FRAN SÁNCHEZ: “LE DEBO MUCHO AL BALONCESTO Y NO PUEDO FALLARLE”

Fran Sánchez Gijón Basket
© La magia del Brujo

Su pelo dista mucho del que lucía Pat Riley. Se encandiló con Magic Johnson, Fernando Martín y los Lakers. No olvida sus inicios en el baloncesto, inherentes a su primer entrenador. Y dice que durante años fue algo similar al Demonio de Tazmania para los árbitros. En la cancha, es puro nervio y una retahíla de emociones. Ama este deporte en la victoria y en la derrota, aunque esta última no la lleva bien. Y su mayor obsesión es que el baloncesto siga siendo el motor de su vida para no fallarle nunca. Cada partido luce su polo del Gijón Basket, encuentra su bastón en sus ayudantes y se desvive por sus jugadores. Dice que no es profesional, pero no hay nada más profesional que el respeto hacia todo lo que te rodea. Y él lo respeta. Con ustedes: Fran Sánchez, entrenador del Huniko Gijón Basket.

¿Por qué elige el baloncesto en una comunidad tan futbolera?

Empecé jugando al fútbol en categoría alevín en el Club Asturias de Blimea y en Infantiles me fui a jugar al San Esteban en Ciaño, que estaba muy cerca de Blimea. Pero a mitad de esa temporada se creó baloncesto como actividad extraescolar y empecé a jugar. No se me daba especialmente mal aunque tampoco bien… ¡En el reino de los ciegos, el tuerto es el rey! [Ríe] Mi entrenador, Luis Ángel, me metió el gusanillo de este deporte, así que poco después dejé el fútbol y me centré en el baloncesto. El año siguiente se hizo la categoría de cadete en el que fue mi primer y único club: el Val’Nalón. Ahí empecé a jugar y quise entrenar en las escuelas. Y desde entonces hasta ahora… ¡Que son 29 años ya! Soy un tío raro porque a la gente de baloncesto no le suele gustar el fútbol, pero a mí me apasiona… aunque cada vez menos.

Es curioso: gran parte de los que empezamos a jugar a baloncesto es por pura casualidad. Eso sí, notas enseguida que tiene algo especial.

Es verdad. Yo tengo que agradecerle mucho al que fue mi entrenador. Después la vida nos llevó por caminos distintos aunque hemos seguido teniendo contacto, incluso profesional. Él me llevó a muchos partidos, a ver la ACB en León, al Gijón Baloncesto… Sé que fui su jugador mimado [ríe]. Si acabábamos tarde de entrenar, llamaba a mis padres y me quedaba a dormir en su casa para ir a ver algún partido al día siguiente. Antes no había tantos medios para ver todo, pero en aquel momento poder ir a León a ver equipos como el Real Madrid, jugadores como Fernando Romay, Clifford Luyk, Ricardo Peral, José Lasa o Xavi Crespo, fue fantástico. Todo ello me creó el gusanillo y como siempre me gustó organizar cosas, quise entrenar. Saqué el primer título en la Navidad de los 90… ¡Casi tres décadas con 43 años! [Ríe]

¿Cómo se aprende a ser entrenador? Más allá de los títulos, que en teoría los puede tener cualquiera.

Creo que tuvimos un gran maestro con Johan Cruyff. Él entrenó al mejor Barça de la historia cuando todavía no tenía título. Están para sacarlos y aprendes lo que aprendes, pero lo fundamental es el día a día y la gente de la que te rodeas. Yo he tenido mucha suerte, primero con el entrenador del que ya hablé y después porque he podido entrenar con personas como Marcos, actualmente entrenador del Grupo Covadonga; Jenaro Díaz, que ha sido entrenador-ayudante en la Selección Española, del Real Madrid o del Khimki; Joaquín Prado, que entrenó en ACB y LEB Oro y actualmente es ayudante de Scariolo; Marcelino González, entrenador en Liga Femenina del Universidad de Oviedo… He podido trabajar al lado de gente muy buena y, además, tengo la suerte que son amigos. Me he rodeado de gente muy válida.

