Papi, lo primero de todo: ¿en cuál de las nubes que me persiguen habitas? Siempre miro hacia arriba buscándote… intuyéndote. Y hay veces que siento que te encuentro.
Y lo segundo: felicidades. Noviembre siempre triste, eh… lo sé. Aún recuerdo cuánto odiabas tu cumpleaños y este mes porque “siempre pasan cosas malas”… y, sin embargo, fue un 13 enero quien (me) arrebató la esperanza en los años nuevos. Ahora pienso cuánto deberíamos haber celebrado los 62 años que pudiste caminar por la vida. Pero a menudo pensamos en cambiar algo cuando se ha tornado ya irreversible.
Por aquí todo no sigue igual, te mentiría si dijera lo contrario. Hay cosas que sí, ya sabes, pero la mayoría no. Desde que nació Naia hay una pequeña luz que nos invita a seguir creyendo en las cosas bonitas, pero todo lo de más se (me) hace cuesta arriba. Mamá ahora hace Pilates, sigue cocinando igual de bien y yo sigo buscando recordar nuestras comidas de tres en los táper que me traigo. Pero nada es igual porque la soledad es la que ocupa ahora la tercera silla…
Sigo sin dormir mucho ni bien (son las cinco de la mañana ahora mismo). Y, sí, papi, me han vuelto a romper el corazón. Sí, sí, ya sé que no tengo que dar todo de mí; mucho menos creer en castillos construidos con el aire de las palabras; y que ‘soy demasiado buena’. Pero es que estoy tan cansada de ese ‘demasiado buena’… ¿Demasiado buena para qué? Siempre me lo decías, siempre me lo dicen, pero sigo sin entenderlo. He intentado cambiar, ayudada por tu recuerdo y por el sostén del diván de Carmen, pero no sé vincularme, con nadie ni con nada, de una manera que no sea a corazón abierto. Claro, así está… hecho pedacitos. Y antes lo pegabas tú, como cuando nos íbamos de excursión para recomponerlo pieza a pieza con el abrigo de tu compañía. O como tomábamos un café mientras hablábamos de todo y de nada al mismo tiempo. Tú eras mi persona favorita, mi contacto de emergencia, mi abrazo sanador… y no estás tampoco. Es todo un limbo. Y yo no sé, ni puedo, ni siquiera quiero, curarme yo sola.
Sé que estoy a un paso de caer, lo noto. Y lo noto especialmente porque empiezo a no maquillar mi cara con sonrisas falsas o mi estado con palabras amables cuando me preguntan «qué tal». Ya no oculto que el mundo se (me) cae cuando cierro la puerta otro día más y el silencio de esta casa en la que vivo desde hace casi tres años me atrapa. Y luego pienso que me pido demasiado. Cómo voy a estar bien si construí un fortín de hielo alrededor de mi cuerpo creyendo que así podría protegerme de los rechazos, de la insatisfacción de una vida vacía, pero sobre todo de tu ausencia.
He empezado un máster, por cierto. Otra muestra más de mi carrera hacia una meta inexistente de excelencia que no sé a dónde me lleva, porque mi brújula hace mucho que perdió el norte de sus agujas y el sur ni siquiera lo conoció. Hoy, por ejemplo, es el primer día que escribo en meses, así que fíjate cómo estamos. Con lo que yo he sido… pero sobre todo: con lo que yo he querido ser.
En fin, que es tu cumpleaños y yo aquí… hablando de mí (otra vez). Y aunque ya iba a fustigarme diciendo que soy demasiado egocéntrica (hija única, mis disculpas), creo que estoy entendiendo que tú, mamá y yo teníamos una simbiosis tan fuerte que no se entiende un ‘yo’ sin un ‘tú’, papá.
Hoy -bueno, en unos días, porque es la madrugada del 11 de noviembre– habrías cumplido 65 años, pero tu corazón se apagó con los 62 apenas saboreados. Ya lo dijimos antes de todo: «noviembre siempre triste». Pero noviembre siempre será el mes en el que caían las hojas de los árboles mientras Trinidad traía al mundo a la persona que más (me) ha querido y que me hizo entender que merezco ser querida. Ojalá me viera como veían tus ojos, papá. Esos ojos pequeñitos me enseñaron que la mirada dice mucho más que cualquier palabra emitida por la boca.
Siempre viví con miedo, lo sabes, pero desde que te fuiste, pese a que intento vivir por los dos, sólo sobrevivo. Sola es muy difícil. Diría que imposible.
Seguiré buscándote cada día en las nubes y escuchando tu voz en el eco del silencio cuando el insomnio me atrapa.
Felices 65, papá. Te quiero con toda mi alma para toda la eternidad, porque la vida siempre se acaba apagando pero el amor real nunca lo hace. Como el tuyo por mamá, pues igual.