HEMOS PERDIDO LA ESENCIA EN EL FÚTBOL

Fútbol base

Franz Perls, psicoanalista, hablaba de la forma de vincularnos con los demás a través de una metáfora: una cebolla como protagonista. Decía que la primera capa –a la que podemos llamar ‘máscara’ o ‘cáscara’ casi con total tranquilidad– empieza a abrirse cuando establecemos un primer y superficial vínculo con otro. Las siguientes también van soltándose cuando la profundidad de ese vínculo es mayor… Así hasta llegar al ‘meollo‘ o, mejor dicho, a nuestra esencia. Es allí donde habitan nuestras fortalezas y debilidades; los miedos que nos atormentan; los sueños a los que aspiramos y las fantasías que construimos; los edificios y el entorno que pueblan nuestro mundo interior; nuestro carácter;  nuestros hábitos y manías… Nosotros, ahí estamos nosotros. Sin embargo, son muchos los que optan por quedarse en esa primera capa por miedo: al rechazo, al sufrimiento, a no ser apto para formar parte del grupo…

Después de hacer la digestión de esta idea pensé en cómo se puede aplicar –quizá podríamos denominarla ‘moraleja‘– al mundo del deporte en general y al del fútbol en concreto. Me apareció inmediatamente la teoría del fútbol base, un lugar universal y a la vez ficticio que antes era la cuna del talento y ahora se ha convertido en una fábrica de productos en serie. Se intenta ‘pulir’ a estos ‘diamantes’ bajo una serie de patrones también universales que ahuyentan esa apertura absolutamente necesaria para crecer tanto como persona como en el ámbito deportivo; se decreta ‘toque de queda’ cuando de diversión en el juego se trata; y la disciplina que se intenta imponer frustra más que educa…

Si nos olvidamos de que el fútbol, pese a todo, sigue siendo un juego será este mismo el que pierda también su razón de existencia. Atrás quedan los futbolistas que dejaban vislumbrar su esencia en su propio estilo de juego mientras que ahora se esconden en perfiles de Redes Sociales donde publican cartas de despedida o mensajes motivadores cuyo texto es una mera copia del que su representante había preparado para otros con anterioridad. Productos fabricados en serie versus personas con talento(s) únicos que juegan al fútbol. El matiz hace que, actualmente, predomine el físico y no el juego. Y es que el ‘bonitismo’ se ha quedado en la punta de los dedos para darle a ‘publicar’ en vez de (de)mostrarlo sobre el verde. Quizá sea romántica, quizá ingenua, quizá nostálgica, quizá exagerada… Quizá. O quizá no.

No nos queremos enamorar porque nos da miedo sentir. No queremos dejarnos conocer por miedo a que nos dañen. No queremos ser nosotros mismos porque creemos que nunca seremos suficiente. Como siempre: la vida y el fútbol comparten enseñanzas.

Se nos está olvidando que lo que marca la diferencia es nuestra propia esencia, la que se esconde tras las capas de esa cebolla que creemos que nos protegen aunque solo nos ocultan.

Se está perdiendo el puro fútbol porque este ha caído en las garras de la inmediatez… Sí, también como la vida.

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