JUAN CARLOS UNZUÉ: LA LUZ DEL FARO

Juan Carlos Unzué
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Nació el 22 de abril, en plena primavera navarra del 67… Días antes de su llegada al mundo –el 8–, Raphael había representado a España en Eurovisión cantando aquello de «Qué nos importa, qué nos importa / Aquella gente que mira la tierra y no ve más que tierra / Qué nos importa, qué nos importa / Toda esa gente que viene y que va por el mundo sin ver / La realidad». Pero Juan Carlos llegó para poner en primer plano distintas realidades: como jugador, reinventando la figura del portero y, después, explotando las cualidades y ampliando su incidencia y relación con el juego en su etapa como preparador de guardametas; como entrenador, creando y creyendo en la actitud, la honestidad y el respeto como eje, además del innegociable mimo al balón; y ahora en el ‘Team ELA’, erigiéndose como la voz principal en un coro conformado por miles de personas que, como él, padecen esta enfermedad.

La etimología de su nombre habla de «fortaleza, sabiduría, madurez y compasión». Balón directo a portería, porque, efectivamente: «Ahí está, ese es, el Juan Carlos Unzué».

Un capítulo en la eternidad

Hace muchos años, tanto es así que se añade el ‘a.C.’ tras el dato, Alejandro Magno fue conquistando parte del mundo mientras, en cada batalla, dejaba su huella: una ‘Alejandría’. Se confirmó, como lo define Irene Vallejo, en un «cazador de la inmortalidad». Y es que su obsesión no era la de sumar tierras, que también, sino la de ser el protagonista de una leyenda, una como la que había escuchado en su infancia en la voz de Aristóteles. Lo consiguió. Pese a que se fue joven y exhausto, cazó la inmortalidad que conceden las páginas de la eternidad. Una versión suya más benévola y actual, con batallas también cuerpo a cuerpo pero con el esférico y el estudio del juego como únicas armas, es Juan Carlos Unzué. Ha dejado huella con su voz desde el banquillo en batallas internacionales como la disputada en Berlín por la ‘orejona’ o las decenas de ellas, también nacionales, celebradas a lo largo de varias temporadas que finalizaron con un recuento de seis Ligas y tres Champions; cinco Supercopas de España y tres de Europa; cinco Copas del Rey y tres Mundiales de Clubes.

Un portero atípico

Quien le conoce bien, como Monchi, lo define como «estudioso, metódico y exigente». Juntos colonizaron las porterías del Sánchez Pizjuán en los 90 para, brújula en guante, entender cuándo el club hispalense necesitaba un poco de Norte y cuándo, de Sur. Y juntos también anestesiaban el hambre voraz de mejora y exigencia que se marcaban: seguían entrenando cuando todos se habían ido. Unzué era, en palabras de su compañero de celda en la cárcel de cal, «un portento físico». Quizá porque, además de hijo de sus padres, también es descendiente del deporte: ha practicado atletismo, golf, ciclismo… Y, por supuesto, fútbol.

Llegó a la portería por mera casualidad: «Cuando era pequeño, si quería jugar con mi ‘cuadrilla’, era el único sitio en el que podía hacerlo». Y reconoce que haber versionado todas las caras del futbolista de élite —«la de titular indiscutible, la de suplente indiscutible y la de no convocado»— le ha facilitado la adquisición de resiliencia para esta etapa de su vida. Pese a que lo más sencillo habría sido patalear o preguntarse por qué precisamente esa vida le ha enviado un balón imposible de parar, recalca una y otra vez: «Soy un privilegiado». Una postura que, lejos de ser derrotista, esconde una moraleja: aprender a bailar bajo la lluvia permitirá disfrutar de los saltos entre charcos hasta que estos se sequen cuando el sol, siempre ‘hijo pródigo’, vuelva.

