PALABRAS AFILADAS

SPORTING DE GIJÓN

Hace unas semanas leí un dato curioso (gracias a MisterChip): Brignoli, portero del Benevento, se convierte en el tercer portero que marca un gol en los últimos 25 años de historia de la Serie A. Y me imaginé cómo un portero se puede sentir al anotar un gol. Ser él mismo quien bate al rival. Ser él, por una vez, quien se lleva la gloria. Ser él quien recibe la etiqueta de ‘verdugo’ por parte del adversario. A fin de cuentas: qué siente al disfrazarse de algo que no es.

Más allá de la euforia del momento, los cambios de rol no deben ser fáciles de asimilar a nivel psicológico. Y en el caso mencionado fue algo puntual y casual, incluso heroico. Lo marcó porque estaba ahí… ejerciendo de ‘9’ pese a portar el ‘1’. Y esto me lleva a pensar en quien defiende otra posición que no es la suya por obligación: nervios, desasosiego, dudas… miedo. Ser un profesional de un ámbito no supone ser un experto en cada uno de sus áreas. ¿Acaso un traumatólogo podría ejercer de la misma manera la labor de un pediatra? ¿Un periodista especializado en economía podría ser referente en deporte? ¿Un abogado penalista sería igual de bueno cuando se ha de aplicar el Código Civil? ¿Y un central jugaría igual de bien que de extremo? Evidentemente, todos estos apéndices dependen de la misma matriz, pero esta se rige por diferentes parámetros en cada uno de ellos ya sea en la medicina, el derecho o el fútbol.

Es probable que un día, por una situación puntual, pueda cubrir ese puesto y probablemente no saldrá contento con su actuación, pero sabe que dio lo mejor de sí mismo en ese momento. Además, puede que aprovechara la baza a favor de que pocos sabía que el experto no era tal, así que esa ausencia de presión jugó a su favor. Es un profesional, sí, pero es bueno en lo suyo: donde se siente cómodo; donde sabe que cumple; donde no es que no cubra, sino que hace pie independientemente de la profundidad; donde desarrolla su esencia; donde le gusta estar; donde merece estar… y para lo que siempre se preparó.

Es por esto que cuando alguien está fuera de (su) lugar se nota. Además, si no está solo ante el peligro y la actuación personal puede tener repercusiones colectivas, la presión no solo hará acto de presencia, sino que se paseará en todo su esplendor por su cabeza. Se bloquea y lo hace peor de lo que podría haberlo hecho si la mencionada se hubiera quedado en las arterias y a un ritmo adecuado.

Finaliza la pesadilla. La labor de sustituto y/o exiliado acaba hasta la próxima semana o hasta que le vuelvan a situar ahí. Y entonces llegan toda serie de valoraciones sobre su actuación: “no vale”, “hasta yo lo haría mejor”, “¿y este es profesional?” y un largo etcétera de comentarios que aumentan la presión, disminuyen la confianza y generan conflictos personales y colectivos. Porque cuando él ya sabe que no lo ha hecho bien o al menos no todo lo bien que podría, lo que necesita es una palmadita en la espalda que le haga saber que alguien está ahí y que la próxima cuente con ese alguien para ayudarle en lo que necesite… ya sea con una palabra de ánimo o doblándole la espalda en una acción. Uno no es plenamente consciente de lo que suponen esas palabras que adoptan forma de arma blanca afilada. Se resisten, pero desisten. Y se plantean abandonar.

Isma López, Pablo Pérez, Michael Santos, Carlos Castro, Carlos Carmona… son solo algunos ejemplos. Ejemplos de que lo que necesitan es que si alguien eleva la voz sea para dar un grito que ponga en pie tu ánimo y si levanta la mano sea para que esa palmadita empuje hacia la mejor versión de cada uno aunque no esté en su hábitat natural. Ésta siempre resulta como la mejor opción porque suma más que resta, mientras que, por el contrario, las armas, sea cual sea su forma, nunca son buenas.

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