Tres años con sus más de 365 días desde que ya no está. Dos Navidades en los que su risa no suena al fondo de la mesa.
La ropa, su ropa, sigue en el armario, su armario. Creo que sigue oliendo a él, pero ya no sé si es una sensación real o simplemente la evocación del recuerdo, su recuerdo, al abrazarme a ella. La he manchado con mis lágrimas alguna que otra vez, porque cada regreso a casa supone una hostia de realidad que me deja tiritando. Y no es que el resto de días sea feliz, pero la ausencia es latente… porque la distancia, aunque no sea el olvido, desdibuja el dolor del día a día sin él. Casa sigue siendo casa, pero el peso del ya nunca cada día es más difícil de sostener. A veces me río cuando alguien me dice «se aprende a vivir con ello». No. Sobrevivimos porque es esto o matarse, pero no se aprende a vivir con ello, que es lo mismo que sin él. Que nadie mienta, porque no hay nada más injusto y doloroso que una mentira para alguien que ya no cree en nada.
Nuestra última Navidad juntos, sin saber en aquel momento que así sería, fue el enunciado del problema que resultaría después. Aún recuerdo cómo me enfadé con él ese 31 de diciembre de 2022. Acabaron las uvas y se fue a fumar. Yo odiaba que fumara. Mamá se levantó y se fue a la cama. Y yo me enfadé más. «No cambiarán las cosas si recibimos así el año», dije. No se me olvidará nunca. A veces hablamos sin pen(n)sar nuestras palabras. Unos días después, él se echó a llorar y me dijo que sabía que le pasaría algo. Mamá le pidió que no dijera eso, que fuéramos al médico, pero no quiso y no pudimos obligarle. No había nada alarmante, más allá de unos vértigos que todos en esta casa hemos padecido. Nadie imaginó que un aneurisma apagaría para siempre a la persona más buena del mundo.
Sabía que se iría a los 62, como su padre. Él ya lo había avisado en su noviembre maldito. Y el 13 de enero de 2023 se fue para siempre… y el ya nunca cobró sentido. Y efectivamente las cosas cambiaron, pero no como yo quería que lo hiciesen. Se rompió todo. Me rompí yo.
Ahora, cuando arranco el coche, ese que él eligió para mí con la ilusión de ver cómo -por fin- me atrevía a ponerme al volante -como si de una metáfora que aún desconocíamos se tratase-, siento que él está ahí. Empecé a conducir sola con su partida, pero nunca encuentro la dirección correcta. Sigo perdiéndome cada día.
No. No se aprende a vivir sin tu padre. Ni siquiera a sobrevivir. Simplemente te mueves, actúas y piensas por inercia, porque hay por ahí, pululando, una fuerza que tú desconoces pero que te empuja a seguir respirando. Que te (re)anima. Es como el sol en pleno invierno, que aunque todo sigue frío, de alguna manera sigue abrigando. Esa es la pérdida, ese es el duelo. Ese es el sentir de una hija huérfana de su padre.