JANE GOODALL: RAÍCES Y BROTES

Jane Goodall
© Foto: National Geographic/H.V.Lawick

Jane Goodall, una soñadora empedernida

La raíz que hizo brotar la misión de Jane Goodall fue su tremenda sensibilidad hacia las especies no humanas: «Soy la voz del reino animal porque ellos también tienen algo que decir» afirmó en la charla TED que realizó en el año 2003. Y lo hizo de la manera más literal, pues imitó los sonidos de los chimpancés. Custodió este discurso su inseparable amigo ‘Mr. H’, un mono de peluche que le acompaña en sus viajes desde hace treinta años, cuando se lo regaló su amigo Gary Haun, un soldado que se quedó ciego y decidió hacerse mago y practicar paracaidismo y submarinismo entre otras cosas. Pero el ‘Señor H’ a veces no está solo: cuando la Doctora Goodall –por la Universidad de Cambridge y Honoris Causa en más de 45 universidades del mundo– habla del cambio climático y de la pérdida de recursos naturales también se lleva consigo a ‘Rati’, una roedora de peluche que representa a la rata gigante de la jungla africana, capaz de detectar minas y huesos muy profundos, y que así lo ha hecho en zonas de guerra; ‘Piglet’, un cerdo también de peluche, con el que invita a la gente a buscar información sobre ‘Pigasso‘ –porcino que pinta cuadros y que son vendidos posteriormente–; y también se lleva Cow, una vaca, de peluche por supuesto, con la intención de recordar que «son muy inteligentes» y «el sufrimiento que padecen cuando son separadas de sus crías en las granjas».

Su semblante apenas ha variado en las seis décadas que han pasado desde que aterrizó por primera vez en la costa este del lago Tanganica [Tanzania]. Quizá ha aparecido alguna arruga más en su rostro, señal de la suma de experiencias y conocimientos adquiridos desde que su mentor, Louis Leakey, le propuso ir al continente africano para estudiar a los chimpancés con el objetivo de que estas observaciones le ayudaran en su tarea antropológica.

Jane Goodall

Jane Goodall siempre soñó con compartir hábitat con los animales en África. Lo supo desde que era muy pequeña: «Se reían de mí cuando, con diez años, decía que quería irme allí…» ha revelado en numerosas ocasiones. Asimismo, también ha reconocido que su madre, en plena Segunda Guerra Mundial, no tenía dinero para enviarle a la Universidad, así que decidió hacer un curso de secretariado. De esta manera conoció a Leakey, quien, precisamente, lo que más apreció en ella fue su inocente curiosidad y la ausencia de contaminación científica en su pensamiento. Esto se convirtió en el ancla de la joven británica en el continente negro.

Cuando llegó a Gombe se confirmó como un elemento más de la naturaleza. Ella, y sus inseparables prismáticos, supieron gestar paciencia durante meses para después dar a luz la confianza de los chimpancés hacia esta «simio blanca». Estuvo acompañada también de Margaret Myfanwe Joseph, su madre, la mano que meció la cuna de esta intrépida aventurera. Esa misma que «no se enfadaba cuando llevaba gusanos de tierra a la cama porque quería observarlos o cuando, un día, con cuatro años, me llevó a una granja y desaparecí durante horas porque estuve intentando averiguar y ver cómo ponían huevos las gallinas» reveló en el encuentro celebrado el pasado mes de diciembre en el Espacio Telefónica. Y la misma que le instó a no rendirse. Sin embargo, pese a que aprendió mucho de su progenitora y más tarde de los chimpancés, hay otro maestro que se convirtió en la base de una empatía que quiere contagiar, Rusty: «Mi perro me enseñó que lo que los científicos decían que diferenciaba a los humanos del resto de especies era erróneo, porque no somos los únicos seres con conocimientos y emociones» dijo en la misma charla. «Con un perro eres tú misma y ellos también lo son; Rusty me enseñó que somos parte de un reino animal» añadió en otros eventos.

La experta en primates huye de las etiquetas científicas, así que resulta más sencillo resumir su experiencia profesional en: compañera de vida de los chimpancés, a los que ha estudiado al detalle sin sucumbir a la invasión de su hábitat. «Cuando miro a un chimpancé siento que me sumerjo en los ojos de alguien que tiene mucho que enseñarme» confesó a El País. Y parece que el sentimiento de pasión, agradecimiento y amor es recíproco. Así lo demostró Wounda, una chimpancé rescatada en Congo por el equipo de la doctora, ya que evitaron que, al contrario que el resto de su familia, fuera destinada al comercio ilegal de carne de animales salvajes tras el ataque de unos cazadores furtivos. Cuando consiguieron salvarla y dejarla sana en el Centro de Rehabilitación de Chimpancés Tchimpounga, que pertenece a su Instituto y es lo más parecido a su hábitat natural, Wounda salió de la jaula y regresó para abrazar a la persona que le había abierto la puerta: Jane Goodall.

