EL VUELO DEL PORTERO

DIEGO MARIÑO

Tienen pies, pero prefieren transformar sus manos en alas que puedan desplegar y así volar. Este es su gran privilegio, pero también su gran condena. Y un cuerpo que tiene la responsabilidad de convertirse en muralla para custodiar ese arco. El área es su trinchera, pero la valentía les obliga a salir a cuerpo descubierto aún a sabiendas de que pueden morir en el intento y a pesar de que pueden dejar de ser héroes para convertirse en villanos en milésimas de segundo.

Tienen que ser de una pasta especial, incluso tener un cierto toque de locura, porque si no esta ardua tarea se confirmaría como insoportable. Deben saber encontrar su fuego para lanzar sus flechas, a lo que pueden llamar reflejos. Y cuando estos les fallen o la reacción sea tardía, tienen la tarea de hacer del error, aprendizaje. Así se hacen más fuertes. Así yerran menos. Y así ejemplifican que de pequeños progresos se pueden hacer grandes resultados. Y no es en vano, pues aunque cueste, su nombre se acaba grabando a fuego en la historia del que defienden.

Se convierten en adictos a la adrenalina… Concretamente a esa sensación de saber que tienes que ser el mejor, vencer, sobreponerte al que tienes enfrente, superarle, vencerle, pararle. A veces será un jugador, otras será un balón. Y muchas de ellas sus alas se lastimarán, se cortarán, incluso se romperán creyendo que no existe cirugía para tal articulación. Pero sí, la hay. Una semana después ya mirarán cara a cara al miedo, sin temor a que se las partan, porque saben que ya son más fuerte que lo que eran una semana atrás. Esto es lo bueno de moverte siempre en un terreno pantanoso en el que los errores te atrapan e intentan que no salgas de ahí, que, cuando sales, lo haces más fuerte.

Son héroes. Lo son. Son esa clase de privilegiados que llegaron ahí por casualidad, porque no, casi nadie sueña con ser portero. Todos quieren ser el que venza a ese obstáculo que les distancia del gol. Y esta es su mayor grandeza: la de poder evitar la razón de ser del fútbol al rival, sin darse cuenta de que están compartiendo sus alas con sus compañeros, porque un acierto de su portero será una oportunidad de volar colectivamente hacia la victoria. A veces héroes, a veces villanos. Son esos ‘locos’ solitarios que hacen que el fútbol se humanice y vibre. Porque todos sentimos que el tiempo y el mundo se paran en ese ‘uyyyy’ que nos distancia de la gloria. Y hablando de ella… Gloria, honor y respeto a los guardametas, porteros o arqueros.

El Sporting, barriendo para casa, en este aspecto tiene mucha suerte. En el primer equipo las alas son para Pichu Cuéllar y Diego Mariño. Dos porterazos. Dos gladiadores incansables capaces de hacer mutar los guantes en espadas que puedan cortar el balón según llegue. Y dos personas que se parten la cara, el cuerpo y las alas por defender su escudo. En la retaguardia, esperando su momento desde el Pepe Ortiz -campo número 1 de Mareo-: Dani Martín. Un loco prematuro que dejó de ser promesa para convertirse en portero sin peros ni comillas. Pueden dormir tranquilos, que la portería está más que protegida.

Larga vida a estos locos brillantes.

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