EL FÚTBOL DE ANTES

DAVID VIDAL
Foto: Marca

Vivimos en un fútbol en el que nada es lo que era. “En un fútbol” porque ese es “nuestro tiempo”. Lo que va de partido a partido. Exprimir esos 90 minutos que deciden tu estado de ánimo de los segundos restantes del día. Al siguiente, ya estás pensando en repetir la hazaña construida, que no solo conseguida, o en resarcirte de ese (maldito) error que te hundió. Pero no, nada es lo que era.

Nos hemos acostumbrado a que los nombres de nuestros TEMPLOS, que no son solo estadios en los que corre y discurre la pelota -porque sí, también discurre-, se conviertan en producto publicitario. ¿Dónde quedó San Moix? ¿El Madrigal? ¿Y Cornellà? ¿Y el Vicente Calderón?

Nos hemos acostumbrado a que el entrenador se vista con su mejor traje y no con el chándal correspondiente. Son detalles, sí, pero que marcan diferencias. ¡Gracias, don Luis, por insistir en esto siempre!: «Yo creo que un entrenador de fútbol debe ir en chándal a los partidos». 

Soportamos cada día que los jugadores de nuestras canteras sean tratados como mera mercancía… Y si mencionamos los fichajes en la élite, aun peor. Ya no nos quedamos perplejos ante las ‘millonadas’ que se pagan por, la mayoría de las veces, promesas. Unas promesas que, desgraciadamente y por este tipo de endiosamientos, se quedan en nada. Se destruyen magos del balón diría que casi a diario por el (apestoso) negocio en el que se ha convertido el fútbol. Sí, porque del “nuestro” poco o nada queda ya.

Por esas y otras tantas razones es inevitable no emocionarse con la despedida a Francesco Totti. Un hombre fiel, de fútbol, pero sobre todo: un hombre de SU club, del que manda en su corazón. Es digno de alabanza, de aplauso y de reconocimiento. Jugadores como él, en todos los aspectos, escasean. Y dijo adiós. En sus lágrimas estamos todos presentes. Totti consiguió que, sin que uno fuera del club italiano, todos quisiéramos su victoria. Se convirtió en el mejor emperador de (la) Roma. El laurel se mantendrá en su testa toda la vida y su legado seguirá teniendo su propio eco en la eternidad.

Y nadie podría olvidarse de David Vidal. Él mismo reconoció en la celebración con motivo del ascenso del Lorca que “esto es volver a reengancharme en el fútbol, nunca tuve que haber salido”. Llegó a la ciudad murciana en abril y en un mes consiguió el objetivo. Un ejemplo más de que la memoria en el fútbol es casi inexistente y de que esto es un craso error. Cuando la memoria recuerda, el fútbol escucha… y obra en consecuencia. Vidal tuvo la oportunidad que necesitaba. Y nos recordó la esencia en el fútbol: la excitación, el lenguaje propio, la emoción, la raíz, la fe, la motivación… El mejunje resultante es un éxito casi asegurado.

A menudo yo también me doy una vuelta por el Paseo de los Melancólicos, respiro y mi cabeza da rienda suelta a una sucesión de imágenes en las que aparecen los que personifican el auténtico fútbol. Y aunque una tenga que rendirse a las ideas de Cruyff mejoradas por Guardiola o a los éxitos de José Mourinho, en ese relato audiovisual aparecen los Luis Aragonés, Manolo Preciado, David Vidal… Porque sin ellos el fútbol sería lo que es hoy. Y a mí, personalmente, me gustaba más la idea original.

Todos hemos querido “ganar, ganar y volver a ganar” sabiendo que en la victoria “no somos el Bayer Leverkusen” ni en la derrota “la última mierda que cagó Pilatos” y que el miedo en el fútbol no existe porque “miedo tienen los marineros y los mariscadores cuando se enfrentan a olas de veinte metros”. 

Larga vida al fútbol… al de verdad.

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