EL FÚTBOL, EL AMOR Y PAPÁ

Quini
Papá, Quini y mamá en Gijón.

Pocos días después de que papá dejase la Tierra, mamá encontró una carta que él le había escrito años atrás: era una auténtica carta de amor. Supongo que todos buscamos señales cuando alguien se va… A mí me pareció clarísima. Hice una foto, se la envié a mis amigas y todas me dijeron lo mismo: «Eso es el amor: Nunca te conformes con menos». 

Hoy, que es 14 de febrero –y ayer, que se cumplió un mes desde su partida–, quiero recordar cómo me enseñó el amor en todos sus formatos: por tu pareja, por tu hija, por tu equipo de fútbol… El amor más puro, altruista, sincero y honesto. El amor bien entendido.

Papá se hizo del Barça «cuando nadie era del Barça»… Me contó esa historia un millón de veces –ahora me encantaría escucharla un millón de veces más–. Nació en 1960, pero los éxitos del Barça llegaron mucho más tarde. Siempre estaba en minoría, pero nunca le importó. La fidelidad cuando el viento sopla a favor en portería contraria: es amor. El apoyo cuando los resultados y las piernas no llegan: es amor. El disfrute cuando los éxitos se cocinan, se convierten en Copas y se saborean: es amor. La fe cuando te rodean los ateos –siempre recordaba que ganó dos porras y el Barça dos Ligas gracias al CD Tenerife y a los incrédulos que participaron–: es amor.

Él eligió al Barça. Pese a todo, pero también por todo. Salmantino de nacimiento, no había ningún lazo que le ligase a aquellas tierras lejanas, pero era culé, muy culé. El corazón de papá latía en azulgrana. Desde hace unos años, cuando el fútbol ya se había convertido más en negocio que en pasión y deporte, me confesó haber perdido la ilusión. Decía que ya no era lo mismo, pero llegaba la hora del partido y vibraba con esos once corriendo con el balón en los pies –y pocas veces detrás– exactamente igual que siempre. Pero papá quería creer que no porque no le gustaba ese nuevo fútbol. Supongo que actuaba como todos tras una decepción amorosa: creyendo y cayendo sin querer.

El día que celebré un coloquio en Gijón junto a Quini vi la admiración en sus ojos. Él le idolatraba y ese día pude acercarle a su ídolo. Quizá por esa pasión transmitida amo los goles de chilena –aunque esa mítica foto del ‘9’ nunca llegó a ser gol–. La admiración en el amor es pase fundamental.

He heredado de él una pasión casi enfermiza por el fútbol, pero también los valores que implica. Supongo que el fútbol y el amor, bien entendidos, son como ese cielo azul celeste con algunas nubes: Merecen la pena por esos resquicios de luz que te elevan. Ambos nos provocan las mismas emociones positivas y negativas. ¿Lo mejor? Papá me aupaba en la victoria y me abrazaba en la derrota. ¿Lo peor? Que la butaca que le reservaba a mi lado para los partidos quedará vacía para siempre.

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