JUAN CARLOS UNZUÉ: “ME MUEVO POR LA ILUSIÓN”

Unzué

Es atento: le gusta conocer antes de hablar. Y le encanta hablar [la entrevista dura lo mismo que un partido de fútbol], pero no de cualquier manera: piensa lo que dice y dice lo que piensa al mismo tiempo que reflexiona sobre lo que está verbalizando. Pese a que la conversación es telefónica, se percibe sin problema cuándo esboza una sonrisa al contar algún que otro recuerdo; y cuándo se pone más serio para hacer entender lo que quiere decir. Nació en Navarra, pero su acento revela sus años en la ciudad condal; es el pequeño de seis hermanos y su ídolo es Luis Miguel Arconada. Fue un portero atípico; coleccionó enseñanzas para después trasladarlas a sus pupilos, primero como preparador de porteros y después como entrenador; y ahora solo quiere plasmarlas sobre el verde allá donde le dejen… Eso sí después de un merecido descanso tras más de treinta años sin parar de trabajar. Con ustedes: Juan Carlos Unzué. Sin duda, un hombre de palabra.

¿Por qué fútbol?

Era el pequeño de seis hermanos, así que si quería jugar con ellos no solo tenía que jugar al fútbol, sino que tenía que hacerlo de portero si quería tener alguna posibilidad. ¡Todo tiene su porqué! [Ríe] Lo bueno del fútbol es que necesitas poco para poder jugar. Recuerdo que he pasado tardes [enfatiza la palabra] con otro amigo del pueblo tirándonos penaltis… Solo chutando el balón el uno al otro.

Parece que porteros vocacionales hay pocos. Se la ‘queda’ el pequeño, el último en llegar…

¡Sí! En mi época se ponía de portero el pequeño o el gordito… [Ríe] Empecé porque era el pequeño y porque si quería jugar con ellos, la ‘cuadrilla’ solo me aceptaba de portero. Me imagino que ahí empieza todo… He sido un portero muy atípico, porque siempre me gustó correr [ríe]. Hacía atletismo con uno de mis hermanos, cross, incluso corrí en pista. Lo hice hasta los 15 años, que fue cuando fiché por Osasuna, pero hasta entonces alterné fútbol y atletismo. Además, me inicié tarde a jugar al fútbol… En aquella época se empezaba en ‘futbito’ y yo nunca lo hice, porque mi primer equipo federado fue a los 13 años. Yo vivía en un pueblo pequeño al lado de Pamplona y un día vino un equipo a jugar, me vieron y me dijeron si quería firmar con ellos, pero hasta entonces nunca había estado en un equipo federado. Eso sí, había jugado dos años en los Agustinos, mi colegio, y lo hacía de jugador y de portero. Y a los 15 firmé por Osasuna. Además, también fui un poco adelantado a los tiempos a la hora de jugar fuera del área, con los pies… Todo esto me ayudó muchísimo para adaptarme mucho mejor que mis compañeros de puesto cuando llegó el momento, creo en el año 1985 o 1987, cuando se empezaron a cambiar algunas reglas y la manera de jugar de entrenadores y equipos. Fue en ese momento cuando llegó el Barça de Cruyff, por el que firmaría después, que requería un portero que dominase más recorrido, más espacio, que jugase con los pies… Ese inicio de haber jugado de pequeño tanto de portero como de jugador me ayudó en mi carrera.

Así que era de los que caminaba hasta llegar casi al centro del campo… Mi padre siempre me cuenta que cuando Jorge D’Alessandro jugaba en la Unión Deportiva Salamanca la afición le pedía constantemente que volviera al área porque se plantaba en la medular.

[Ríe]. Algo así. Creo que realmente lo que me gustaba era jugar en relación al juego. Y sin querer o sin saberlo estaba, vamos a decir, creando una tipología en forma de parar que después me dio mucho en mi carrera, porque pude adaptarme a los cambios de manera más natural que algunos compañeros de generación.

¿Y también era de los porteros que no callaba? Personalmente, considero muy importante la comunicación entre el portero y la defensa…

¡Sí! Sin ninguna duda. Si me conocieras personalmente ya verías que no callo ni en la portería ni fuera de ella [ríe]. Soy una persona bastante sociable y creo que también me ayudó. Esto me permitió corregir ciertas posiciones, hablar a los compañeros… y cuando llegas a profesional también les animas. Creo que es importante distinguir entre hablar y animar… hay que dar la información justa a tus compañeros porque si no les vuelves locos. En mi caso, como desempeñé el papel de jugador, también entendía qué es lo que podían necesitar. Al final, tú, como portero, estás viendo todo de cara, pero ellos tienen movimientos a la espalda y esa voz de alarma medio segundo antes de la acción les ayudaba. Y el beneficiado también era yo, porque así me llegaban menos a portería y me hacían menos goles [ríe].

