INIESTA, UN PINTOR EXTRAORDINARIO

Andrés Iniesta

Ambos retrataron la cotidianidad hasta convertirla en extraordinaria y la hicieron eterna.

Fueron fieles discípulos, pero no tardaron en (a)saltar la categoría de maestros. Si uno era nieto de Velázquez e hijo de Goya, como sentenció Blasco Ibáñez, el otro es nieto de Cruyff e hijo de Guardiola.

Ambos fueron inicialmente cuestionados y tardaron varios años en recibir vítores, premios y reconocimiento, pero acabaron conquistando las mejores ‘galerías’.

Si uno fue aficionado a la fotografía, llegando a albergar seis mil piezas en su haber, el otro las generó y las expuso en la retina de millones.

Ambos se confirmaron como adelantados a su época: vivieron cada uno de su arte por puro amor a este. Y por las incontables horas dedicadas a la perfección de la técnica.

Fabricaron luz en sus obras y dieron sentido y fuerza a los colores. Crear: esa es la palabra. Su palabra. Su definición.

Las pinceladas de uno eran como los pases del otro: finas y elegantes, pero determinantes y eficaces, y estaban perfectamente medidas.

Ambos consiguieron (re)crear realidades para los demás. Pintaron galaxias alternativas dentro de la propia Tierra e hicieron del detalle, del toque único y especial, su propia distinción.

Joaquín Sorolla y Andrés Iniesta no distan tanto el uno del otro. Valencia y Fuentealbilla fueron sus cunas, pero su universalidad es indiscutible.

Iniesta está en ‘El joven navegante cuando toma el barco, lo orienta, lo mima, lo cuida, lo reconduce ante la fuerza de las olas. En ‘El bote blanco’ cuando sostiene la soga, donde su compañero se amarra mientras él, pícaro pero inocente, sonríe. O en ‘Niño sobre una roca’, porque es capaz de crear toda esa gama de colores con la más pura y sincera sencillez. Pero también sabe vestirse de gala para la ocasión cuando esta lo requiere, alcanzar la corona y tomar la espada, como en el retrato de Alfonso XIII con el uniforme de husares. Y en el que le hizo a Louis Comfort Tiffany, pero él con el balón como refugio para la pintura, el pie como sostén para los pinceles y el césped como lienzo. Puede convertirse, si se requiere, en el mosquetero de Sorolla, retornar a las raíces y partir de ellas como fuerza natural hacia el área rival. Creo también, y hasta él mismo lo confesó, que a veces se ha sentido perdido y triste ante la bravura del mar, que bien podríamos llamar vida, mientras caminaba sobre la roca en la que se encontraba, como retrató el pintor a su hija Elenita en Asturias: terminó levantándose y encontrando la manera de sostenerse, igual que hizo el ‘Niño en la espuma del mar’.

Sin duda, Iniesta podría ser cualquiera de los tres hombres de Sorolla en ‘El regreso de la pesca’: el que se sacrifica en la orilla, el que hace y señala el camino y el que comprueba que la retaguardia queda protegida…

Andrés, y Joaquín, han conseguido iluminarnos y regalarnos cientos de obras. Y la sencillez de sus títulos no nubla la calidad, ni la calidez, de sus creaciones.

 

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