Te rodeas bien, eres una esponja y aprendes incluso de gente que quizá no ha llegado a un nivel tan profesional.

¡Claro! Ellos ya eran amigos cuando entrenaban a mi mismo nivel. Se les podía tener idealizados, pero no tenían problema para entrenar a Juveniles o Cadetes. A mí siempre me llamó mucho la atención. Y si veías algo así en ellos, cómo no ibas a hacerlo tú… Esto me ayudó también a crear una ética de trabajo. Te curte y aprendes. Para mí era un clínic semanal ver trabajar a entrenadores como ellos.

¿Y por qué elegiste ser entrenador?

Cuando empecé quise hacerlo porque ganaba un poco de dinero, era un crío e iba a hacerlo en el colegio en el que estudiaba, algo que me hacía gracia porque estaba entrenando a gente de mi edad. A partir del segundo año, cuando fui al Val’Nalón, donde entrenaba en categoría femenina, tuve una generación muy buena, hicimos una gran temporada y ganamos la liga. Y ganar la liga en la Cuenca es muy complicado. Creo que lo decidí en ese momento, no por ganar, pero sí por ese año. En la actualidad seguimos viéndonos y tenemos un grupo de WhatsApp… ¡Eran niñas y ahora las veo con el carrito de sus hijos! Me llamó el Cinturón Verde –el Vetusta–, que era casi profesional, y me dieron la oportunidad de estar en el equipo de liga femenina como entrenador-ayudante… Fue ahí cuando me di cuenta de que me gustaba, porque pensaba que jamás llegaría ahí… ¡Incluso el mero hecho de dar balones me pareció la leche!

¿No te dio la sensación de que fue muy rápido?

¡Sí! Pero realmente creo que no fue rápido. Cuando llegué a mi primer equipo senior, como primer técnico, llevaba entrenando más de diez años. Sin embargo, ahora sí que es mucho más rápido… Quizá porque hay menos entrenadores, pero en la actualidad cuando alguien decide entrenar encuentra equipo enseguida. Y hablamos de equipos campeones, que probablemente lo han sido porque tenían una buena generación, y pasan a estar en categoría senior muy pronto. Creo que es un error… Llegan a entrenar equipos importantes sin madurez. Y no es una crítica a ellos, sino al proceso que se está siguiendo dentro de los clubes.

¿Por qué crees que falta gente para entrenar?

Entrenar en categorías amateur es muy difícil: trabajas las mismas horas que un profesional, no cobras e incluso pierdes dinero… Y tienes que compaginarlo con estudios, trabajo, familia… Somos pocos ‘chiflados’. A mí me duele mucho dejar de lado a la familia, especialmente a mi hija. Pero como estamos como cencerros,lo hacemos. Quizá las nuevas generaciones han cambiado y tienen otras prioridades entre las que no está practicar deporte.

Se valora más al exjugador que al que fue paso a paso. Y pasa en todos los deportes…

Ser exjugador no te garantiza ser buen entrenador. Pero es cierto que muchos de los grandes entrenadores han sido previamente jugadores porque tienen las dos perspectivas y es más sencillo entender al jugador. Creo que muchos de esos exjugadores que pasan a entrenar profesionalmente rápido es, precisamente, porque les falta madurez… Y consiguen entrenar a un Real Madrid, Sporting de Gijón o un Joventut sin saber qué es llevar un vestuario. Como jugador sabías entender a tu compañero, que estaba enfadado porque el cabrón del entrenador le riñó, pero es que ahora eres tú el que tienes que reñir y tienes que actuar de forma diferente con cada jugador. Esto se aprende con la experiencia… Quemar etapas es complicado.

Y te pasa factura.

Sí, totalmente. Cuando uno ha sido jugador, se le idealiza. Y si te va mal te lloverán palos.

Guardiola hizo daño…

Guardiola, Luis Enrique, Pablo Laso, Perasović… son exjugadores con éxitos como entrenadores. Pero, por ejemplo, Laso entrenó en LEB Plata y LEB Oro, llegó a ACB con un club pequeño, pasó a otro, fue dando pasos y llegó al Real Madrid… Fue madurando.

