‘UNA FAMILIA NORMAL’, UNA ODA A LA LIBRE ELECCIÓN

Una familia normal

Me gusta observar a la gente que camina por la calle, especialmente cuando voy en coche o autobús. Me imagino sus vidas, hacia dónde van, cuál es su propósito del día, si están preocupados o felices, si las flores que llevan son para su pareja o para un familiar que está enfermo, si el niño con el que ríen es su hijo, si la camiseta de fútbol que lucen tiene algún significado especial, si su trabajo les apasiona o martiriza, si creen que la vida es el mejor regalo o se sienten encarcelados en ella… En definitiva: juego, en solitario, a una especie de quién es quién para calmar mis inquietudes y dudas personales.

Después de leer ‘Una familia normal’, el primer libro publicado de Alejandra Parejo, pensé que, probablemente, en uno de esos ‘momentos míos’ podría haberme cruzado con Olivia, la protagonista. Y si hubiera sido así me habría gustado abrazarla y decirle que todo irá bien, que se desate de la culpabilidad y abrace la libre elección en ausencia de remordimientos, que no será la primera ni tampoco la última y que en su vida –y su cuerpo– ordena y vive ella. Pero también que verbalice su sentir, porque cuando hacemos fuerza sobre el botón ‘mute’ las palabras salen a la superficie vestidas de ansiedad. Creo firmemente que si ponemos palabras a las dudas que (a)saltan nuestra cabeza o nuestro corazón, sanamos. Nos hemos acostumbrado a dar por hecho y sufrir en silencio, como Olivia, por un acto cobarde de amor al prójimo. Si sufrimos, que seamos nosotros… Error.

Líneas atrás hablaba de la posibilidad de toparme con la Olivia de 2018, pero creo que habría tenido una conexión especial con la pequeña Olivia –en el libro hay saltos temporales de 1998 a 2018 para entender mejor a la protagonista–. A menudo me tocó ejercer de adulta cuando acababa de añadirse una cifra más a mi edad. Esa excesiva preocupación, que se podría llamar madurez anticipada en la niñez, pasa factura cuando crecemos. El inconsciente elabora una despensa de recuerdos que va soltando sin filtro conforme pasan los años y tú, sin darte cuenta, eliges y decides con la niña que creció demasiado pronto y no con la adulta en la que te has convertido. Construimos nuestra personalidad en la niñez y la pulimos cuando somos adultos, pero este dato a veces se nos escapa. ‘Una familia normal’ relata esas inquietudes que personas así tenemos. Olivia es una niña adulta y, cuando crece, el peso de lo visto y vivido le lleva a la imitación de relaciones y situaciones que, años atrás, había jurado evitar.

Me ha gustado cómo Alejandra transcribe el pensamiento y el recuerdo. Y también cómo deja espacio al Pepito Grillo interior que sale a la palestra cuando los anteriores juegan malas pasadas. Asimismo, las descripciones casi audiovisuales del libro te teletransportan a la escena. La autora estudió Comunicación Audiovisual y, probablemente, ese lenguaje le ha permitido construir una obra literaria aun mejor. Ahora bien, lo más importante a destacar, además de la moraleja que (a)guardan estas páginas, es que ha conseguido dejar patente un estilo de escritura propio con su primera obra. Y esta es una tarea que se resiste incluso a los más veteranos del lugar.

He querido conversar con Olivia; tirar de las orejas a Diego; interrogar a Mario; abrazar a Carlota; mimar a Lu; estar presente en las reuniones con Almu; navegar hasta Cadaqués con la familia y pedirle a la mamá de Olivia y Lu que se perdone; gritarle a Roberto que se prepare él mismo la comida, pero sobre todo que respete a su mujer. Y también encender o apagar la luz de París, la (mal) llamada ciudad del amor para pedir que lean a Alejandra cuando dice: «Las ciudades son románticas cuando estamos enamorados. No conozco a nadie que haya ido a París en pleno desamor y haya vuelto contando que es la ciudad del amor, que allí sintió cosas diferentes, nuevas, bonitas»

He aprendido mucho de la protagonista. He empatizado. Y he sentido una punzada en el pecho leyendo el relato de su infancia. Pero la he admirado como a pocos personajes antes. Quizá porque Olivia podríamos ser todas. Hay mucha verdad en la ficción… y este es un buen ejemplo.

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