Si hoy pudiese llamar a mi padre le diría que Valdés, nuestro Valdés, ha fichado por el Real Ávila, nuestro Ávila. Que quién nos lo diría… y ahora que ya no estamos allí –en plural, porque en mi casa siempre hemos empleado el tiempo plural aunque lo hiciese uno de nosotros–. Pero que qué gracia todo, ¿no?. Y seguiríamos hablando, recordando, todas esas anécdotas construidas alrededor de la figura de Doble Uve, en las que papá aparece siempre. Enunciaríamos partidos, como aquella noche en París en la que por primera vez el Barça fue ‘Valdés y diez más’. Un partido que él no pudo ver conmigo porque estaba con el volante en las manos, trabajando para que yo algún día pudiese llamarle diciéndole que mi ídolo había fichado por el que siempre será el primer equipo en el que él pudo verme haciendo lo que siempre soñé –soñamos–. La vida y sus cosas. La vida y sus caprichos. Ese fichaje y esa muerte.
Si pudiese llamarle, me diría entre risas todo lo que yo algún día dije –dijimos– sobre Valdés. Hablaríamos de que tuvimos la suerte de escuchar en directo al Camp Nou, en pleno Sant Jordi, coreando su nombre en su partido 400 como culé. Papá siempre fue, como yo, muy de Valdés.
También me diría que cuándo voy a soltarle esa retahíla de preguntas que lleva preparada desde que tengo siete años. Y a confesarle que siempre ha sido la entrevista que más he querido hacer, que he escrito mucho sobre él y que he sido su máxima defensora en el patio de mi colegio y desde las teclas del ordenador. Si yo hubiese podido llamar a mi padre, él ya estaría montando la operativa de viaje para dar un paso al frente, derrumbando cualquier muralla posible, si yo en algún momento mostraba un atisbo de duda. Y habría lucido de nuevo con orgullo ese abrigo que Antonio le regaló para llevar el escudo encarnado en el pecho. Ese mismo abrigo, que aún continúa intacto en su armario, es al que me abrazo en mis visitas a casa. La vida y sus giros. La vida y sus causalidades.
Si hoy pudiese llamar a mi padre, le volvería a dar las gracias por ser el primero y el único en elegirme siempre, por soñar lo que yo soñaba y por llevarme hacia mi camino. No habíamos pensado nunca que hoy no podría ser un buen día para llamarle y decirle todo esto, que él se iría tan pronto y tan temprano, que ya no podría volver a llamarle. La vida y sus sombras.
Allí donde brillan las estrellas, la suya luce un poquito más fuerte desde este guiño tan gracioso del destino, porque supongo que hoy esa es su forma de descolgar el teléfono.
Pero ojalá pudiese llamar hoy a mi padre.