Sigues siendo héroe, Cuéllar

PICHU CUÉLLAR

El que siempre celebra solo los goles de su equipo. El que sufre la desmemoria del fútbol. El que asume más responsabilidad y menos reconocimientos. Él, al que pocas veces le entregan la capa de héroe, pero sí la careta de villano. La soledad personificada. La locura justificada. El diferente. El olvidado. El clave.

Será que por mi condición autoimpuesta de defensa a ultranza de los porteros, ante sus fallos solo puedo defenderles y jamás hostigarles. O será que intento ser justa en un mundo en el que la injusticia es el pan nuestro de cada día.

¿Cómo no defenderles… si mi ídolo es un portero? He vivido en primera persona -indirectamente- la crueldad del fútbol hacia el guardameta. Y no, no es agradable. Empatizo. Me pongo en su piel. Y llego a sentir cómo se clavan esas palabras llenas de veneno ante un error. Parece que un portero no tiene permitido equivocarse, pues no he visto tal exigencia hacia los diez restantes. Casualmente, comparto ídolo con el portero que hoy hablaré. Sí, hablemos de Pichu Cuéllar.

Aun sigo sin comprender cómo se atiza -y sí, lo digo así- a diestro y siniestro cuando el bueno de Pichu falla. Y digo ‘bueno’ con todas las de la ley, plenamente convencida: creo que es el mejor portero que ha tenido el Sporting desde Ablanedo. Evidentemente falla… como todos. Y ya no hablo solo de los porteros, sino de cualquier futbolista, de cualquier plantilla, en cualquier rincón del mundo futbolero.

Se presentó al juicio en el que se ha convertido el post-partido como acusado -antes imputado, ahora investigado- de la derrota del Sporting ante el Espanyol, aunque ya había sido condenado. Es cierto que tuvo dos fallos graves: uno acabó en gol del conjunto perico y otro fue anulado por mano de Caicedo. Y en este último aparecen los: “¿Y si…?”. Esa expresión que siempre me ha hecho mucha gracia ya que si hacemos hipótesis de cada jugada del Sporting -por centrarnos en el equipo-, probablemente no se salvaba nadie. Siempre habría culpables. Fue mano y se anuló el gol. Punto y final. ¿Se equivocó Cuéllar? ¡Evidentemente! ¿Y Caicedo? También. No hay discusión más allá. Y ya centrándonos en el error que sí acabó en gol: es innegable que el portero rojiblanco no estuvo bien en la salida y llegó el gol del Espanyol. Bien, jugadas antes, Cuéllar salvó dos goles ‘cantados’ por la afición perica… Y sus compañeros tampoco consiguieron marcar goles que evitaran la derrota.

No deja de inquietarme que ‘a estas alturas de la película’ aun haya que seguir recordando que el fútbol es un deporte colectivo, pero sobre todo que detrás de cada futbolista hay una persona. Y las personas aciertan, se equivocan… y sienten, como tú. Sí, como tú. Porque todavía hay que recordar también que los futbolistas no son máquinas, que sienten y padecen. Y que su error les duele a ellos mismos más que a ti, querido aficionado.

Será que soy más sensible con los porteros. O será que Cuéllar me parece un porterazo. O ambas, quizá. Pero, señores, a mí denme un guardameta como don Iván Cuéllar Sacristán siempre en mi equipo.

“El trabajo de portero es como el de un mártir, un saco de arena o un penitente”.  Vladimir Nabokov

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