#ELPASEDE CUÉLLAR

CUÉLLAR
Nació en las últimas flores de mayo del 84, en la tierra del primer emperador romano Octavio Augusto, que acogió en Mérida a los soldados de las guerras cántabras. Y bien podríamos considerarle a él un soldado del fútbol que tuvo que combatir en mil batallas, muchas de ellas lesión mediante, hasta alcanzar el trono, apoderarse del uno y confirmarse como emperador de la portería. Pese a llegar con 18 años al Atlético de Madrid, resurgió en Éibar. Más tarde fue Gijón y, aunque también costó, hoy no se le discute la titularidad que se ha ganado con sus manos santas. Hoy le damos el pase a Iván 'Pichu' Cuéllar Sacristán.

Como si tuviera un espejo amarrado en sus ojos, sus reflejos son su gran base. Él no celebra paradas, las hace. Y en gran medida es gracias a este sexto sentido que deberían tener todos los guardametas, pero que realmente son pocos los que lo cuentan en su haber. Estos, sumados a su capacidad de concentración prodigiosa, han provocado más de una vez la aparición de una aureola angelical en su portería. Pero es que además es rápido. Reacciona cuando debe. Trabaja en cada entrenamiento esa rapidez que se ha convertido en otra de sus aptitudes. Además de su actitud, que también ha ganado partidos. Es experto en manejar los ‘tempos’ para gestionar el resultado favorable de su equipo, aunque más de una tarjeta amarilla le haya costado.

Encontró en Jony un aliado perfecto para elaborar ‘contras’ que generaron una cantidad considerable de goles a favor del conjunto sportinguista. Y en Isma López también. La banda izquierda es su eje de ejecución para crear contraataques cuando saca velozmente con la mano. 

Otro de sus (grandes) atributos es la doble parada. No conforme con detener el gol en primera instancia, se ha confirmado, ayudado por lo mencionado anteriormente, como portero experto en paradas multiplicadas por dos. Cuestión de milésimas de segundos que se cuentan en victorias. Además, tampoco se le da nada mal parar penaltis.

Si antes hablábamos de aureolas, se le podría elevar a la categoría de ‘santo’ en muchas ocasiones. Especialmente cuando su equipo así lo requiere. Cuéllar es el oxígeno, eje y ángel de la guarda de su equipo sobre el césped. Su mano salvadora es raro que no aparezca en cada partido. Así como su poderío en el salto.

Vuelo de ave, reflejos felinos y firme compromiso humano. Bendito seas, Pichu Cuéllar.

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