, del miedo y a cualquiera que apareciera si se trataba de mí.  «La niña» siempre fue todo, siempre fue primero, aunque tuviera que sacrificar pasar tiempo conmigo para que no me faltase nunca nada. Y así fue. Le pesó mucho (me lo confesó hace no tanto tiempo). Pero con papá (y con el fútbol) siempre he sentido lo que es exprimir el tiempo, saborearlo, darle sentido y espacio en la memoria. Él siempre repetía: «Lo poco gusta, lo mucho aburre» y aunque nosotros nunca nos aburrimos el uno del otro, esta (casi obligada) filosofía de vida nos salvó… Así que aprendimos a medir y entender el tiempo en (partidos de) 90 minutos y en temporadas.

Aquel día en el Calderón, papá cantó el gol de Ronaldinho (de chilena, precioso) antes de que el balón moviera la red de la portería (siempre recordaba ese detalle): fue el último del ‘1o’ brasileño con la zamarra culé… Pero en aquel momento desconocíamos que sería el último. Como tampoco yo sabía que la última vez que iba a ver a mi padre (que, por cierto, lucía la cazadora del Real Ávila que le regalé además de la pulsera de Unionistas) sería, veinticuatro horas antes de marcharse para siempre de la Tierra. Las últimas veces reales (casi) nunca se avisan.

Ahora no le llamo (porque no puedo) para contarle, balón mediante, lo que (me) ha pasado, pero llevo en el dedo índice de mi mano derecha el anillo de compromiso que lució hasta que se casó con mamá. Es mi forma de escribir todo por (y para) él.

Antes vivía como escribo: entre paréntesis, casi con susurros, con muchos puntos suspensivos, pero ordenadamente. Ahora he decidido vivir como nosotros veíamos (juntos) los partidos del Barça: con emoción desbordante, nervios benévolos y una incertidumbre asumible.

Supongo que estoy aprendiendo a (re)escribir sin su aprobación y a (re)vivir sin él. Supongo que el fútbol se va a (re)inventar para mí. Supongo que, a mis veintiséis años, he vuelto a nacer.

Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada. ·- Miguel Hernández

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