Mamá y yo hablamos mucho de papá. O quizá no mucho, pero bastante. Es nuestro propósito para seguir viviendo. Pero a mamá siempre le ha costado hablar mucho de la pérdida y el duelo. Esconde mucho sus sentimientos, no le gusta mostrarse vulnerable y siempre (de)mostró ser capaz de superar la adversidad. Un día, un tiempo, se refugió en sí misma cuando la pena le sobrepasó y, aunque papá y yo lo sabíamos, ella nos prohibió adentrarnos en ese muro invisible que había construido. Esa fortaleza que le caracterizaba, desde la emoción y desde la careta, se derrumbó cuando papá se fue. Está reconstruyéndola, ayer me lo dijo («No quiero que nadie me quite este bloqueo porque no podría seguir»), pero lo ha hecho desde una manera –creo– más sana. Desde la acción y el recuerdo bonito, no desde el silencio. No le culpo. ¿Quién nos enseña a elaborar una pérdida? La persona que me sostiene con terapia siempre me dice que «no existe un manual de instrucciones, Paula». Yo soy de buscar y encontrar las palabras para mitigar el dolor, aunque el proceso me ahogue. Mamá, de seguir caminando, trastabillada y en silencio. No le culpo, repito. Pero a veces chocamos e intento imponer mi forma de sanar… hasta que rompemos a llorar las dos como niñas indefensas y vulnerables que buscan el único refugio auténtico que conocieron. Y que ya no está.
Me doy cuenta de que repito mucho: «Mi padre murió». Se lo digo mucho a la gente… para asimilarlo yo. Han pasado más de dos años y sigo escuchando el eco de los gritos como si fuera ayer. Y siento que ha llovido y nacido el sol mucho también. El tiempo tiene muchas maneras de mostrarse: rápido y lento en la misma ecuación. Parece imposible pero no lo es.
Como decía, repito mucho que mi padre murió. Y ayer me di cuenta, cuando estaba intentando retirar interrogantes que me estrangulan desde la culpa, que yo perdí a mi padre pero mi madre vio morir al amor de su vida. Lloré. Lloré mucho. Porque ayer comprendí que no estoy en el centro del eje, que no estoy sólo yo reclamando a otros mi sitio tras un hecho tan irreparable, que me acostumbré a vivir así porque siempre estaban ellos, juntos, para sostener la angustia que casi cualquier cosa me despierta.
Ayer, repito, lloré mucho. Escuché canciones para corazones rotos que siempre oía cuando el mío se resquebrajaba un poquito más. Y ahí estaba papá para abrazarme y reírse diciendo «¿pero de verdad esto es bonito?» mientras veía cómo cantaba ‘La inocente’ de Mora. «Das todo de ti y eres mucho, Pauli, cariño, y tienes que entender que no todo el mundo es como tú». Siempre (me) decía lo mismo. Nunca le hacía caso. Siempre me rompía, pero nunca me dejaba sola y él me arreglaba. Ahora escucho ‘Pa’ de Tini, que dice «Me enseñaste a amar amándome a mí», y veo el amor desde otra perspectiva, pero cometiendo los mismos errores. Y vuelve a sonar la voz de papá en mi cabeza: «Mi niña guapa…». Y vuelvo a pensar, como ayer, que mamá perdió para siempre en esta Tierra al amor que le mostró, como a mí en otro formato, lo bonito de los detalles. Del amor verdadero. El amor de su vida cuando tenían casi toda por delante. Disfrutaron, sufrieron y compartieron mucho juntos. Cuando todo acabó, habían empezado a remontar de nuevo, una vez más… y siempre juntos. La vida nunca fue fácil para nosotros, pero siempre hallaban una vía de escape que (a)guardaba luz.
Y yo, que sigo sin saber si algún día tendré un amor de la vida, no solo he perdido a mi padre, he perdido la versión de mi madre enamorada de la vida. Y es difícil ver y vivir desde el plano adulto a una niña observar cómo su muro y fortaleza invisible continúa derrumbándose sin capacidad para impedirlo.
(No sé si tú has notado que repito en numerosas ocasiones ‘mucho’, de forma muy seguida. Yo hasta que he releído este texto, no. Creo que es porque sigo buscando ser y dar ‘mucho’ mientras siento tan ‘poco’).