CUANDO FUIMOS LOS MEJORES

Sporting de los Guajes

Sí, hubo una vez que fuimos los mejores. No hablo de calidad, mucho menos de títulos, ni siquiera de victorias. Hablo de SER en total esencia y libertad. Con la certeza de que estás siendo fiel a ti mismo. Esa acción que tan simple parece a primera vista y que tanto cuesta conseguir, y mucho más mantener. Pero el Sporting lo consiguió dos años.

Durante dos campañas, el Sporting fabricó algo muy difícil: el sentimiento de pertenencia. Esa sensación que provoca que te sientas como en casa, aunque estés a mil kilómetros. Esa sensación de que no estás solo ante el peligro, porque hay miles de personas que te empujan con tu aliente y veintidós gladiadores que te representan en el terreno de juego. Esa sensación de tener una familia, aunque el vínculo de sangre sea inexistente. Esa sensación de unidad, de que nada malo puede pasar, porque yendo juntos a la batalla, y con independencia del resultado, sabemos que volveremos felices. Esa sensación de que, con ellos, todo era posible, por más lejana que pareciera la gesta. Esa sensación de que podíamos conseguir cualquier meta propuesta. Esa sensación de ser el Sporting de Gijón, al cien por cien, con Mareo en el ADN y con el sportinguismo corriendo por las venas y haciendo latir al corazón. Esa sensación tan bonita como indescriptible de que una afición arropaba a un equipo y viceversa… como cuando éramos niños. Esa sensación de que, a nuestra manera, sentíamos que éramos los mejores.

Y no me malinterpreten, este nuevo equipo puede conseguir el objetivo de la salvación… si sigue la línea trazada en los dos últimos partidos. Y hay jugadores con un talento especial, como Moi. Pero no es ni será lo mismo. Con mi respeto e incluso admiración. Conforme pasa el tiempo, creces, sientes y padeces, te das cuenta de que hay cosas, situaciones y personas que solo pasan una vez en la vida. Y por mucho que te empeñes en recrearlo, en desear que todo vuelva a ser como antes, en intentar que otro(s) te hagan sentir lo mismo… nunca volverá a pasar. Se podría escenificar como la típica imagen de drama romántico: en la que él, con la incertidumbre de qué le deparará la vida, coge el tren y se va, y, ella, con lágrimas en los ojos, sabe que nunca volverá a sentirse así. Lo vivido estos dos años atrás en Gijón, efectivamente, se podría etiquetar como una ‘historia de amor’. Esa que solo vives una vez en la vida… esa que dura para siempre o te obliga a buscar copias, que ni baratas o caras, te harán revivirlo. Y al Sporting le ha tocado la segunda opción.

Ese tren que el Sporting perdió, a buen seguro guardaba sonrisas y buenos momentos. Los protagonistas de la bella historia bifurcaron sus caminos. Ahora solo podemos seguir con la vida, sentir cariño con las nuevas historias y recordar en fotos a aquel maravilloso grupo que se convirtió en un perfecto sastre de sonrisas.

 

“Nuestro amor era igual que una tarde de abril, que también es fugaz, como ser feliz. Pudo ser y no fue. Por ser la vida como es. Nos dio la vuelta del revés…”. 

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