APENAS SE JUEGA AL FÚTBOL

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Meses atrás comentaba con Juan Carlos Unzué cómo es el fútbol en la actualidad: han desaparecido los extremos en favor de los carrileros y, por ende, la creatividad se ha diluido en la urgencia de la carrera; se practica un estilo, en líneas generales, mucho más directo, como cuando en la vida eliges un atajo: sabes que llegarás más pronto sin darle importancia a lo que te puedas perder por el camino; y el míster, que siempre se ha declarado creyente y practicante de la religión que profesa salir con el balón jugado, lamentaba que ahora mismo se requiere, casi con urgencia, que el defensa vuelva a saber defender… Finiquitamos la conversación con una clara conclusión: «Todo vuelve, como en la moda». Y tanto es así que lo ‘falso vintage‘ se ha apoderado del deporte rey. Me explico: hemos regresado sobre los pasos de antaño –cuando el físico era Goliat y David, el talento, aunque solía salir vencedor el primero– con la moderna variante del (excesivo) análisis.

Ahora puedes adelantarte a qué pasará en el partido; has estudiado tanto al rival –gracias al Big Data, a los cientos de software y a la casi arcaica observación– que llegas a creer que lo conoces como a ti mismo. Jaque mate sin haber empezado la partida. Se ha perdido la explosión de la sorpresa y la belleza del imprevisto y muchos se han rendido al arte de la predicción.

El fútbol, por sus reglas y su tempo, sigue bañándose en los factores anteriores, pero cada vez menos. Y puede parecer una contradicción señalarlo en este momento dado que el Alcoyano ha vencido al Real Madrid en Copa del Rey y el Fútbol Club Barcelona está lejos de sus puestos habituales en Liga, pero es que probablemente estos detalles están íntimamente relacionados con lo que aquí se señala: el talento ha perdido valor diferencial. Como en la vida, ya saben, todo tiene su parte positiva –hay lugar en la cumbre para los menos habituales– y su parte negativa –el juego es cada vez menos juego, valga la redundancia–.

Reconozco que soy una nostálgica crónica, pero echo de menos al jugador creativo que con sus detalles pagaba la entrada, independientemente de los colores. Y es cierto que actualmente en algunos equipos se producen más errores de concentración, quizá porque tienen que pensar más en lo aprendido en vez de soltar lo innato y no todos son buenos estudiantes.

En definitiva: echo de menos cuando un partido de fútbol era como un examen de filosofía en el que empezabas a escribir sin saber dónde acabarías ni las conclusiones a las que llegarías… Algo así como perderte entre las letras y gambetear sobre el verde.

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