¿Qué era el baloncesto para ti y qué es ahora?

Sigue siendo lo mismo. Muchas veces me preguntan cómo puedo seguir viviendo igual un partido después de treinta años. Antes eran todos así, ahora son especialmente aquellos en los que nos jugamos algo, es un partido difícil, no hemos entrenado bien… En la previa de un partido, sábado a las 19.30h normalmente, estoy nervioso desde que me levanto, no me aguanta nadie, no como, no soy capaz de dormir, salgo a caminar… Estoy muy nervioso hasta que llego al pabellón, pero cuando paso la puerta del Palacio me tranquilizo porque estoy donde quiero estar. Es ansiedad porque quiero que llegue el partido. El día que no esté nervioso lo dejaré, porque no gano dinero suficiente como seguir haciéndolo si no me gusta.

Las emociones nos ponen en alerta. Si algún día las dejamos de sentir hay que preguntarse por qué.

Totalmente. Mis padres y mi hija me preguntan mucho por ese nerviosismo, pero es que es ansia porque llegue… ¡Es mi pasión! Es por lo que vivo además de mi familia y mi trabajo. Es mi motivación dentro de lo importante. Le debo mucho al baloncesto y quiero devolvérselo con mi pasión… No le puedo fallar porque a mí me ha dado muchas cosas.

Me comentabas la previa, pero ¿cómo es el día a día?

Entrenamos cuatro días a la semana. El lunes es el día más liviano: hacemos trabajo regenerativo, sesiones de tiro, matizamos detalles de los sistemas… El martes ya empezamos con otro tipo de trabajo más de cancha. Y ese mismo día o el miércoles recibo el scouting del rival, que lo hace mi ayudante, y a partir de ahí trabajamos ese partido. No solemos cambiar nada en el ataque en función del rival, pero sí la defensa, que la trabajamos el jueves y el viernes.

¿Los jugadores participan en las sesiones de vídeo o se lo trasladáis ya en cancha?

En cancha, porque no tenemos suficiente tiempo. Además, sé que si se lo pasamos no lo verían [ríe]. Ellos ven otros partidos, tienen sus propias ideas… De hecho, nos proponen cosas y las revisamos juntos.

Te gusta ser un entrenador cercano. 

Creo que es clave. El jugador sabe sus aptitudes y dificultades, así que si él te propone hacer algo de manera distinta, lo aceptas. Es lo mejor para el colectivo porque buscas un resultado, ayudar a tu jugador… y si la mejor forma es la que dice él, se hace, aunque a veces también nos negamos. Hablamos mucho también durante los partidos, en los tiempos muertos… En ocasiones, me encantaría entrenar a un equipo profesional y mandar lejos a alguno, pero aquí no puedo. A veces me tengo que morder la lengua porque tengo mucho carácter y me enfado. Pero sé que esta gente no está ganando dinero y le dedica el mismo tiempo que yo. Tienes que ser cercano, no le puedes presionar, empatizas… Hay quien está estudiando la carrera de medicina, el que viene desde Avilés a las 21.30h para entrenar y apenas juega… Durante hora y media, eso sí, no conozco a nadie, porque si tengo que echarle la bronca a alguno, lo haré, y me da igual si se había levantado a las seis o a las once de la mañana porque está entrenando. Pero cuando sale no puedo seguir enfadado con él y tengo que comprenderle porque yo también estoy cansado cuando acabamos a las 23.30h.

¿Te resulta fácil hacerte entender con los jugadores? Más allá de la barrera del idioma, tienen carácteres muy distintos. Por ejemplo Wineglass o los hermanos Ejim son muy diferentes.

