EL ECO DE DOS HÉROES

Hermanos Castro

El cielo está repleto de estrellas. Las hay que más fuerza que otras, algunas pasan desapercibidas por timidez y, sin embargo, hay una especie en extinción que busca guiar con su brillo desde el cielo a los que aun están en la Tierra llorando su partida. El brillo se mide en función de la honradez, de la bondad, de la solidaridad, de las huellas que has dejado en vida y de las personas a las que has marcado. Si se olvidan de ti, desapareces. Como en la película de Pixar ‘Coco’. El recuerdo es fundamental para que sigas brillando, latiendo y viviendo, aunque sea en otro espacio distinto al que conocías. Hay dos estrellas, que optaron por un brillo rojiblanco en vez de dorado que se han reunido recientemente. «Siempre se van los mejores» dicen. Y con ellos se cumple a la perfección. Compartían genética, sangre y calidad humana. Eran hermanos por obra y gracia de sus padres, pero también por el nexo tan fuerte que les unía: su continua pelea por hacer el bien allá donde pisaban. Se ayudaron del fútbol para conseguirlo… ese deporte que va mucho más allá de lo que aparentemente hace ver. Uno marcaba goles con tanta magia que llevaban, en la Tierra, hasta el séptimo cielo. Y otro los detenía con un tipo de vuelo restringido para uso único de los ángeles. Alguna vez se enfrentaron sobre el verde, en esa clase de partidos que se reconvertían en anécdota para la sobremesa en familia. Precisamente ellos le dieron una acepción nueva a ‘familia’, porque consiguieron que miles de personas se convirtieran en una para apreciarles, llorarles y sentirles como parte de la suya propia. Está claro que son una excepción a la vida, una especie única e irrepetible que escasea… Una clase de personas que se postulan como ejemplo al que seguir a base de buenas acciones y palabras. Ellos, Jesús y Enrique. Ellos, los hermanos Castro. Estrellas en la Tierra y en el cielo. 

El vuelo del ángel

Desplegó sus alas de ángel (roji)blanco en 471 ocasiones para salvar al Sporting… y cambió la portería por el mar y al Sporting por dos niños y su padre en la playa del Pechón. El fútbol fue más justo con él que la vida. De ella se fue amarrado a una herradura de Trahali, el caballo que su hija Joanna al que tanto había mimado. 

Se han cumplido 25 años de su partida… Pero, de tal calibre fue la flecha de este arquero, que conquistó el corazón de los que lo conocieron y de los que no también en un cupón vital sin fecha de caducidad, porque los buenos nunca la tienen aunque se vayan del mundo terrenal. 

Amó al Sporting con una intensidad y de una forma tan pura y sincera que resulta bastante difícil encontrarle alguien similar. Jesús Castro entregó todo de sí al club de su alma. «Hay que dar el ciento veinte por ciento sobre el campo», decía. Con carácter sobrio, dentro y fuera de su cárcel con libertad condicional de cal, siempre se mostró como un muro casi infranqueable que otorgaba seguridad y confortabilidad. 

Formó un buen dúo con su mujer desde jóvenes… y pronto el dúo se tornó en equipo con la llegada de sus tres hijos. Su familia y el Sporting eran lo más preciado para él. Ahora bien, más allá de su buenhacer en el fútbol, la vida se le fue por hacer uso del don que ésta le había otorgado previamente, una vocación más: el altruismo. «Ante todo hay que ser buena persona, que te recuerden por ello», decía. Su vida, aunque haya trascendido con especial recuerdo el episodio final, es una sucesión de capítulos que ejemplifican la persecución de esta misión por su parte. Tan pronto volaba bien alto para llevar al Sporting como, sin darse ninguna importancia y mucho menos publicidad, ayudaba a todo aquel que se lo requería. 

Jesús fue un salvavidas. Lo fue para el Sporting, por supuesto para su familia y lo fue para la propia humanidad. Él es un motivo para creer en el bien, en que los granos de arena construyen montañas y que, aunque la vida no te recompense por tu sonrisa hacia ella, siempre se hallará la manera de celebrarla. Quizá no sea aquí y no se conoce un ‘allí’, pero lo que está claro es que mientras te recuerden, uno permanece vivo. Y el recuerdo de Jesús Castro está grabado al rojiblanco vivo en miles de memorias sportinguistas. 

