FÚTBOL B: UN MANUAL PARA FUTBOLISTAS Y AFICIONADOS

Fútbol B, Jacinto Ela

Jacinto Ela, autor del libro ‘Fútbol B’, es un futbolista atípico. Y un escritor diferente. No busca generar belleza en sus líneas, aunque creo que también lo consigue, sino ofrecer la verdad y nada más que la verdad. Podríamos decir que es una especie de Pepito Grillo que dice al futbolista y al aficionado lo que no quiere escuchar. Exactamente igual que cuando jugaba al fútbol: el día que dejó de sentirse futbolista cerró ese ciclo. Y lo hizo con 26 años.

En una sociedad en la que la toma de decisiones supone el más difícil de los deportes de riesgo es digno de alabar que una persona sea lo suficiente valiente como para tomar las riendas de su vida… pese a que esto suponga un cambio drástico en ella. Jacinto Ela lo hizo. Y en ‘Fútbol B’ desengrana algunos aspectos que, como él mismo dice, «le habría gustado saber cuando era futbolista y nadie le contó».

“La vida es como el fútbol: a veces hay que tocar en corto y otras en largo. Lo que no puede ser es que nos pasemos la vida tocando en corto […] El famoso ‘partido a partido’ cala en el inconsciente de los futbolistas que omiten cualquier esfuerzo para mirar más allá del reto inmediato […] El fútbol es lo que vives pero sobre todo lo que aprendes”. – Pág. 29

El fútbol es, probablemente, una de las mejores metáforas de la vida. Una decisión arriesgada puede darte o quitarte todo. Convertirte en goleador o en goleado. Es importante recordar que el pase en corto es seguro hasta llegar a cierto punto del césped… una vez superado, si quieres algo más que la seguridad, tienes que apostar por uno en largo. El fútbol, como en la vida, es una constante toma de decisiones que te inclinará en la balanza hacia el lado vencedor o vencido. Gloria o fracaso. ¿Acaso distan tanto la una de la otra? Una Liga es una sucesión de partidos y, una vida, de días. Así vives y aprendes, como bien dice el autor.

“En el mundo del fútbol podemos ver en los torneos televisados cómo niños intepretan el papel de adultos […] Los niños se van amoldando al papel de niños futbolistas de manera paulatina […] Cuando entran en cadetes se les empieza a exigir y a tratar como hombres. Eso es bueno, pero la infancia y la adolescencia son tragados por el sueño de ser futbolista”. – Pág. 33

Nos hacen gracia los niños pequeños que llevan traje porque son miniaturas de adultos. Sonreímos cuando uno de esos pequeños imita los gestos de Cristiano al tirar una falta o lleva la misma cresta que Neymar. Pero pocas veces nos preguntamos hasta qué punto esos niños viven en una realidad real, valga la redundancia, y no en una que se la impuesto o que ha idealizado. Cuando pasan los años, uno se agarra a su infancia como ese chaleco salvavidas al que siempre puede volver. Pero hay muchos que no pueden, como los futbolistas. Es el precio a pagar, que siempre te recordarán, por ser uno de esos pocos privilegiados que osará vivir su sueño.

“El futbolista tiende a ser maduro cuando es adolescente pero cuando tiene treinta años se comporta como un chico de veinte. Uno de los actores principales es la infantilización del jugador es el representante […] Los representantes son como los peajes de las autopistas catalanas. Como alternativa tienes la posibilidad de combinar caminos de tierra y carretera nacional. Es una ruta más lenta, menos segura y más larga. La carrera del futbolista tiene una fecha de caducidad y perder tiempo se paga […] No hay representantes buenos ni malos, solo representantes con contactos o sin contactos”. – Pág. 35

Cuando leí estás líneas me acordé de un exjugador del Sporting: Jony Rodríguez. En su día, en la entrevista que le hice, confesó que hace años un representante le había timado. A la memoria me vienen también otros casos, esta vez extranjeros, a los que les habían prometido ser futbolistas a cambio de darles ‘x’ dinero. Llegaban a España y no había nada… ni nadie. Vacío, soledad, humillación. Tres factores que, a menudo, aparecen en la vida del futbolista. Todo ello me recordó que un representante puede ser tu mejor aliado o tu peor enemigo. Por ello es tan importante elegir bien, escuchar tu intuición y la de los que te rodean. Especialmente cuando eres joven y te prometen el éxito cuando todavía desconoces las reglas del juego… las del propio fútbol y las de la vida.

