Siempre tuve una gran obsesión por las manos. Es lo primero en lo que me fijo de una persona, pero no desde la crítica o la estética sino desde la curiosidad. Por las manos uno puede medir el nivel de nerviosismo de una persona fácilmente. Uñas mordidas, ‘padrastros‘ que acaban en carne viva… gritan lo que no decimos.
Las manos de papá siempre fueron mis favoritas. Cálidas al tacto, morenas de color y algo ásperas, fruto del maltrato al que las sometía constantemente por su exposición al sol desde el volante y el desdén casi habitual –hasta que un día no– hacia las cremas hidratantes, pero siempre reconfortantes. Eran, además, muy bonitas. En los últimos años, desde que la ansiedad se apoderó sigilosa y silenciosamente de él, apenas podía mantener la alianza en su dedo anular porque retenía líquidos y sus manos se hinchaban hasta casi cortarle la circulación si lo mantenía. Lo dejó, por supuesto, todo lo que pudo.
Mamá, por el contrario, siempre maldice las suyas. Tiene artrosis y artritis y están casi desfiguradas desde hace muchos muchos años. Empezó a trabajar a los quince años. La hostelería, en sus múltiples versiones, casi siempre ha sido su profesión. Y también es ‘ama de casa’, que, lejos de ser poco es mucho. Sus hablan de su capacidad guerrera, de no temer quemarse si es necesario, de cortar por lo sano, de trabajar sin cese. Mamá las detesta y no lo entiendo porque esas arrugas, esas heridas y esos huesos deformados revelan su vida. Ella era la pequeña de una casa en la que acabó siendo la primera para salir a trabajar. Y la jefa de otra casa en la que los otros dos cohabitantes solo podíamos admirarla por su capacidad para hacer todo, sin quejas y siempre de sobresaliente. Tiene un don para la cocina, que papá siempre alababa, y ella no lo soporta. Es de ese tipo de ‘genias‘ que desprecian sus habilidades, que incluso las ignoran. Las manos de mamá revelan el sufrimiento que arrastra desde hace mucho tiempo y lo que gritan sus manos es un paso del tiempo acelerado. Prisa, mucha prisa. Pero también su valentía. No son bonitas, pero con con ellas construyó un hogar… y no hay nada más bonito que esto.
Quizá no elegimos en lo que nos fijamos sino intentamos enderezar los complejos o las virtudes de nuestros progenitores. Digo que me fijo mucho en las manos, pero es que crecí escuchando a mamá diciéndome «hija, qué manos tan bonitas tienes». Y papá añadía: «de pianista, son como de pianista».
Nunca hice sonar un piano, pero sí los teclados de los ordenadores que ellos me han regalado a lo largo de mi vida para que yo tenga las manos que siempre he querido tener: unas manos de escritora.