ETERNÍSIMO PRECIADO

Cuatro años, Manolín. Cuatro. Se dice pronto. Y pasarán muchos más, pero el fútbol español no volverá a tener la inmensa suerte de encontrar una persona como tú. Y además te confirmaste como un espectacular entrenador, experto ilusionista y un gran motivador al que avalan unos números que no dejan lugar a dudas. Fue tu enorme capacidad para motivar al más apático, la de reubicar a la afición en sus asientos en El Templo y la de contagiar de ilusión y positivismo a todo aquel que pasara a tu lado, lo que te hizo aun más y mejor entrenador. Numerosos ascensos se suman, se leen y se saben en tu currículum, así como las innumerables gestas que conseguiste por los campos de España. Pero lo más revelador sobre cómo eras dentro y fuera del campo es que nadie dice absolutamente nada malo de ti. Y no, claro que no eras un santo, y que te equivocabas, estamos hablando de un ‘tipo’ de Astillero, un paisano de corazón racinguista y sportinguista al mismo tiempo… de alguien que defendía lo suyo y a los suyos hasta el final, sin importar las consecuencias, alguien que iba de cara, pero que ayudaba a todo aquel que así lo requería. Si hasta aquel ‘canalla’ acabó en tu lista de amigos.

Manolo PreciadoCréeme que tu recuerdo sigue muy presente, pero es que tu legado, más aun. En cada victoria, en cada grito de esperanza ante las obstáculos del camino -que de esto bien sabes tú-, nos adentramos en ti, en tus frases, en tus hazañas… Porque contigo empezó todo: fuiste la piedra filosofal de un cuento que jamás debería haber tenido aquel final.

Todos sabemos que algo tienes que ver en aquel -bendito- gol del Lugo y en los del Betis esta temporada, así como en el de Sergio con la zamarra sportinguista. A veces, cuando observo precisamente a Sergio, veo en él a un futuro entrenador, pero, sobre todo, veo en él a un guaje que ama al Sporting y que es fiel a lo que tú predicaste. Porque sí, Manolín, tú fuiste -y serás-: mesías, Dios y hombre a partes iguales. Por tu culpa, por tu culpa y por tu gran culpa, el Sporting regresó a codearse entre los grandes, como lo que es él. Tú devolviste identidad y entidad al club.

La sonrisa en los momentos más crudos. El valor y defensa lo suyo. El artífice de reclutar fieles a esta religión llamada ‘sportinguismo’ cuando estaba cerca de extinguirse. El bigote más entrañable. Manolo Preciado.

Nunca te daremos las gracias lo suficientemente bien. Jamás olvides que El Molinón es tu casa. Nosotros no te olvidamos… ni lo haremos nunca.

Allá donde estés: eres eterno, amigo. Y vaya si mañana saldrá el sol... porque, desde hace cuatro años, Lorenzo cambió de nombre.

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