Abelardismo

Como el agua en plena sequía. Como el arcoiris tras una tarde de lluvia. Como la palabra perfecta en el momento idóneo. Como la persona que te devuelve la sonrisa tras un periodo de lágrimas. Como el Mesías. Como el mejor sustituto de Manolo Preciado. Sí, yo creo que todo lo anterior podría ser lo que supuso la llegada de Abelardo Fernández al banquillo del Real Sporting de Gijón.

¿Recuerdan cuando ‘Manolín’ llegó al Molinón? Este se encontraba inmerso en una situación de desilusión, tristeza y decepción… de hecho, el cántabro decidió que aquello era lo primeroAbelardo que debía cambiar… y lo consiguió: volvió a llenar el Templo. Además, tras diez años en Segunda, hizo que el Sporting regresara a la categoría de oro. Preciado marcó el camino a seguir… pero tuvo que llegar el Pitu para recordar que son el Sporting, para lo bueno y para lo malo, como lo hizo en su día el dueño del bigote más entrañable del fútbol. Pero de él hablaremos otro día, que bien se merece algo especial.

Hoy quiero hablar del Pitu. El que tomó las riendas de una maravillosa plantilla que Sandoval no pudo -y a veces dudo que quisiera- aprovechar. Hubiera sido demasiado bonito que el equipo ascendiera la pasada campaña… pero soy de las que creen que todo pasa por algo y que el destino está escrito -ya saben: aquello de alea iacta est-. El Sporting tenía que volver a sus raíces para resurgir. Y para ello no hay mejor director de orquesta que el Pitu ni mejores músicos que los guajes. Ellos, que pese a su juventud, gozan de un talento especial y una apariencia de veteranía envidiable. Ellos, que convierten las ovaciones en algo habitual. Y, por supuesto: ellos, que hicieron unos números que nadie imaginaba. Ellos que se encargaron de escribir una obra maestra que guardaba el aplauso al unísono del Molinón, jugadores y staff técnico… y del mundo del fútbol en general porque finalmente firmaron la mejor interpretación de su historia: el ascenso.

Abelardo no es ‘el filósofo’. Tampoco ‘el canalla’. Ni el que dice aquello de partido a partido. Él simplemente es un ‘playu’, un paisano, un sportinguista de corazón y de profesión, un valiente dentro y fuera del campo. Es más de chándal que de traje. De directas que de indirectas. De lo claro antes que de lo bonito… pero, ¿saben qué? Puedo asegurar que Abelardo ama al Sporting más que cualquiera de los anteriores a los respectivos clubes que entrenan. Y esto, señores, es más importante que hacer gracias o filosofar en rueda de prensa.

A fin de cuentas, #Abelardismo es sinónimo de Sporting. Es sinónimo de coraje. Es sinónimo de lucha. Es lo que cualquiera siente al ver jugar a esos chavales como lo hacen aquellos que ya son ‘perros viejos’. Y, sobre todo, #Abelardismo es la suma de Abelardo y de los guajes, de la pasión por el Sporting, del amor al fútbol de cantera y de la fidelidad al trabajo y a la intensidad como camino hacia la victoria.

“Somos el Sporting… y nos jugamos la ‘puta vida’ cada domingo”. Abelardo

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