Malik [Wineglass] es una grandísima persona, pero tiene un cable pelado [ríe] y a veces salta, pero esta temporada ha cambiado mucho. No se le ha quitado de la cabeza que el año pasado no pudo jugar el partido de Play Off por bocazas y sabe que cometió un error gravísimo. Está bien sancionado aunque creo que deberían haber sancionado a ambos jugadores, pero él está bien sancionado y se dio cuenta. De hecho, esto es clave para que esté aquí esta temporada, porque tenía ofertas mucho mejores que la nuestra. Cuando hablé con él en verano y aceptó la del Gijón Basket me dijo: «Vuelvo porque tú y yo hemos dejado un trabajo sin hacer». Ha sido responsable, ha dejado de ganar dinero y ha madurado mucho. Ahora cuando se cabrea ya no es como antes; pica él al rival y no al revés; se aparta y se va riendo cuando hay algún problema… Se siente bien en esas situaciones y saca partido de ellas, porque además es muy buen jugador. Este año le costó al principio debido a una lesión en la cadera, pero cada día está mucho mejor. Y ahora está obsesionado con jugar el Play Off y se enfada conmigo, con sus compañeros… Si no entrenas con intensidad, se muere.

En el banquillo eres puro nervio, pero con la capacidad de tener la cabeza fría de cara a la estrategia.

Es carácter y experiencia. Pero en mis inicios como entrenador ese carácter me costó muchas expulsiones en partidos. Durante años fui peligro número uno para los árbitros porque decían que protestaba muchísimo [ríe]. El tiempo te va dando calma y aprendes cuál es el momento para protestar. Hace muchos años que no pierdo los papeles en un partido, aunque proteste mucho. Lo tengo muy controlado: cuando me cabreo quiero cabrearme, busco mostrar mi disconformidad con los jugadores, árbitros o ayudantes… Soy así. Pero ellos lo entienden.

Esos enfados generan reacciones inmediatas en los jugadores.

¡Claro! Cuando ves a tu entrenador cabreado… Ellos piensan: «¡Parece que me quita!». Y a mí no me cuesta en absoluto sentar a un americano o a un jugador bueno. Si no hace lo que pido, le quito. Cuando fiché por el club dije: quiero doce personas y no doce jugadores porque no somos profesionales. Y lo mantengo. Busco tener un grupo humano y llegar donde tengamos que llegar… Y de que sean buenos o malos, me tengo que encargar yo.

Me he fijado en que te gusta corregir a los jugadores después del cambio.

Sí, una acción reciente fue con Diego, jugador de primer año, que llevaba tres faltas y le estaba diciendo que al menos ya llevaba siete y no se las habían pitado. Le tocaba defender a jugadores más bajos que él, le sacamos a jugar fuera y tenía dificultades en el desplazamiento lateral. Él estaba completamente erguido y le pedía que se flexionara porque con su altura llegaría al tiro… Soy muy expresivo. Creo que el jugador debe saber por qué le cambias y si después sale y no lo cambia, la culpa pasa a ser suya. Y con los americanos también. Pero también cambio a alguno de ellos porque quiero y en ese caso me levanto y le digo que es para que descanse. Por ejemplo, Charly Suárez es un jugador al que le gusta saber qué ha hecho mal, pero no protesta nunca y comenta lo que le está pasando para solventarlo. Me gusta mucho hablar con ellos. Cuando viajamos soy uno más y a ellos les gusta, pero saben que cuando entramos en la cancha, cambio. Tienen asumido que soy uno en la furgoneta, otro en el partido y otro a la vuelta. Saben perfectamente también que para mí son lo más importante, que les defenderé siempre aunque después tenga que llamarles la atención en privado. Nunca hablo ni hablaré mal de un jugador delante de la gente y si lo hago es porque le voy a echar. En estos casos siempre me acuerdo de Preciado y Barral, que casi llegan a las manos. Preciado siempre le defendió públicamente… Si no lo haces ¿en qué situación pones al jugador?

¿Y cómo es un postpartido en la victoria y en la derrota?

Cada día valoro menos la victoria porque el subidón me dura poco. Cuando ganamos empiezo a pensar en el próximo rival. Y en la derrota siempre piensas qué habría pasado si hubieras cambiado ese detalle, si nos hubiéramos puesto en zona, si no hubiera dicho algo, si el tiempo muerto lo hubiera pedido primero… y a eso se le añade que el siguiente rival suele ser difícil. La derrota es muy jodida, no la llevo bien. Soy muy autocrítico conmigo mismo.