“En casa se preocupan tanto por uno que muchas veces desde el entorno familiar se trata de no cargar al futbolista con ‘problemillas’ familiares […] Las familias han de tener en cuenta que los problemas son de todos los componentes. El futbolista solo es futbolista en el terreno de juego; fuera de él es un miembro de la sociedad, de la familia, totalmente capacitado para aportar su grano de arena. Si se le excluye con intención de protegerle, corre el riesgo de convertirse en un náufrago social”. – Pág. 41

Un futbolista no es futbolista, es persona. Igual que un abogado no es abogado, es persona. Son personas que se dedican al fútbol y al derecho. Y es importante entender esto: su condición profesional no debe ser inherente a su personalidad ni a su vida. El futbolista es hijo, padre, hermano, amigo, que se dedica al fútbol. Y precisamente ese aspecto es lo que debería sostenerle en la tierra, con los pies en el suelo, y no alejarle más aun de ella. No son dioses… ¡Ni siquiera se sabe si ese Dios del que hablan las religiones! Son personas que poseen una categoría profesional que, afortunadamente, en la mayoría de los casos, les apasiona. Como lo es el periodista, el abogado o el médico vocacional. Y el pastelero o el artesano. Personas, al fin y al cabo, con problemas. Como todos.

“Uno mismo debe aprender a ser autocrítico, pero sobre todo a reconocer sus defectos y virtudes, que suelen ser más de las que nos creemos […] Si pudiésemos entrar en la cabeza de algunos jugadores mientras juegan, nos sorprenderíamos de la cantidad de palabras negativas que se dicen a sí mismos cuando no están acertados. En los tenistas se ve claro”. – Pág. 44

La autocrítica más voraz que he visto es la del deportista. Incluso en aquellos que, como dice Jacinto Ela en el libro, parece que «no tienen abuela». Ellos también hacen ese ejercicio, en su intimidad, de cuestionarse. A veces de autodestruirse. Aquello tan manido que dice que la crítica constructiva es buena, es cierto. Uno nace con el error presente y todos somos capaces de verlo. Pero si en uno de esos momentos te llueven toda clase de insultos, eso no es una crítica, es un ataque, incluso una falta de respeto. A veces atacamos porque nos proyectamos en el otro, por envidia, por frustración personal. Somos libres, cierto, hasta que atacamos o llegamos a la libertad del otro.

“Cuando todo va bien el futbolista es un fenómeno, pero cuando de repente vienen las lesiones cambia el asunto; donde había un ídolo aparece un fantasma. Una lesión grave te borra del mapa automáticamente. Solo eres importante para los actores secundarios del vestuario: el fisio, el utillero y el médico”. – Pág. 101

La lesión es el monstruo del que nadie quiere hablar. Un coco que acecha en cada entrenamiento y partido y que, en cuestión de segundos, puede cambiar una carrera y una vida. Siempre me acuerdo de uno de los ejemplos que, como aficionada, más me ha dolido: Vicente, el exjugador del Valencia. Era pura magia y una lesión crónica le dejó fuera a pesar de ser una de esas promesas reales. Y recuerdo también la entrevista que dio Valdés en la que reveló su calvario tras la lesión que cambió definitivamente el devenir de su carrera cuando, posiblemente, estaba en su mejor momento. Decisiones ajenas. Destino. Azar. Aprendizajes. Duelos. Todo ello constituyen las lesiones.

