Sastres de sonrisas

Abelardo lo dice claro: es muy de izquierdas. Confiesa que “me han educado de esa forma, creyendo en el sacrificio, en el trabajo, en la ayuda al compañero” [entrevista para El Mundo]. Y esto le sirve para explicar cuáles son los cimientos de su equipo. Magnífica comparación, porque no concibo el éxito de este equipo sin el trabajo diario, el sacrificio y la ayuda al compañero.

No hay magia y milagros creo que tampoco, pero lo que está claro es que no hay trucos ni ningún tipo de chispa celestial suficientes para conseguir en el fútbolAbelardo algo que no merezcas… Siempre habrá excepciones, pero esta no es una. Créanme. Hablamos de un equipo formado por jóvenes y es que, aunque algunos crean que el fútbol es solo ‘veintidós tíos corriendo detrás del balón’, no es así. El balompié se ha convertido en una terapia psicológica -y no exagero- para aquellos que solo perciben el lado más cruel de la vida.

Hay una canción a la que pone voz India Martínez que dice: “90 minutos no puede durar el amor…” Y yo creo que sí, pero que se repite cada semana. Me explico: el fútbol tiene la capacidad o, mejor dicho: el poder, de trasladarte a una realidad paralela durante ese ‘ratín’. Estos ‘guajes’ son sastres de sonrisas, psicólogos y magos del fútbol y, a veces, del balón. Artífices de un sueño que dio paso a la realidad. Los que, en 38 jornada disputadas, solo perdieron dos partidos. Los que desafiaron a aquellos que decían que los empates servían para poco, si ya lo dijo Boskov: “punto es punto”  y fíjense si terminaron siendo importantes. Los protagonistas de una gran labor colectiva, cercana al pensamiento de izquierdas que menciona el Pitu. En definitiva: jóvenes con alma, corazón y cabeza de hombres que arreglaron lo que otros más adultos, con poco corazón y mucha menos cabeza y alma, estroparon.

Puedo entender que haya personas a las que no le guste el fútbol; que detesten lo que algunos -que no todos- cobran; que crean que es un juego estúpido en el que veintidós personas corren detrás de un balón; que piensen que los que amamos este deporte estamos locos -¡Bendita locura!-… Y puedo entender que ellos crean que sus formas de pasar el tiempo y, sobre todo la vida, sean las correctas. Pero, amigos, la vida no se trata de ‘pasarla’, sino de vivirla, sentirla, sufrirla y amarla… Y eso es fútbol. Porque el fútbol es vida.

La vida se aplica al fútbol y viceversa. No me considero una experta de la vida, pero sí sé algo más de fútbol. Y si algo tengo claro es que aquellos que no ven el deporte rey como algo más que un juego, no saben nada de fútbol, pero menos de la vida. Porque fútbol es ir con tu abuelo, con tus padres o con tus amigos al estadio, vibrar con tu equipo, sentir que te hundes en las derrotas, soñar toda la semana con esa victoria del fin de semana… Y, todo esto, se llama: herencia, algo que va pasando de generación en generación. Se llama fútbol. Y sí: se llama Sporting. Porque no recuerdo otro estadio en el que haya visto tantos niños entusiasmados con jugadores que no se llaman Messi o Cristiano; tantas mujeres que aman el fútbol y que no consienten que otros les digan su teoría de por qué les gusta ese deporte; tantos abuelos emocionados con mostrarles a sus nietos lo que ellos vieron en aquellas gradas; tantas familias disfrutando… Ser del Sporting es concebir el Molinón como tu propia casa.

Por todo lo anterior, estos guajes son unos expertos sastres de sonrisas y el Sporting una maravillosa tela que permite tejer vestidos de ensueño. Ahora toca enfundarse la zamarra sportinguista en Primera, que, guste más o menos la ‘rayona’, porta el escudo del club y a fin de cuentas es lo importante. Una camiseta que posee la elegancia de un vestido de Chanel y que soporta el sudor que provoca el sacrificio de unos gladiadores entregados a su batalla sin cesar sin que su fe nunca decaiga.

¡Viva el fútbol! Y… Amen -sin tilde- al Sporting.

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