¿Autocrítico o autodestructivo?

[Ríe]. Ambos. Pero en estos casos cuento mucho con mi ayudante y él me dice lo que hice o no hice mal, me hace ver las cosas. Nunca he celebrado una victoria en la cancha y en las derrotas siempre he aplaudido a mi gente, porque creo que en la derrota el entrenador tiene que estar siempre y que la victoria es de los jugadores, aunque también la siento como mía. Pierdo y gano, pero la victoria la tienen que celebrar ellos. Yo entro en el túnel y doy mis gritos, mis voces… Si algún día me ve alguien confirmarán que estoy como un cencerro.

Segunda temporada en el Gijón Basket y tiene muy buena pinta. ¿Estás contento con las decisiones tomadas?

Por empezar por orden cronológico: creo que la decisión del club es la acertada teniendo en cuenta las circunstancias. Y también que ambos clubes [Gijón Basket y Círculo Gijón] han cometido un error que están a tiempo de salvar. El «divide y vencerás» nunca es bueno. Pero hay que apartar egos en los dos bandos… y yo soy muy crítico con mi propio club. El futuro del baloncesto en Gijón pasa por la fusión, aunque el éxito no está garantizado tampoco con ella. Puede llegar a no haber cabida para ambos en cuanto a público, nivel profesional… Pero, actualmente, las ideas son tan opuestas que estoy de acuerdo con la decisión de no haber hecho la fusión el pasado verano. La idea no es común en nada y todos quieren que la totalidad de sus propuestas se acepten y es imposible. Personalmente, no puedo hacer más de lo que ya he dicho públicamente. Y se me ha criticado mucho incluso en reuniones privadas con el concejal, pero no puedo aportar nada más que poner mi cargo a disposición. ¡Yo no soy el que decide! Si hay una fusión estaré donde me digan o no estaré donde no me digan. Si se me pide esto mañana mismo, no tendría problema. Estaré entrenando al Infantil o al Juvenil, como director deportivo o cobrando las entradas… Usted dígame y si me encaja, entro. Estaría donde me diga una junta directiva común si quieren contar conmigo y si no es así pasaré a ser un abonado más.

¿Qué tiene que pasar para que, en caso de fusión, sigas?

La existencia de una directiva común que me pida que siga como entrenador. Y si es así, hablaremos.

¿Qué valores son la base del Gijón Basket que fundamental la existencia del club como tal?

Mucha gente piensa que el club tiene tres o cuatro años de existencia, pero no es así, lo único que ha cambiado es la razón social: se llama Gijón Basket 2015 Corpi… y el Corpi existe desde 1995. Es un club histórico de Gijón y de Asturias. Lo mejor que tiene es su cantera, las escuelas y la identidad creada. Esto no se puede dejar perder. Además, la esencia de cualquier deporte es que haya una masa social detrás y cuidar su raíz, independientemente de dónde llegues después. Creo que el equipo que no lo tiene está condenado a desaparecer. Un ejemplo es el Akasvayu Girona: salió con mucho dinero y duró dos años porque no había sentimiento hacia el club, sino hacia a ese equipo. Si se van tres jugadores o dejas de ganar, la gente se también va. Es fundamental que exista un arraigo. Por ello creo que la fusión era importante: Círculo tiene muchas cosas buenas y muchas carencias que además se complementaban ambas a la perfección con las que tiene el Gijón Basket.

¿Y qué tiene de especial este grupo? Todo el que viene suma. Se han marchado jugadores como Kenny, que se le echa de menos, pero han llegado otros como Diego, que enseguida ha aportado.

