JUEVES DE RECUERDOS

Villavieja de Yeltes
© Imagen de Google Maps

Hoy he rescatado mis zapatillas favoritas.

Desde hace meses estoy sumergida en un proceso similar al andar de los cangrejos: hacia atrás. Me ahogo en una nostalgia, peligrosa, que me invita a regresar a aquella época en la que la sonrisa era un complemento más en mi día a día.

He venido a casa de mi abuela. Y me he puesto esas zapatillas en un ridículo acto de supervivencia de mi Peter Pan interior. La última vez que estuve aquí la evidencia me golpeó: yo la cuidaba a ella y no al revés, como me había acostumbrado durante años. Creo que me he puesto estas Reebok con la misión (imposible) de regresar al pasado.

Es jueves 24 de octubre. Es el día en el que Franco deja el Valle de los Caídos. Mi abuela nació y creció en Villavieja de Yeltes, un pueblo salmantino que sufrió sobremanera la represión franquista. Hemos estado comentando situaciones, historias y personas que ella conoció. Dice que no entiende mucho de política, pero tampoco cómo podían dejar a una chica sola, en medio de la nada, después de haberse llevado a su novio para fusilarlo. O cómo su padre había tenido que mitigar el ansia de venganza de un niño que, cuando creció, quería saldar cuentas con los asesinos de su progenitor. También me confiesa que encarcelaron a su tío por ideas políticas y que ella le leía las cartas al oído de su abuela «porque estaba algo sorda y no sabía leer ni escribir». Trinidad, mi abuela, no entiende de política, pero sí de dolor. Y esto es suficiente para empatizar. Esa tarea humana que a veces se nos resiste.

Me dice que tengo que ser fuerte. Y vuelven a vidriarse sus ojos. Habla de su mamá, que falleció seis meses antes de que ella cumpliese los cinco años. Y de cómo su padre se maravillaba con su capacidad de recuerdo pese a haber vivido tan poco con su madre. No se olvida, por ejemplo, de una broma que le hacía: «Hija, mira a ver si sale la tortilla por la chimenea, que voy a darle la vuelta» y ella, junto a su hermano Manuel, salían corriendo para comprobarlo. Cuando volvían, la tortilla estaba en el plato: «No, mamá, no ha salido». Reía entonces y ríe ahora al contarlo. Y pienso que es bonito cuando los suspiros mentales nos hacen llorar y sonreír al mismo tiempo. Supongo que esta es la belleza del recuerdo, también su condena.

La emoción se ha apoderado del ambiente. Cambiamos el tema de conversación. Decide hacerse con el periódico de la mesa y, como siempre, va directa a leer la sección de deportes. Lógico: ayer jugó el Barça y «ha marcado otra vez Messi, a ver si le dan otra vez  el balón de oro, que la bota ya la ganó» dice. El ’10’ es su favorito desde hace años. En su casa, en Vitigudino, le tiene una especie de altar en la cocina. Y todos los días desayuna en una taza con su cara. Siempre le defiende. «A ver si va a tener que ser él siempre el que haga todo» suelta con cierto grado de enfado. A capa y espada. Su Leo es intocable.

El tic-tac del reloj se empieza a escuchar. Es hora de comer. Cerramos el periódico… Suficiente por hoy.

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