RETALES DE VERANO: HELMÁNTICO

Helmántico
Salamanca, verano de 2019:

Desde que desapareció la Unión Deportiva Salamanca en 2013 mis visitas al Helmántico se cuentan con los dedos de una sola mano. Supongo que se ha convertido para mí en uno de esos lugares que, solo con verlo, duele. Las viejas heridas no se han sanado y se han convertido en cicatrices que se (re)abren cuando los gritos sordos de aquellos tiempos resuenan en mi memoria.

Allí fui muy feliz. También sufrí. Fútbol, ya saben, tan real como la vida misma… tanto que a veces cuesta distinguir. Construyen así un hábitat especial, que se convierte en una zona de confort con su correspondiente apego feroz, del que cuesta alejarse. Quizá nos guste regocijarnos en el dolor y en los recuerdos que aun laten en el corazón, duelen en la memoria y uno revive en su cabeza.

Si tuviese que definir en una sola palabra al Helmántico sería hogar. Manta en invierno y botella de agua helada en verano. Encinas ficticias que protegen balones que un día rodaron por un césped de Primera División. Quizá no se luchó y bregó con demasiado amor, como reza el himno. Me apena.

Salamanca está dividida entre nostálgicos y negacionistas. No criticaré ni a unos ni a otros… Cada uno tiene su manera de entender, padecer y vivir el duelo de una pérdida. Aquella ‘vieja’ Unión ya no existe. O no es la misma. Como gusten.

Observo al estadio desde el renovado paseo de acceso, después lo rodeo y más tarde entro de nuevo por sus puertas. Sigue siendo mi hogar. Pese a todo y pese a todos. Y vuelvo a lamentar el día en el que alguien, con su correspondiente plural, decidió acabar con algo tan bonito que se había construido durante casi un siglo.

La sombra de la encina ficticia sigue doliendo.

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