Lo que te comenté al principio: fichar doce personas y no doce jugadores. Mi director deportivo, Chus Poves, tiene la experiencia de haber sido jugador profesional y conoce muy bien a los jugadores, su carácter, su mentalidad… tanto a nivel nacional como internacional. Y él ha tenido claro lo que le pedí para crear la plantilla. Prefiero un jugador menos bueno pero que se adapte fácilmente. Centrándonos en Diego: teníamos muy buenas referencias de él y algunos de nuestros jugadores ya le conocían, me llamó la atención cómo se referían a él y pensé que encajaría. Y es así, porque parece que lleva jugando con nosotros toda la temporada. Y de la misma forma pasó con Pablo Bretón, que vino del Grupo Covadonga, y le conocíamos muy bien; Malik ha vuelto; también teníamos buenas referencias de Ryan [Ejim], aunque de Kenny [Ejim] teníamos más dudas porque venía de Plata y no sabíamos cómo llevaría bajar una categoría. Y creo que es eso: fichamos buenos jugadores con referencias personales sobre ellos.

Hemos hablado del club, del grupo actual… ¿Pero a ti te gustaría seguir creciendo como entrenador en el Gijón Basket?

Si este club, en ocho o diez años, por decir una cifra al azar, termina jugando en LEB Plata o en LEB Oro, por mucho que yo quisiera continuar sería demasiado difícil. Estaría en la historia del club en ese camino, pero todo tiene un ciclo en la vida. Yo no soy el Gijón Basket, solo soy el entrenador y no tengo ningún tipo de arraigo al puesto. Evidentemente, hacia el club sí y estaré ahí, pero no sería lógico que fuera el entrenador en esa situación. Además, no soy profesional y me tengo que dedicar a mi empresa. No podría seguir ni siquiera en LEB Plata, porque hay que trabajar solo en ello. No me lo planteo… Vivo de mi empresa. Quizá si me hubiera pillado con 25 años me lo pensaba, pero con 43 no tengo dudas.

¿Qué es ser profesional?

Hay gente que le puede dedicar mucho más tiempo. Eso es mi percepción de la profesionalidad: dedicarte exclusivamente a ello. Y yo no estoy dispuesto a hacerlo porque mi futuro y el de mi hija es mi empresa.

Sorprende, porque cualquiera se agarraría a ello.

Tengo claras mis prioridades. Y claro que si, por ejemplo, subimos esta temporada pasaría un verano horrible. De hecho, mi hija, que tiene 9 años, me lo dice muchas veces: «Papá, te he leído en una entrevista que no entrenarías en LEB Plata… ¿Tú estás tonto? Si tú los asciendes, papá, cómo no vas a entrenar». [Ríe] Pero sé que no sería entrenador en LEB Plata porque, como te dije, el respeto que merece el baloncesto y el club al que pertenezco, necesita y merece una exclusividad que yo no puedo darles. Estaré donde me digan, pero en ese equipo no. De hecho, ahora mismo hago muchas más cosas en el club además de ser entrenador, pero eso no se cuenta, simplemente lo hago porque quiero y no tengo que demostrárselo a nadie.

Y, por último, un partido y algún jugador que te haya marcado.

A mí me empezó a gustar el baloncesto cuando vi a un tío de dos metros que botaba de espaldas porque era muy alto y si no le robaban el balón, jugaba de amarillo y daba pases sin mirar. Soy de Magic Johnson hasta la médula. Me gusta verle en entrevistas o donde sea. Se puede ser más de jugadores que de clubes, por ejemplo: soy antimadridista, pero animé durante muchos años al Real Madrid Baloncesto por Fernando Martín. De hecho, yo jugaba con el ’10’ por él. Me encantaba. Tenía mucho carácter, era muy exigente, competitivo… Una bestia. Y la primera final que recuerdo fue, en la televisión en blanco y negro a las dos de la mañana, un Lakers vs Portland Trail Blazers. A nivel de entrenadores, me gustaba mucho Pat Riley, que era un perfil muy distinto a lo que estábamos acostumbrados: gomina, traje… Me fascinaba. Y de las generaciones más recientes: me gusta muchísimo Felipe Reyes, que es súper competitivo, y qué decir de Gasol o de Navarro, ahora de Llull… Y Raúl López, que no suena tanto, pero para mí es el mejor jugador de esa generación.

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