CONTABILIDAD EMOCIONAL EN EL FÚTBOL

Contabilidad emocional
© Foto: FCBarcelona

Días atrás cacé al vuelo un término hasta entonces desconocido para mí: «Contabilidad emocional», acuñado –o al menos mencionado– por Inma Puig, valorada psicóloga especialista en equipos –incluso ha trabajado en el feudo culé–. Pese a que hacía referencia a los cobros e ingresos en la vida en pareja, como casi todo, se puede extrapolar al deporte, al fútbol concretamente. Y digo «cacé» porque ese concepto supuso para mí una especie de presa que debía capturar, cocinar y masticar.

Con «contabilidad emocional» se refiere a esas cuentas pendientes que nunca olvidamos, al sobresfuerzo de uno frente a otro, a aquella cerveza pagada de más o aquel pase dado de menos. Y ahí pensé en Griezmann, en cómo se siente desde que aterrizó en Can Barça, como si debiese explicaciones y cobrara méritos. A menudo la superficie no refleja con suficiente claridad aquello que la inmensidad del océano esconde bajo sus olas. Allí habitan barcos que se hundieron, personas que se dejaron ir, peces que solo conocen esas aguas, icebergs traicioneros que truncan travesías… y también criaturas hermosas, como las ballenas o los delfines, que cuando disponen de espacio en esencia y libertad abrazan su propia belleza.

Sin embargo, al entonar Puig «cuando das más que recibes», pensé en Messi. Y entendí… Así comprendí el concepto y a Leo. O viceversa. No sé muy bien en qué orden colocar los factores y si este alteraría el producto, pero el resultado es que todo cobró sentido. Puede parecer muy obvio que el argentino no es feliz en el Fútbol Club Barcelona desde bastante tiempo atrás –probablemente más del que objetivamente pensamos, pues recordemos que Ronaldinho se fue todavía sonriendo–, pero a veces analizar la jugada desde otro plano de cámara nos reconcilia con la realidad.

Podríamos hablar de dinero, que siempre influye y activa pasiones y armas casi con idéntica energía, pero hay algo que va más allá, que rehuye del reconocimiento individual y a pesar de ello se retuerce en la mente de uno: la soledad. Y uno puede sentirse muy solo a pesar de estar rodeado de gente.

Messi bajó los brazos cuando se percibió solo ante el peligro, más allá del terreno de juego –que quizá también–, en el que había sido, hasta entonces, su ecosistema. Emergió de esa zona de confort a la que se había abrazado y quiso encontrar un nuevo hábitat en el que reencontrarse a sí mismo. Y no es egoísmo –o no solo–, no es egocentrismo –o no solo–, sino necesidades individuales que se tornan colectivas… Cobros emocionales que pasan factura con el paso de los meses y que, independientemente del retraso en su fecha de emisión, se terminará enviando, aunque haya quien se empeñe en devolverla.

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