Estamos hablando de alguien que ha trabajado siempre bajo una misma máxima: «He entendido que mi rendimiento dependía de mi actitud en el día a día y me he tenido que rehacer porque en cada rol tienes que actuar de una manera diferente». Y alguien que, como deportista y entrenador de élite, ha aprendido y puesto en práctica una valiosa lección: «La vida te acelera los tiempos y tienes que aprender mucho más rápido que otra persona sin tener ese tiempo». En el fútbol, como en la ELA, el reloj multiplica la velocidad del tiempo, pero es precisamente ese movimiento de agujas el que le ha otorgado otra lección más: «He aprendido que debes saber captar qué camino hay que seguir… A veces el mejor no es el más recto y tienes que pasar por algunas curvas para llegar al que tú quieres». Este apunte lo ha relacionado con la aplicación de un método propio a su llegada a un nuevo club. En cuanto a los sistemas, aunque no de juego en este caso, hay uno que explica cada paso que da para salir del ‘área’: «El portero tiene que tener un poco de locura y ser muy fuerte mentalmente… Mi intención constante de buscar el equilibrio viene de allí». Lo dice la misma persona que reconoce que se mueve por la ilusión. Sin embargo, lejos de lo que algunos creen, la ilusión no está reñida con el realismo sino que permite transitar por el sendero en el que se convierte la vida desde el nacimiento con, precisamente, ese equilibrio.

Un rebelde con causa

Se define a sí mismo como un portero atípico —«sin estridencias, porque ya era estridente mi forma de jugar»— y una persona que ha hecho siempre lo que «me ha dado la gana». Y es cierto: casi todos los niños empiezan a jugar al fútbol desde muy pequeños, pero él se inició a los trece, firmando solo dos años después con Osasuna. Primera línea escrita en su ‘diario de un rebelde’. Más tarde, con dieciséis años —y por ende formando parte ya del club pamplonica—, participó en una carrera de cross a modo de despedida, pues la inclusión de las botas de tacos en su armario supuso la obligación de dejar de incluir su nombre en las fichas de atletismo.

Eso sí, su aterrizaje en la élite no iba a borrar ese carácter. Quiso ser más partícipe en el juego y no limitarse a parar pese a ser el único que podía jugar con las manos en un deporte de pies y, Cruyff mediante, lo consiguió; le apetecía ser la voz cantante en un staff técnico pese a que su Barça —donde trabajaba como preparador de porteros— vivía una etapa gloriosa y marcó Soria en el GPS para construir su propia historia numantina; un año más tarde regresó brevemente a su tierra adoptiva para alcanzar un equilibrio entre fútbol y familia y después acompañó a Luis Enrique al Celta para, en 2014, volver al Barça también con ‘Lucho’ y triunfar; tras el final de esa etapa se decantó, definitivamente, por ser primer entrenador: encontró en Vigo y en Girona dos hogares profesionales. Sin embargo, fue en Soria —tierra adoptiva de Antonio Machado, que escribió «Todo pasa y todo queda / Pero lo nuestro es pasar / Pasar haciendo caminos / Caminos sobre la mar»— donde coleccionó uno de los recuerdos más especiales de su carrera: José Antonio Culebras, central veterano, le reconoció que a sus 30 años era la primera vez que alguien le enseñaba un concepto ofensivo.  Esta es una muestra de cómo Unzué pone en primer plano y ante el espejo una realidad que para otros había pasado desapercibida anteriormente. Y no se trata de ensalzar sin motivo sino de realzar las virtudes latentes de los demás. En los cromos de rebeldes todavía los hay con causa y él es uno de ellos.

La portería como maestra

Fue un pionero y explica la evolución del portero como su conversión a un jugador de campo más; su visión de 180º sobre el campo y su capacidad de ensancharlo. Y bien podría resumir también así su expresión acerca de la vida: él se preocupa de vigilar la espalda de los centrales –su familia–; mantiene esa perspectiva casi global sin perder la noción de la patente temporalidad y hace avanzar a sus nuevos compañeros gracias a sus ‘gritos’.

«Ahí está, ese es, el Juan Carlos Unzué».

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