NÁNÁ, LA ESENCIA DE OPORTO

Náná
© Paula Martín

Me encuentro con «José Fernando Marques Texeira, aunque en el barrio todos me conocen como ‘Náná’» por pura casualidad. En la ‘Riberinha’ de Oporto, entre múltiples restaurantes a lo largo de un estrecho paso con el río Duero plagado de barcos para turistas como fotografía para la retina, estaba el humilde y especial taller de este jubilado marinero. 

Taller de Náná | Foto: Paula Martín

Cientos de herramientas, maderas y barcos disponibles para el visitante que los desee sostienen las cuatro paredes en las que José Fernando da rienda suelta a su creatividad. «Me fijo en los barcos que puedo ver desde aquí, ¿los ves tú? Son los típicos de Oporto y me gustan, pero estos días no estoy trabajando… ¡porque se me acabó la madera!». Mantiene una sonrisa continua a lo largo de toda la conversación. Le gusta lo que hace.

A pesar de que dicen que el creador está solo, no hay nada más lejos de la realidad… O al menos en este caso. «Ellos son mi compañía, porque en invierno mis amigos no se pasan por aquí…» confiesa entre risas el veterano artesano. Se refiere a dos pájaros, que parecen canarios, y a un perro -chihuahua-. «Mira –dice señalando el espacio habilitado para el perro–, ahí se queda él, que es de mi nieta, cuando está aquí». Una manta, un bebedero y comida para que el pequeño de la casa esté cómodo. Cambia la dirección de la mirada, ahora se dirige hacia la pared de la izquierda y afirma que «ahora no cantan, lo hacen más en invierno… El calor no les hace bien», refiriéndose a los pájaros. Son de color amarillo y ciertamente parecen algo aturdidos por la sensación térmica y al trasiego de visitas.

Curiosamente tiene dos pájaros, el mismo número que hijos. «Ambos conocen el oficio, tanto mi hijo como mi hija, pero no les gusta lo suficiente; dicen que no se gana dinero» confiesa entre risas y con cierto halo de nostalgia y decepción sin rencor. 

José Fernando Marques Texeira aprendió el oficio a la vera de su padre y de su hermano en torno a los ocho años. Sin embargo, no se dedicó en tiempo completo hasta trece años atrás. Reconoce que lo hace por hobby. Fue marinero durante medio siglo: «Antes tenía patrón, lo tuve cincuenta años, pero ahora no lo tengo ni tampoco horario». 

Abre la puerta de su taller en torno a las siete de la mañana, allí trabaja y descansa a lo largo de una jornada que consta de unas seis horas diarias. «No hay un tiempo concreto para la construcción de mis barcos… Siempre varía en función del tiempo que le dedique; yo trabajo, paro, trabajo, paro… y así hasta que me voy; me gusta mucho porque requiere paciencia». No hay tiempos, pero sí tempos. Tarda dos días en construir su barco más pequeño –cuesta diez euros– dedicándole entre cuatro y siete horas por jornada. Depende del día, de la inspiración y de la posesión de los materiales que requiere. Sin embargo, los más grandes, esos que «suelen llevárselos coleccionistas y algún turista», prolongan durante dos meses la labor de ‘Náná’.

Barco fabricado por Náná | Foto: Paula Martín

Son muchos los seguidores que han pescado en su puerto de madera: «En 2017 vendí más de 300 barcos pequeños» revela. Tres centenas de personas de Portugal y otras partes del mundo tienen en su casa un pedazo del corazón de este marinero de cuerpo en el pasado y de alma en el presente.

Antes de ver los barcos a través de los cristales de sus gafas y a escasos centímetros de sus manos, los tenía delante, al lado y detrás de sí mismo en el río Duero o en el Océano Atlántico. «Tenía un barco de pesca, pero me dio un derrame cerebral –se señala la cabeza– y el médico me prohibió volver al mar; lo dejé con 60 años». El documento nacional de identidad de ‘Náná’ revela que ahora tiene 73*.

Cuando la afición era más hobby que oficio, José Fernando le dedicaba tiempo y espacio en su casa, pero reconoce «era muy pequeña, así que abrí este taller». Actualmente confiesa orgullo que no tiene patrón y que en esas paredes manda únicamente él mismo, aunque sigue manteniendo la esencia de cuando lo hacía puro amor al arte: nada de presiones, ataduras o agobios. Náná trabaja a su manera y quien se acerca a observarlo, que no son pocos los curiosos, se aleja por un momento del caos veraniego de Oporto y se teletransporta a la calma que este veterano del mar encontró en su barco de pesca décadas atrás y en su taller ahora. Antes los manejaba, ahora los construye. Es la forma, o así se entiende, de rendirle culto a esas olas que tantas horas le cobijaron y que tantos años le dieron de comer. 

Interior del taller | Foto: Paula Martín

No se plantea dejar su taller ni sus barcos, excepto cuando se le acaba la madera, que le toca esperar. «Moriré aquí» dice entre risas. Asume que así será y le llena de plenitud, sobre todo porque su mirada denota vida y pasión por lo que hace a partes iguales. ‘Náná’ es muy feliz con su labor, oficio, hobby, pasatiempos… Y no hay oxígeno mayor que ése. Al menos para él.

Su espacio no tiene letreros identificativos ni luminosos, simplemente se limita a poner su obra favorita, uno de los barcos grandes, en la puerta junto a las terrazas de los restaurantes. Si pasas por allí y no lo ves, no está. Y es probable que esto suceda a partir de la una del mediodía: «Es la hora de comer». Sonríe.

Acaba la conversación y recuerdo que al inicio de la misma me dijo que no hablaba demasiado español. Pero entendió todo y me contestó con una fusión del portugués y el castellano. Eso sí, la finiquita con un «obrigado» que, yo sin saber portugués, también comprendí sin problema. Como también que los idiomas no son muros, sino puentes que nos permiten hablar y conocer historias, personas, costumbres y culturas que te enriquecen. Él es un ejemplo.

La voz de ‘Náná’ es cálida, aunque muestra algo de afonía. Se le reconoce fácilmente por sus gafas y su gorra azul. Tiene cientos de herramientas, pero la  más importante es la que le vino de serie: su creatividad

Se podría decir que él es la esencia de Oporto, una ciudad tremendamente acogedora que consigue trasmitir dulzura, amabilidad, arte y agradecimiento. Quizá por ello dibuja a mano, con rotuladores, el nombre de la ciudad en cada uno de sus barcos. Ese es su sello. Y creo que es el idóneo para su labor.

Me despido y veo al salir una foto de Náná con su nieto… ¿Será el próximo marinero de la familia?

*Nota: La documentación para esta crónica fue recabada en verano de 2018.
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