Siempre había creído que buscaba el silencio… hasta que me descubrí a mí misma huyendo de él continuamente. Ruido externo o música… y si no, ruido interno. Excepto en un lugar: en la práctica de Yoga. Mi mat (la esterilla, sí) se ha convertido en refugio, en un lugar al que acudir cuando la tormenta, que amenaza continuamente desde el horizonte, se acerca.
Crecí con el ‘no’ por bandera. «Esto no puedes hacerlo». «Cuidado». «Mejor no lo intentes». Así viví mis años de colegio en Educación Física y mis clases de Danza porque mi columna vertebral decidió venir al mundo justo como yo escribo: torcida. Muy muy muy torcida. A los siete años ya llevaba corsé para enderezarla. Un corsé que ocupaba mi cuerpo desde mi cuello hasta mis caderas –deformadas por su uso–, que no surtió (demasiado) efecto ya que solo detuvo el tempo alegre del crecimiento de la curva.
A los 16, me operaron: dos barras de titanio y dieciséis tornillos custodian esta columnita que se salió de los márgenes marcados por el cuerpo, que no por el alma indomable que me lleva cada semana a intentar derrumbar los puntos de bloqueo que me limitan más que la propia gravedad. Desde entonces camino y me siento rígida como una vela, pero no en Sarvangasana… Todavía no he conseguido esta hacer asana sin el apoyo del columpio de Aéreo, pero estoy trabajando en ello. Y en los chakras.
En Yoga también he descubierto que aquello que antes denominaba ‘miedos’, hoy se traducen en limitaciones generadas por esos puntos de bloqueo en los chakras. El que ‘okupa’ mi chakra raíz sigue ganando la batalla contra el cuerpo, pero ya no tanto contra mi mente. Estoy construyendo poco a poco confianza y fortaleza para que se evapore y alcanzar Sarvangasana. En ese instante podré enorgullecerme de estar ‘recta como una vela’.
Supongo que estoy cultivando mi propio árbol del Yoga, como lo definió B. K. S. Iyengar, desde la mismísima raíz. Nunca mejor dicho.