EL PORTERO: IRON MAN EN EL FÚTBOL

Diego Mariño

Con una perspectiva envidiable por parte de cualquier otro que esté sobre el césped y en la grada, el portero ejerce de faro para sus compañeros a lo largo de los 90 minutos que dura el juego. Se convierte en esclavo de un doble disparo: el del rival, con la misión de detenerlo, y el de la cámara, que se mantiene expectante para capturar el error o el acierto. Y esclavo en líneas generales también, pues vive confinado a una cárcel de cal sostenida sobre tres palos y amarrado a un área en la que su zaga intenta ofrecerle víveres mientras el delantero rival quiere arrebatárselos.

El portero es, en sí mismo, una especie de biblioteca, habitualmente cercana a los dos metros, en la que guarda todo tipo de información: cómo y dónde puede lanzar el penalti ese killer al que se enfrentará; qué extremo intentará ahogar a su lateral para llegar hasta su superficie con el objetivo de dar el pase o marcar el gol que dé oxígeno a su equipo; o qué acción de ataque repite su rival habitualmente. Líneas y líneas de datos que se almacenan en su cabeza y que a menudo son batidas a duelo ante su intuición.

Es también escritor a ojos de otro: un simple ‘bic‘ cuando acierta, pues el ajeno asume que es lo cotidiano, lo normal, lo correcto, lo típico, lo lógico; mientras que firma con un estilógrafo de 0.8, para que quede bien grabado, en caso de error. Asimismo, se convierte en primer bailarín de ballet: agita los brazos, coloca las manos y se pone en puntas para dibujar los movimientos más difíciles –y hermosos a la par– en su verde tapiz.

Un guardameta es un elemento de la naturaleza [futbolera]. Es una especie de montaña que a veces es difícil de escalar. Una que ha de mantenerse impermeable ante cualquier adversidad; reponerse; y continuar en su sitio… preparada para aguantar nuevas borrascas. Cada error se graba en ella, como una especie de cicatriz, que, lejos de debilitarle, le otorga experiencia para los próximos inviernos. Son esas heridas de guerra las que consiguen helarle ante el error y el acierto por igual. De nuevo: milésimas de segundo para lamentarse o para celebrar. Esclavo, de nuevo, esta vez del tiempo en todas sus variables.

Y dentro del mundo onírico: él es Morfeo. Es el encargado de fabricar sueños para los suyos y reconvertir en pesadillas los de los contrarios. Y, como siempre cuando hablamos de Morfeo, ¿quién piensa en su sueño? En el mundo consciente, pocos se acuerdan de él en las buenas, pero se convierte en la almohada que aplastar en las malas.

Sin duda, el portero es un superhéroe con capa de villano. Es el iron man del fútbol. Su armadura son los guantes; su capacidad de vuelo es su gran poder; su célula de energía, la imperiosa necesidad de evitar el fallo; su autonomía se convierte en su homónimo; la zaga se confirma como su magnetismo… Un portero es una especie única, con superpoderes ante el resto, tremendamente denostada.

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