Se hace el silencio. Y Nolito lo rompe con llanto o con ladridos, es su manera de soltar la tristeza. Se escuchan los pájaros. Se mueven las ramas de los árboles. Miro por la ventana. La carretera que se vislumbra desde casa siempre me ha parecido infinita. De nuevo, el silencio. Suenan las cortinas del patio, zarandeadas al ritmo del viento. Se mueven los peces en el estanque, que nadan corriendo a por su comida cuando sienten que flota. ¿Escuchas el agua? Yo, a veces, sí… es la calma abriéndose paso.
Veo a papá en este espacio, ese que fue tan suyo, tanto que ahora que ya no está sigue notándose su presencia. Él construyó con sus manos este jardín. Él me enseñó la capacidad sanadora de la naturaleza. Cómo y cuánto cura sentir los pies descalzos sobre la tierra que te vio nacer… esas son las (auténticas) raíces. Y brotan, brotan mucho.
La naturaleza era nuestro lugar de encuentro. Pasé mucho tiempo observando a papá. Y nunca me aburría. Su mirada era un libro abierto, tanto que así descubrí los significados del amor y del orgullo viviendo a través de sus ojos. No me cansaba verle con sus prismáticos –siempre acompañándonos, por si acaso, en el coche– mientras observaba el vuelo de las aves. Ahora entiendo lo que para él significaba esa imagen: la máxima expresión de libertad. Ni de escucharle alabar la belleza de una encina. Ahora sé que era su manera de hacerme entender que las encinas siempre serían el mapa de regreso a casa. O cómo le paralizaba, desde la paz, sentarse ante el mar. Ahora sé que su propósito era llevarme hacía allí, para sentirle siempre cerca.
Papá es mi chamán, mi maestro en la vida y mi guía tras su partida. Él sigue latiendo en la naturaleza, viviendo en mi corazón y presentándose en mis logros. Siempre ha sido así.
Decía Antoine de Saint-Exupéry que lo esencial es invisible a los ojos. Esto es porque él nunca vio la mirada de papá. Qué suerte haber podido aprender y entender la vida, sus luces y sus sombras, en sus pequeños ojos marrones.
Papá siempre fue mi oasis. Ahora lo sé.