RONALDINHO: LA MAGIA

Ronaldinho

«Es muy raro que una montaña cambie de lugar. Es muy raro que un océano pierda su agua. Escribimos cosas eternas». Es uno de mis subrayados en ‘El Principito’: página 56. No lo he buscado para confirmarlo pero estoy (casi) segura de que Ronaldinho en algún punto de su carrera, con alguna de las zamarras que vistió y defendió, marcó gol en el minuto 56. Y así lo considero: eterno. Porque al igual que una montaña no se moverá y el océano siempre conservará al menos una gota de agua: ‘el 10’ siempre albergará la magia en sus botas.

Empeñado en desafiar las leyes del tiempo, el espacio y la lógica, también quiso poner a prueba esa idea de Saint-Exupèry que sentencia: «Lo esencial es invisible a los ojos». Él, un tipo que con sus trucos cubrió de gloria decenas de estadios. Y sin embargo, al mismo tiempo, le concede la razón: la magia, y no ha habido otro como Ronnie en su práctica, es invisible a los ojos. O al menos inexplicable.

Rey de los espacios reducidos e incansable ganador de los duelos uno contra uno, encontraba en las elásticas su vía de escape hacia la portería. Se sabía bueno, diferencial, y probablemente único en esas circunstancias, así que encaminaba el partido –y sobre todo el juego– hacia sus hechizos. En ellas movía su cuerpo hacia un lado para impulsarse después hacia el otro: era como bailar samba en un salón con tapete verde. Enfundaba sombreros y hacía gala de la caballerosidad de la que gozan los bailarines. Ronaldinho no jugaba: bailaba.

Su pie era un imán para el balón: se hacían inherentes el uno del otro, inseparables. Movía el pie al son de su golpeo. Bailarín de nuevo, bailarín eterno: como la montaña, como el océano. Los tacos de sus botas se convertían en tacones con los que construía pases mágicos.

En las faltas: tres pasos bien medidos hacia atrás; borraba su sonrisa; fijaba su mirada en el espacio existente entre el primer y el segundo integrante de la barrera e inmediatamente después enfocaba su vista a portería. Sus lanzamientos se tornaban misiles con los que la épica de la guerra rescataba algo de belleza. En otras ocasiones usaba su mirada para engañar al que osaba en desafiarle: el balón, al lado contrario de donde detenía su vista. Entenderle se convertía en un juego dentro del propio juego: los rivales acababan disputando una partida de Twister en la que Ronaldinho siempre vencía.

Si ahora soy yo quien echa la vista atrás, me apena que su magia se fundiera por decisión propia tan temprano. A veces, lo confieso, fantaseo con lo que podría haber sido ver juntos durante más tiempo, como el maestro y el aprendiz que elaboran la Biblia de los trucos, a Ronaldinho y Messi, pie con pie, bailando al mismo t(i)empo. Pero ambos, seres terrenales con almas y talentos celestiales, demuestran que el carácter humano siempre pesa más.

Diez mil porqués serían incapaces de invalidar diez simples razones por las que la magia de Ronaldinho es y será eterna. Lo esencial siempre gana… Y el balón, siempre al 10.

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