Hay algo que me pasa desde muy pequeña. Cada septiembre.
Siempre fui una niña a la que le gustó ir al colegio. El verano se me hacía largo… muy largo. Quizá influyese que soy hija única, no lo sé, aunque nunca he querido tener hermanos hasta que la vida de mi papá se apagó. Ese ha sido el único momento en el que me hubiera gustado compartir algo, aunque fuera la tristeza. Pero hasta aquel 13 de enero yo no quería compartir lo mío con otros. Dicho -leído– así puede sonar egoísta, pero no me considero tal. Es más, soy generosa. Siempre he entregado a los demás todo lo que tenía, material e inmaterial, e incluso lo que no tenía. Lo hacía por libre elección, no por la imposición de lazos sanguíneos. Y el paso de los años, excepto en ese maldito momento que truncó mi existencia para siempre, ha confirmado mi teoría de que ser hija única no está tan mal.
Sin embargo, desde muy pequeña he querido que llegase septiembre. Es una sensación casi inexplicable que se fragua en el centro de mi pecho. Siempre he sido una niña -creo que a mis 29 sigo siéndolo- alegre pero triste. Aunque suene raro. Aunque suene utópico. Aunque suene incoherente. Pero es que es verdad. Soy una niña -chica, por no faltar tanto a la verdad objetiva- que sonríe mucho por fuera, pero que prácticamente la totalidad de su tiempo llora por dentro. Hay una falta perenne que no caduca. Quizá por ello ansío la llegada del otoño, por ver si mi tristeza crónica sigue el camino de las hojas y cae… pero no.
Hay olores -que no me resulta sencillo describir-, sensaciones y momentos muy propios de esta época del año. El otoño, dicen, es triste. Y quizá por ello me sienta cómoda en él, como si fuese mi hábitat o mi zona de confort. Eso sí, nada es comparable a la primavera… ahí sí que percibo un atisbo de luz levemente cegadora e ilusionante para mí -quizá porque soy hija de mayo-. Pero en otoño me arropo a mí misma. Creo que se podría decir así. Las piezas parecen encajar y así evito explicar el motivo de esa tristeza, porque es compartida. Y yo me siento más tranquila.
Septiembre era comprar pinturas de colores, escribir tu nombre bien grande en los libros que después acabarías odiando y sobando cada día, madrugar mientras mirabas de reojo al chico que te gustaba en la entrada del colegio, salir corriendo al recreo como si alguien nos persiguiese, compartir mucho tiempo con gente que -no sabías- después desaparecería o te decepcionaría, hablar de fútbol y explicar por enésima vez que Víctor Valdés es el mejor portero de la historia del Fútbol Club Barcelona… Septiembre era un oasis. Y los meses siguientes también, hasta que llegaba junio.
Y ahora que soy adulta, esta sensación no se ha ido del todo. Pero ya no es lo mismo. Rainer Maria Rilke dijo que «nuestra patria es la infancia» y, sí, es cierto. Muy cierto. Porque cuando me hago un ovillito en el sofá mirando al cielo y preguntándome cosas, llueven recuerdos… y siempre pertenecen a ese momento de la vida en el que todo fluía y nadie faltaba, aún con las cosas malas que pudiesen surgir. Porque papá y mamá eran superhéroes que (me) protegían. Porque nunca me sentía sola. Porque la frustración aparecía únicamente en clase de matemáticas o cuando me discutían a Valdés. Porque era feliz y no lo sabía… y ahora que ya no lo soy, y creo que nunca lo seré, uno solo puede volver a donde fue feliz… aunque aquello solo exista -ya- en su cabeza.