“A pesar de fichar jugadores cada vez más jóvenes desde las cúpulas exigen resultados a corto plazo, tan a corto plazo que ya no dejan que los niños terminen de hacerse en su salsa. Los pocos que tienen salsa. No es extraño ver cómo chicos de doce años se trasladan a otras ciudades para jugar en equipos de fútbol que les prometen que, con esfuerzo, podrán convertirse en futbolistas profesionales”. – Pág. 120

Vivimos en la era de la inmediatez en absolutamente todos los aspectos. Las historias ya no son de cientos de páginas sino imágenes visuales de diez segundos; la formación de un niño que quiere ser futbolista ya no requiere pasar por todas las categorías del fútbol base… Ahora son estrellas en plena adolescencia sin haber dado más de diez patadas a un balón. La rapidez, la impaciencia y la exigencia de inmediatez se paga con frustración, metas no conseguidas y sentimiento de fracaso. El lujo ya no es llegar a lo más alto, es permitirse el tiempo requerido para ello. Los niños que quieren ser futbolistas han perdido la capacidad de elección y la posesión del tiempo en favor de los que perpetúan el fútbol como un modelo de negocio que, en algún momento, explotará.

“No me costaría encontrar a diez personas que hayan sido insultadas por su color de piel en algún campo de fútbol. Indiferentemente de la categoría. Tengo la sensación de que todo está permitido en los campos de fútbol. En las gradas y en el césped. Mientras dentro del campo se te acerca un rival a susurrarte que eres un mono de mierda y un puto negro, en la grada te lo dice el imbécil de turno a grito pelado […] Cuando he decidido rebelarme contra esos insultos racistas se me ha pedido calma por parte de mis compañeros. Yo no quería calma, quería apoyo en mi guerra contra el racismo”. – Págs. 135, 136 y 137

El racismo no es un mal endémico del fútbol. Pero, por suerte o por desgracia, el que va al fútbol se muestra en esencia y libertad. Supongo que es un concepto de la libertad mal entendido. Y, más a menudo de lo que nos gustaría, esto genera la aparición de gestos o palabras racistas que, como bien dice Jacinto Ela, pueden darse también sobre el césped. El fútbol no es racista, pero sí lo son muchos de los que lo ven o lo practican. Y ese problema está en la raíz de la sociedad que, por algún motivo que desconozco o al que pueda darle valor, cree, en pleno 2019, que una persona con un color de piel blanco es más válida y valiosa que la que la tiene de color negro. A la mente me vienen Kean y su compañero Bonucci, uno de los casos racistas más recientes. Y empatizo con Kean por esa humillación que vino desde la grada pero también porque cuando necesitaba que los suyos le arroparan en su «guerra contra el racismo», de la que habla el autor en el libro, y no solo no estuvieron sino que dieron alas a los agresores. No creo que el racismo se cure viajando, pero sí escuchando y empatizando. Y el fútbol nos regala esa opción.

Diría que ‘Fútbol B’, el libro de Jacinto Ela Eyne, un exfutbolista que nació en Guinea Ecuatorial y creció en Cataluña, es el perfecto manual para el futbolista valiente que se atreve a escuchar más allá de las palabras bonitas tras un buen partido y de las promesas vacías. También para el aficionado, para que consiga entender que el futbolista no le debe nada, igual que él no le debe nada al futbolista desde su puesto de trabajo. Y, sin embargo, ambos darán todo de sí para que cuando los papeles se cambien, el cliente siempre quede satisfecho. Y no me malinterpreten: soy la primera que cree que la razón de ser del fútbol es el sentimiento, pero, como el amor, el sentimiento por el fútbol cuenta con multitud de formatos.

Si les gusta el fútbol, léanlo. Si quieren entender al futbolista, léanlo. Si eres futbolista, deberías leerlo.

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