CARTA A QUINI

Quini

Querido Enrique,

Te escribo esta carta aun a sabiendas de que esto no es ‘producto periodístico’. Sinceramente, creo que la ocasión lo merece. Quiero decirte muchas cosas y, aunque dicen que en estos casos lo mejor es escribirlo en papel y quemarlo para que así llegue allá donde estés, creo que las cenizas virtuales se encargarán de hacerte llegar estas líneas a tu corazón… ese que era tan sumamente grande que se rompió de tanto usarlo. Qué triste metáfora, qué triste partida, pero, sobre todo, qué injusticia.

En primer lugar quiero desvelarte una curiosidad: cuando en mi cabeza rondaba la idea de crear esta revista no se me ocurría ningún nombre. Siendo franca y sincera: reconozco que soy realmente mala para ponerle nombre a las cosas. Y, de repente, en un viaje a mi refugio -así llamo yo a la casa que me vio crecer-, el nombre vino a mí del tirón y de la nada. Supongo que fue uno de tus trucos, porque tu magia es tan pura, sincera y única… Recuerdo que iba en el coche con mis padres, quienes profesan una gran admiración por ti, especialmente mi padre, que nunca se cansa de contarme cuán grande ha sido tu grandeza sobre el césped y cómo se emocionó al escucharte tan cerca y tan humilde aquel día de noviembre en el coloquio.

El segundo punto es, precisamente, ese coloquio. Jamás lo olvidaré. Apenas había empezado la carrera de Periodismo y, aunque llevaba años escribiendo, me generaba mucho respeto convocar un evento al lado de alguien como tú. Solo pensaba: “Por favor, que venga alguien”. No quería morirme de vergüenza y que solo estuviéramos los ponentes (Loren Castro, Borja Blanco y una servidora), mis padres y tú. “¿Qué pensará de mí?”, me decía a mí misma. Y lo cierto es que nunca te lo pregunté, pero no me hizo falta, porque con tu abrazo y tus consejos me resultó suficiente. Nos avisaste de que llegarías más tarde porque tenías otro compromiso y, cerca de media hora después, allí estabas. Entraste sin darte importancia, se hizo el silencio y todos miramos hacia ti… “Seguid, seguid, por favor”, dijiste. Como si tú no fueras suficiente motivo para dejar de hablar nosotros y empezaras a hacerlo tú. Aquel día dejaste muchos mensajes que, seguro, los allí presentes no olvidan, pero mi padre me recuerda siempre uno en especial: “¿Qué les cuesta a gente como Messi o Cristiano acariciar o saludar a un niño? Absolutamente nada y harían a los niños muy felices”. Ese gesto lo dice todo de ti, de lo que tú eres y de lo que siempre serás. Confieso también que, por aquel entonces, mi ansiedad empezaba a brotar y tenía miedo de no saber controlarla y salir corriendo en uno de mis ataques de pánico. Pero llegaste y me calmaste con tus palabras. Cuando acabó la charla, hablaste y firmaste a todos, desde el primero hasta el último, y me sorprendiste con una serie de detalles que sigo guardando con cariño. De hecho, uno de ellos preside mi mesa cada vez que junto letras para esta revista.

En tercer y último lugar, pues no quiero hacerte esperar demasiado para que puedas seguir conversando con tu hermano, Manolo y compañía, te reconozco que el tiempo me jugó una mala pasada. Nunca te pedí una entrevista porque pensaba que siempre estarías ahí, en cualquier momento… Es cierto que te creímos inmortal, inmune ante los desafíos de la vida, luchador insaciable e incansable… Y lo eres, claro que lo eres, pero ahora debemos mirar al cielo para verte… y antes solo teníamos que estar donde estuviera el Sporting. Porque el Sporting eres tú.

Descansa en paz. Sigue fabricando magia allá donde estés. Ten un buen viaje. Y no temas: cuidaremos de lo que aquí dejaste.

Con amor. Un abrazo de ascenso…

Paula Martín, directora de La magia del Brujo, con permiso del auténtico Brujo.

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