Había olvidado lo que era. Me sumergí tanto en esa nueva versión de mí atrapada por la idealización de la vida adulta… Ese exagerado estrés; correr para todo –hasta para ir a dormir y así alcanzar un número de horas decente que me mantenga en pie–; comer poco de lo bueno y mucho de lo malo o directamente ni comer; la práctica de algo de infeliz ejercicio –que después de cumplir veintitodos…– y una pena muy grande que me condujo hasta ahí como chaleco salvavidas para evitar que las olas me sumerjan, de verdad y del todo, en un océano sin salida a superficie. Soy una especie de sirena enjaulada.
Y lo había olvidado, sí. Subir el volumen, quitarme las gafas para no ver más que aquello que tengo justo delante de mis ojos, escuchar el ritmo de la canción y moverme. Mover mi cuerpo a ese son. Siempre fui una bailarina frustrada. Empecé tarde y por ca(u)salidad: mi escoliosis. La danza con tintes clásicos, aunque el Ballet siempre fue una meta inalcanzable, encendió algo desconocido en mí.
Ayer, la pena me llevó al movimiento. Mi mente recordó que aquello (me) sanaba. Subí el volumen, me quité las gafas y me moví, intentando hacer algo parecido a bailar –como años atrás–, mientras lloraba. Y qué liberador… no sólo hacerlo, que también, sino recordar que aún hay cosas que me devuelven a una versión de mí que me abraza y compadece cuando la vida adulta me ahoga.
Así que he vuelto a volver a bailar. Así, redundante, porque han sido tantas veces las que he vuelto para irme y después volver a volver… Y quizá no lo haga otra vez en mucho tiempo, pero bailar fue una tirita en el corazón, y en el cuerpo, que me llevó a una época en la que la felicidad no parecía una quimera y todo, hasta la eternidad, parecía posible.