EL 1-4-2-3-1, COMO LA VIDA ADOLESCENTE

1-4-2-3-1

El otoño se asoma por la ventana: el cielo está oscuro; el viento mueve las hojas de las plantas que están en el balcón de mi vecino, un niño que siente absoluta fascinación por el mundo de la jardinería; la farola, despistada, sigue encendida cuando ya se han superado las diez de la mañana; el típico ‘fresquito’ del septiembre salmantino colisiona con la ‘nueva normalidad’; las ruedas de las mochilas de los más pequeños suenan con fuerza aunque algo tímidas también, como si se movieran con cierto miedo, probablemente por la incertidumbre que genera saber que hoy irán al ‘cole’, pero quizá mañana no…

Y ante esta nostálgica sensación, mi mente decide ir hacia atrás, cuando era yo quien hacía sonar esas ruedas, quien estrenaba estuche con el escudo de su equipo y quien jugaba en el recreo al fútbol –que siempre sabía a poco–. De aquellos años, los de Messenger y después Tuenti, recuerdo el minúsculo espacio que había en el estado de ‘Msn’, donde tenías que arreglártelas con el arte de la redacción –y de la abreviación– para acompañar el nombre de todos tus amigos con el correspondiente icono del corazón y aquel aberrante ‘tkm‘. No se me olvidarán jamás tampoco aquellas carreras a las 14:20h para llegar al bus de las 14:25h… Y si eran las 14:15h y el profesor seguía hablando, empezaba a suspirar y a hacer cálculos ridículos sobre la velocidad del paso que tendría que alcanzar si no quería esperar después hasta las 14:45h.

Este mencionado cúmulo de recuerdos me ha conducido hacia una reflexión sobre el 1-4-2-3-1 que, parece, Ronald Koeman utilizará en Can Barça. La elección del crucificado en el centro del campo a la que te obliga este sistema debe resultar tan difícil como cuando para redactar ese estado de Messenger reflexionabas sobre qué era más importante: los fines de semana en la academia de baile o el día a día en el colegio que, traducido al fútbol, sería atacar más o tener mayor tiempo el balón.

Pese a que la posibilidad del cambio posicional en el estado –y en el campo– a priori parece una fortaleza, se debe calibrar muy bien el porcentaje de temporalidad de dicha fortaleza. Uno no se puede olvidar de que con este 1-4-2-3-1 invitas a salir al rival en carrera porque tú tienes menos el esférico y, además, los once acaban descomponiéndose en dos subequipos que desconocemos cómo conseguirán acoplarse cuando la fatiga apriete. Y de nuevo aparece el peso de la elección sobre la balanza, concretamente la de saber si compensa más cansarse para llegar al primer autobús o merece la pena aguardar al siguiente con más calma.

Quizá sea bueno apostar por el doble pivote cuando te dé la garantía absoluta de que si el viento rema en contra, responderá… Porque en esas situaciones no basta con que los bandas, que son los que acuden el fin de semana a tu encuentro, estén de sobresaliente si los que son el pilar de tu tranquilidad titubean al verte…

Supongo, por tanto, que el 1-4-2-3-1 es como la vida adolescente: un riesgo continuo en la elección que unas veces te dará momentos épicos y otras fabricará recuerdos que querrías borrar de tu mente.

 

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