Se mueve el aire. Se siente y se escucha el viento. Es demasiado fuerte, tanto que intenta arrasar con lo que encuentra. Y yo estoy en una hamaca que se torna columpio al moverse, buscando una calma que el movimiento (me) otorga. Pero la brusquedad del aire quiere sacarme de ahí, de ese aura creado en mi fantasía que me aleja de todos los monstruos reales. Me muevo, me balanceo, casi al ritmo del viento. Nada me saca de ahí. «¿Estás bien?», pregunta mamá. Y no respondo, porque a veces sólo lo hago en mi mente, pero sabe que es un «sí» rotundo.
Por algún motivo que desconozco anhelo una calma que tiendo a encontrar únicamente en el caos. La pausa que suelo reclamar, me aturulla. El silencio rescata lo que hay dentro de mí y casi nunca es bonito. «Donde hay luz, siempre hay sombra», le dije a alguien que escribe y enseña a escribir. Lo hice en voz alta –en realidad lo escribí–, casi sin pensarlo… como si hubiese sido un suspiro interno que buscaba salida, que quería que se escuchase. En mi mundo lo llamaríamos canalización. Y diciéndoselo a otro, me lo dije a mí misma. Es algo que me pasa mucho.
Ese aire huracanado en pleno verano, con sol y una alta cantidad de grados, me llevó a las palmeras. Pienso mucho en las palmeras. No importa qué ocurra a su alrededor, se mantienen firmes e inmóviles. O eso leí un día y con ello me quedé. Supongo que siempre recordamos lo que más nos interesa. Después pensé en las olas agitadas, cómo van y vienen. También en el suelo y en la arena mojados y que siempre acaban secándose. «¿Y si todo es superficial y nada permanente?», me pregunté. Enseguida salí de ese estado de (in)consciencia. Aquello que no es permanente es lo que no se ve. La herida que deja la ola que te golpea queda interna y se reabre cuando recuerdas el momento tiempo después. Nadie lo ve, excepto tú, porque está dentro de ti y nunca dejará de estarlo. Y algo así es la ausencia de las personas, el duelo.
Se escuchan los pájaros. Mamá y yo nos sentamos a comer en el jardín. Hay tres sillas, como siempre. Ella elige la cercana a la puerta, por esa obsesión tan de madre de ir corriendo a por lo olvidado en la cocina; la segunda, vacía, entre nosotras; y después estoy yo. Nolito –un perro muy humano–, se acomoda al lado de esa silla vacía, como hacía cuando estaba ocupada. Algo –o alguien– hay ahí. Él lo ve, lo siente. Como el viento, como la herida. Rezuma la pena, la nostalgia, la tristeza, también la responsabilidad y el compromiso de seguir viviendo. Y la certeza de que nunca la ausencia será vacía, porque quizá ni exista del todo.
El dolor es invisible a los ojos, pero inevitablemente real. Porque se mueve, porque se siente, porque si te das cuenta… se escucha.