Jane Goodall

La primatóloga describió ese momento con Wounda como uno de los «más emocionantes de su vida». Pero antes de llegar a él, a las investigaciones publicadas y al reconocimiento a su labor, tuvo que soportar que le dijeran en Cambridge que no podía ponerle nombre a los chimpancés, solo números; que ellos no sienten, porque solo lo hacen las personas; que no tienen personalidad, pese a que ella pudo comprobar que sí la poseen… «Fue algo traumático escuchar que todo lo había hecho mal» reveló a National Geographic. Pero también reconoció que siempre tuvo algo muy claro: «Quería demostrar a la comunidad científica que lo que decía una chica sin título era verdad». Y así fue.

Goodall en Gombe, hábitat de los chimpancés

Su primera huella se dibujó el 14 de julio de 1960 en Tanganica, aunque años atrás ya había visitado Kenia. A su llegada a la reserva de Gombe, el que ahora es el país más extenso de África oriental no existía como tal: Tanganica y Zanzíbar eran protectorados británicos, la primera se independizó en 1961 y la segunda en 1963. Ambas decidieron unirse en 1964 para formar lo que hoy se conoce como Tanzania.

La mirada de la primatóloga, recogida en las imágenes que posteriormente han sido reconvertidas en documentales, revelaba su continua curiosidad por el medio en el que habitaba y también mostraba su inexistente miedo a la hora de escalar alguna que otra roca para acercarse a los chimpancés. En apenas dos meses, Gombe ya se había convertido en su lugar en el mundo y sus ‘compañeros de piso’ se lo hicieron saber. Unas imágenes, por cierto, que fueron grabadas en su mayoría por Hugo van Lawick, un fotógrafo enviado por National Geographic para documentar la labor de Jane y que se convertiría en su marido –se divorciaron en 1974– y padre de su hijo.

Puso nombre a los chimpancés y observó cómo cada uno tenía su propia personalidad y también emociones. El más especial siempre será David Greybeard: pionero en su familia a la hora de acercarse a la doctora y primer protagonista de su estudio. Goodall vio cómo David había elaborado «una rudimentaria pero eficaz caña de pescar termitas»: usaba una ramita, que previamente deshojaba, para introducirla en un termitero. Hasta ese momento se creía que únicamente los humanos eran capaces de crear herramientas. Después de haberle anunciado su hallazgo a Leakey, éste le dijo: «Entonces habrá que cambiar la definición de ‘hombre’, la de ‘herramienta’ o aceptar a los chimpancés como humanos».

Los chimpancés, que «aprenden como humanos, con la observación y la imitación» según la propia etóloga, gozan de cinco años de niñez y su dependencia materna se puede alargar hasta los 9 años, aunque los estrechos lazos afectivos se mantienen a lo largo toda su vida, que puede durar hasta los 60 en cautiverio. Asimismo, observó que son muy compasivos, altruistas, cooperantes y nada egoístas; gozan de una comunicación no verbal envidiable que se convierte en su salvavidas: elaboran sonidos y gestos para cada acción con tal énfasis que se les puede escuchar a mucha distancia; y también tienen un gran sentido del humor. Eso sí, su sociedad es tremendamente compleja: forman patrullas que están dirigidas por un ‘macho alfa’. Para llegar a su propio poder forman alianzas, como en la política humana, y pueden llegar a ser violentos. Goodall puntualizó un detalle acerca de este aspecto: «Los que son más inteligentes y menos agresivos duran más en el puesto. Además, los respaldados por sus madres también tienen más futuro». La doctora también quiso recordar que en esta sociedad también hay malas madres, chimpancés violentos y que pueden tener una parte oscura. Así se pudo comprobar con su propia Guerra Civil, que ella misma denominó ‘Guerra de los 4 años‘: se desató con el violento asesinato de un chimpancé llamado Godi en 1974. En este conflicto entre los chimpancés de Kasakela –ubicados al norte– y los de Kahama –en el sur– hubo más asesinatos que se sumaron al de Godi, también robos y constante intimidación. Antes del enfrentamiento compartían territorio, pero se fueron separando hasta instalarse cada grupo en una zona. Cuando los situados en el norte –más fuertes– quisieron ir al sur porque allí había más variedad en el alimento, empezaron los problemas que derivaron en matanzas. El clan de Kasakela asesinó al de Kahama.

Antes de la guerra también evidenciaron una vulnerabilidad similar a la humana, especialmente a los patógenos que éstos transmiten. En 1966, se produjo una epidemia de poliomielitis en la que murieron seis individuos y seis vivieron con secuelas. Dos años más tarde, el entrañable David Greybeard y otros cinco chimpancés más fallecieron debido a otro brote, esta vez de un trastorno respiratorio. Y en 1987, nueve chimpancés murieron de neumonía.

