TODOS SOMOS ÉL

SUNDERLAND ANCIANO

Todos somos él… porque uno de los grandes valores humanos es la empatía. Y en el fútbol, cuando uno comparte sentimientos, empatiza. Por ello no es solo fútbol. Va mucho más allá. No son veintidós personas que corren detrás de un balón cuyo objetivo es meterlo en una portería, no. En ese balón hay sentimientos, historias, recuerdos, momentos… incluso puestos de trabajo. Pese a quien pese.

¿Quién no recuerda su primer partido en el estadio? Te sientes pequeño, hasta perdido, en tal inmensidad. Al principio te cuesta entender por qué esas miles de personas gritan como posesos cuando su equipo ha marcado gol… y por qué lloran sin consuelo cuando las derrotas se traducen en descensos. Conforme pasa el tiempo, lo entiendes y te unes a la causa. Das gracias a tu padre, tu madre, tu abuelo o tu abuela, por haberte enseñado aquello. Crees incluso que nunca podrás agradecerles lo suficiente que te descubrieran ese mundo. Porque es un mundo aparte… uno que solo lo comprende quien forma parte de él. Se genera un sentimiento difícilmente comparable a otro. Sabes que cualquier amigo o pareja puede desaparecer de tu planeta particular en cualquier momento, pero también que ese equipo siempre estará ahí para que celebres victorias con él y llores sus derrotas. Y tú sabes que nunca abandonarás ese mundo. Con él has crecido y él te ha dado más de lo que tú seguramente recuerdas. Personas, momentos, alegrías, lágrimas… Son tantas las cosas vividas que cuesta enumerarlas. Y lo mejor es que nunca acaba. Sigues fabricando recuerdos, historias… ¡Hasta fantaseas con contarle a tus hijos y nietos lo que has vivido! Porque es una pasión que se transmite de generación a generación… y así lo has vivido tú en tus propias carnes. Por ello no es solo fútbol. Por ello todos somos ese entrañable anciano. Por ello… todos hemos llorado en parte ese descenso del Sunderland. Y porque estamos cerca de vivir lo mismo, empatizamos.

Cualquiera de nuestros abuelos podría ser él. De hecho, me vienen a la cabeza ahora el papá y el abuelo de Juan José. Es difícil explicar con palabras el sentimiento que te genera un descenso. Te sientes impotente. Ves que el club al que amas lo consideran de “segunda categoría”. Sientes rabia, pero también tristeza. Incluso crees que no has hecho lo suficiente para llevar en volandas a tu equipo. Empiezas a hacer números. Ideas la planificación de la próxima temporada. Y ya estás escribiendo a tu mejor amigo para elegir juntos los destinos para acompañar al equipo en la nueva travesía. Al final da igual la categoría, tú renuevas tu ilusión. ¡Acabas de descender y ya estás pensando en cómo hay que hacerlo para volver en solo un año! Esto no es una locura, mucho menos una osadía, ni siquiera una salida de tono. Esto es amor. Amor del bueno. Del de verdad. Del que nunca faltará.

No es solo fútbol. No es solo un anciano triste. Hay demasiados aspectos latentes que solo los adeptos son capaces de ver.

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