Él fue portero, sportinguista, padre, hermano, hijo, abuelo, amigo… Fue héroe y fue vida en sí mismo. Pero lo que actúa de nexo en todo lo anterior es que Jesús Castro, ante todo, fue buena persona, su objetivo en la vida. Se fue demasiado pronto, sí, pero otros necesitarían mil años para ser la mitad de lo que ha sido y será él. 

No fue casualidad que se llamara [en hebreo significa ‘el salvador’]. Perdió su vida salvando la de otros. Y no llevaba una capa con la ‘S’ a gran tamaño, pero sí fue un superhombre que se ganó a pulso la etiqueta de héroe. Por partida doble, además. Fue héroe con la casaca del Sporting y lo fue de ‘paisano’. Fue (el) salvador. 

La magia del brujo

Cuando nadie miraba, Quini era exactamente igual que cuando alguien lo hacía. O incluso mejor, porque la libertad de actuar bajo la decisión del libre albedrío propio es sinónimo de hacerlo de la forma más sana e inocente. Precisamente así era él. 

Su magia nunca precisó de trucos, porque él era tal en sí mismo: tanto con el balón en los pies como en la conversación del tú a tú. Porque si hay algo que le describe es su cercanía sin importarle el quién, el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué. No buscaba excusas, esperaba, escuchaba y atendía. Poseía atributos de humano en el cuerpo de una estrella. El ‘9’ de Asturias desprendía luz, amor a la vida y, como su hermano, bondad. 

«¿Qué les costará a los Messi o Cristiano saludar a un niño? Si lo hacen, ese ‘guaje’ tendrá un recuerdo imborrable para toda la vida» decía. No sé si a ellos les supondrá un esfuerzo supremo, pero sí sé cómo miraban los niños actuales a Quini y esa mirada reflajaba la misma pasión que si observaban a los ya mencionados. La única diferencia es que a los dos primeros los han visto jugar y a Quini solo le han escuchado. Y las anécdotas, la pasión por el fútbol y las historias de los abuelos calan más hondo que el gol de cabeza de Messi al United o el de chilena de Cristiano. Lo de Quini era su eterna volea… directa al corazón. Y de lo demás se encargaban aquellos que tuvieron la suerte de disfrutarlo sobre el verde. En palabras de Maradona: «La verdad es que fue un goleador de los que ya no hay, del estilo Martín Palermo, que tal vez no tocaba la pelota en todo el partido, pero cuando le pegaba de zurda, lo hacía como el mejor zurdo. Y cuando le quedaba para la derecha, lo hacía como el mejor diestro. La pelota lo buscaba siempre a él». Quini fue para el fútbol y para la vida una especie en extinción tan real que a veces costaba asimilarlo. Casi tanto como su marcha. 

Quizá porque él era el travieso de los hermanos se puso la casaca de delantero goleador que esquivaba a los contrarios, mientras que su hermano Jesús, que era el brazo ejecutor, se anudó los guantes para decidir qué idea parar y cuál permitir. Quizá fue este el motivo que hizo que Quini siempre supiera reaccionar ya fuera ante la victoria o ante la derrota. Construyó murales de valores que hoy en día siguen inspirando a los futbolistas que se forman en Mareo, a los que llevan años allí y a los que han aterrizado hasta su marcha. No es casualidad que todo aquel que haya tenido trato con él le dedique buenas palabras y que el que no tuvo el placer de conocerlo sepa de buena tinta que es tal y como le pintan. Hay gente que necesita trucos para la vida, para marcar, para sellar, para crecer, para hacer creer… y hay otros que son pura magia y no los requieren en absoluto. Quini pertenecía al segundo grupo. Ése mismo que es el que, con el paso de los años, deja una huella imborrable, intachable e inigualable. 

Ahora su casa, El Molinón, también lleva su nombre. No sé si le hubiera gustado, pero sí sé que cuando uno habla del Sporting inevitablemente piensa en Quini. Él era el perfecto embajador del equipo porque era, en sí mismo, el Sporting. Era casa. Era templo. Era… El Molinón-Enrique Castro. 

*Texto publicado originalmente en la #LamagiadelBrujopapel3. Cómprala aquí.

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