Actualmente, los chimpancés están en peligro de extinción. A principios del siglo XX, había un millón, pero se han reducido a una cantidad oscilante entre 150.000 y 250.000 individuos en libertad. Los motivos de la desaparición son la creciente deforestación; la extracción minera; un considerable crecimiento demográfico que exige más espacio en la tierra y aumenta las zonas de cultivo y pastoreo; las industrias madereras; la caza furtiva para vender ‘carne del monte’; y el tráfico ilegal de crías, con el que se calcula que por cada cría en cautividad mueren diez miembros de la familia. Los datos asustan más aun cuando se precisan: ya no existen chimpancés en Togo, Benín, Burkina Faso y Gambia.

Estamos ante una especie que en libertad «reacciona ante las tormentas y las cascadas con una serie de movimientos rítmicos de desafío o fascinación que parecen reflejar un sentido de lo maravilloso» y que en cautividad «tienen sentido del arte; pintan a su manera» reveló Jane Goodall a El País. Pero también ante alguien muy similar a nosotros, como la chimpancé llamada Ai, que en japonés significa ‘amor’, capaz de escribir más rápido en ordenador que los propios humanos e igual de enganchada que ellos a la máquina, aunque con un gran sentido de la responsabilidad y de la autocrítica: «No le gustaba cometer errores… Si se equivocaba, pedía repetir» afirmó la etóloga en el coloquio organizado por TED. Una especie con la que el ser humano comparte el 98% de la identidad genética.

IJG: el legado de una pionera

El Instituto Jane Goodall se fundó en 1977 y busca afianzar, especialmente en los más pequeños, la filosofía de la primatóloga: «Un planeta saludable donde la gente viva de manera sostenible y en armonía con los animales y su entorno».

IJG, así es como se abrevia, se sustenta en tres vertientes: la investigación no invasiva de los chimpancés en libertad y cautividad; la educación y sensibilización de la sociedad; y la conservación de los recursos naturales. Consiguen ponerlo en práctica a través de sus diferentes programas, como ‘Roots&Shoots‘ (raíces y brotes), que se inició en 1991 y está en marcha en un centenar de países con el objetivo de aumentar el respeto y la empatía por los seres vivos. «En este programa cada individuo tiene la diferencia y una tarea que realizar» dice Goodall. Y añade: «Se hace desde Preescolar hasta la Universidad; en zonas rurales y también en urbanas; con gente que tiene recursos y con gente que no los tiene…». 

Después de varias décadas en la selva, Jane vivió lo que ella misma define como su «momento Damasco». Se refiere a cuando decidió cambiar la etiqueta de científica para convertirse en activista. Desde entonces, viaja más de 300 días al año con el objetivo de concienciar a la sociedad. En 2013, durante una conferencia organizada por National Geographic para celebrar su 125 aniversario, avisó de que «nunca me jubilaré; tengo que trabajar por el planeta». En aquel momento estaba a punto de cumplir 80 años y, hoy, a cuatro meses de cumplir los 84, sigue con su plan.

Goodall alerta a quien la escucha del inminente peligro que corre el planeta: «Usamos recursos sin preocuparnos de que la naturaleza los pueda recuperar». Y, en otras ponencias, añade: «Nos topamos con economistas que defienden un desarrollo económico ilimitado, pero los recursos naturales son limitados». Asimismo, siempre remarca que lo que más le gustaría es «cambiar el carácter consumista de la sociedad; Gandhi decía que el planeta puede satisfacer nuestras necesidades, no nuestra avaricia».

Su ‘Damasco particular’ se activó después de algunas visitas: «Fue un shock para mí ver cómo tratan a los chimpancés en cautividad, como en los zoos o en los laboratorios». Asimismo, cuando dejó Gombe ya avisó de que había visto cómo otros observadores «estaban destruyendo los lugares donde estudiaban a los chimpancés; así empezó la caza furtiva». Se propuso acabar con este abuso y, al menos en una parte del mundo, lo consiguió: el gobierno de EEUU anunció en 2013 que había limitado el uso de chimpancés para la investigación médica a 50 individuos y, en 2015, puso fin a esta práctica. Cabe destacar que en Europa estaba prohibido desde 1999, aunque se permite bajo ciertas condiciones.

Jane Goodall afirma creer en la «resiliencia de la naturaleza» y con su labor uno cree en el renacer del Homo sapiens. Su voz transmite calma en medio de cualquier caos urbanita; habla con admirable temple y total seguridad; y busca con la mirada a los asistentes de sus numerosos eventos. La sencillez de su discurso es un dardo directo a la conciencia de la sociedad ‘millenial’ y ‘Z’. Cuenta que una mujer le regaló una campana hecha con metal de una mina desactivada y le pidió que la hiciera sonar si hablaba de esperanza… Jane lo hizo y dijo «la esperanza está en sus manos y en las mías».

© Datos y gráfico de Instituto Jane Goodall

Fuentes: Jane Goodall / Instituto Jane Goodall; National Geographic; OEIEl País; Fundación Telefónica; The Huffington Post; BBC; WWF; Europa Press; Agencia SINC.

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