PEPE, UN VETERANO BARQUERO DE LA ALBUFERA

La Albufera
© Paula Martín

Una parada obligatoria en Valencia es La Albufera. Son las cinco de la tarde y todavía no hay demasiados turistas. Aquí trabajan once barqueros los siete días de la semana –se turnan entre ellos para descansar un día– a lo largo de todo el año. Una labor exigente para una actividad barata: el paseo, que dura alrededor de 40 minutos, cuesta 4€. 

A partir de las seis empiezan a llegar los más rezagados. En el mirador se entremezclan turistas extranjeros y españoles: todos sostienen un móvil o una cámara para inmortalizar el momento. Sin embargo, los foráneos no disfrutan al cien por cien de la visita, pues los barqueros no hablan inglés. Se pierden una de las mejores partes del paseo en barca: la historia de este espacio natural contada en primera persona por los que la han mantenido viva. Eso sí, los propietarios de las barcas han aprendido algunas palabras clave: «Beach, yes» le dice el protagonista de esta historia a unos jóvenes recién casados. Cualquiera cambiaría el dominio de dicho idioma por recabar, mantener y expresar la historia de la Albufera como él lo hace. Con ustedes: Pepe y su puro, una dupla inseparable. No hay brisa que los detenga.

Cada una de las barcas tiene su correspondiente nombre. La de Pepe, que es la que en ese momento se encontraba más cerca del embarcadero, se llama ‘Estefanía’. Su profesión es pura herencia: su padre le enseñó el oficio y lleva más de treinta años navegando por la Albufera aplicando las directrices que aprendió décadas atrás. Desborda pasión por su trabajo y conocimientos a partes iguales. 

El veterano barquero no se ha dedicado a otra cosa nunca y aunque pueda parecer que es una profesión reservada para viejos románticos de la naturaleza, él mismo nos desengaña: «También hay mucha gente joven, eh. Aquí te puedes dedicar a cultivar arroz o a esto. Mira, desde aquí se ven los arrozales. Son muchísimas hectáreas». La aclaración le sirve como preámbulo de una historieta relativa al famoso arroz valenciano: «Es muy rico, muy bueno. Yo sé que la reina de Inglaterra se ha pegado buenos banquetes de paella valenciana auténtica en restaurantes españoles de su país. Pero aquí no se suele comer la verdadera porque es cara y la gente no lo paga. Para comer una auténtica paella valenciana hay que pagarla». Y no le falta razón. La ciudad está plagada de ofertas de paella valenciana propias de una gran superficie. La lógica invita a pensar que no degustarán el arroz trabajado en los auténticos arrozales valencianos… 

Continúa la travesía y lo hace con un momento innegociable para él. Saca un saco enorme y se dispone a repartir pan entre los presentes… que están bajo el agua. Siempre lo lleva para alimentar a las carpas especialmente: «¿Queréis ver a los peces? ¡Mirad cómo salen muy rápido para hincarle el diente! En realidad no tienen dientes, así que las carpas ablandan el pan para poder comérselo». Y continuó con su inmediata labor: alimentar a los peces. Debe tener una especie de acuerdo tácito con los patos, porque enseguida salieron a saludar cuando escucharon el motor de la ‘barca Estefanía’. 

«¡Ay, qué malas son las gaviotas!» afirma después de ver cómo le habían robado el pan a sus ‘colegas’, que ya habían volado para recoger su alimento. «Bueno, tengo más» dijo entre risas. Y volvió a repartir el pan entre los patos y los peces. Después llegaron las gallinas marinas, buenas amigas suyas también, y no tardaron en salir a por su parte. Una tiene la sensación de que se comunica con toda la fauna que habita la Albufera. Continúa con su elaborado discurso: explica que hay zonas restringidas para las barcas por motivos de conservación de las diferentes especies.

Entramos en una zona del espacio que le permitió dar paso a su siguiente enseñanza: «Aquí solo pueden pescar los que tengan antecedentes en su familia. Si no, no hay espacio libre para la pesca». Los juncos y la diferente flora de la Albufera valenciana arropan su discurso. Asimismo, continúa con un apunte que se le había olvidado decir antes: «Hace 40 años se veía el fondo y el agua se podía incluso beber. Pero el uso de pesticidas, detergentes y la mano humana acabó con ello». Y lo cuenta con un visible halo de nostalgia. 

—¿Te gusta tu trabajo? ¿No es demasiado duro y más aun con cierta edad?

—Sí es duro, pero a mí me gusta mucho. No me importa venir cada día y hacer esto una y otra vez. Son muchas horas… pero es lo que hay. 

—En invierno bajará el número de visitantes…

—Sí, pero no te creas… Al final siempre viene alguien, así que hay que estar por si acaso.

Hay que estar, efectivamente. Y él está en cuerpo y alma, sobre todo en alma, porque en cada palabra y minuto del paseo se le ve en calma, contento, equilibrado… Feliz. 

Es pudoroso. No pide el dinero correspondiente de la visita –se paga al final–, sino que se aleja del grupo de navegantes momentáneos y da espacio para que sean los propios visitantes los que se acerquen. Se sorprende con las propinas, pero las agradece con una especie de reverencia con su viejo sombrero de paja.

El siguiente paso es la despedida con sus temporales compañeros de travesía, los del turno de las cinco. No sonríe mucho. En tierra firme es más tímido que cuando se posa sobre el agua de la Albufera. 

Pepe tiene las uñas manchadas. Es una muestra de su trabajo: desatar y atar la barca; aclimatarla; ordenarla… Y también de su innegociable relación con el puro durante la travesía en barca. Su piel es morena y arrugada, testigo de las cientos de horas que pasa bajo el sol.

Casi los 365 días del año, allí está, dispuesto a contar por enésima vez la historia de la Albufera. Evidencia un amor por este entorno que contagia a cualquiera que le rodee. Así es Pepe, un barquero de la Albufera.

*Nota: La documentación para esta crónica fue recabada en verano de 2018.
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