Siempre le gustó entonces la perspectiva de visión desde la portería… ¿Le ayudó posteriormente en su carrera como entrenador?

Creo que indudablemente estamos condicionados por la vivencia que hemos tenido como jugadores. Siempre digo que me hubiese gustado ser centrocampista para tener la sensación de dominar el juego. No es casualidad que los mejores centrocampistas de nuestra época hoy sean entrenadores. Ellos cuentan con una pequeña ventaja porque tienen una gran visión. Recuerdo que Bilardo, que lo tuve en Sevilla, me decía que el mejor sitio para ver el fútbol desde el propio campo es el del portero porque lo ves todo de cara. Son 180 grados lo que dominas, pero es verdad que logras una visión importante. Una visión sin perspectiva, pero sí del espacio, a la hora de vascular tu equipo, de replegarlo o de alejarse de ti… Creo que sí me ha ayudado para tener una visión diferente. Eso sí, lo que creo que me ha ayudado sobre todo son las experiencias de haber podido trabajar con grandes profesionales tanto en mi etapa de jugador como en mis diferentes roles en los cuerpos técnicos. Tuve muy buenos entrenadores y muy diferentes, así que tengo una experiencia muy variada. Y esto te permite dirigirte hacia el camino que te guste o domines más. Me siento muy privilegiado por haber trabajado con personas como Cruyff, Bilardo, Luis Aragonés, Juanma Lillo, Camacho, Antic… Y después como entrenador de porteros o segundo entrenador con Rijkaard, Guardiola y Luis Enrique. Ha sido un bagaje y una posibilidad de experimentar el fútbol desde todos sus puntos de vista. Y he intentado aprender lo máximo para después aplicarlo cuando he ejercido de primer entrenador, que era algo que ya tenía en mi cabeza desde la época de jugador, pero las circunstancias han hecho que haya sido antes preparador de porteros, después segundo entrenador y ya más tarde primer entrenador. Creo que esa variedad de roles también me ha hecho estar más preparado cuando he sido yo el entrenador, porque así me puedo poner más fácilmente en el lugar de cualquier otra persona del cuerpo técnico.

Empatía, algo que se está perdiendo en un deporte colectivo como es el fútbol…

Pues sí. Tendemos a individualizar todo y los medios en este caso no ayudan, porque se saca al que ha hecho el gol o al que ha cometido el error. Individualizamos en un deporte colectivo como es el fútbol cuando nadie, por muy bueno que sea, es nada sin sus compañeros. En mi caso, creo que el hecho de haber pasado por diferentes roles me hace estar más preparado… O esa ha sido mi intención. Pero mi intención siempre ha sido, realmente, hacer lo que me apetecía hacer y en eso también me siento un privilegiado [ríe]. He ido tomando las decisiones que me apetecían en cada momento. Por ejemplo: cuando me fui a entrenar a Soria en 2010, después de haber ganado los seis títulos con el Barça en mi figura de preparador de porteros, porque quería entrenar y consideré que era el momento adecuado. Mucha gente, y muy cercana, me tildó de loco… [ríe].

Los porteros… ¡Ya se sabe!

[Ríe]. ¡Eso también es verdad!

Quizá esa rebeldía le viene de que en su etapa de jugador no podía moverse con libertad… ¡Aunque se moviera! Y cuando ha tenido la posibilidad de tomar las riendas y decidir ha querido hacer lo que le diera la gana en el mundo del fútbol.

¡No había caído nunca en esa reflexión, pero tiene su lógica! [Ríe] Siempre he querido hacer lo que me apeteciera. Incluso llegué a correr un cross con 16 años, cuando ya había firmado por Osasuna… Fue el último, eso sí, porque llegó un momento en el que entendimos que ya no podía hacerlo. Pero mi vida ha sido así. Creo que solo me he llegado a preocupar cuando he tenido sensación de rutina y eso me da más temor que asumir nuevos retos. Solo he cumplido dos contratos: el último que firmé como jugador con Osasuna, que lo acabé y me retiré aunque querían que siguiese; y en Soria cuando fui como entrenador, que había firmado por un año y lo dejé en verano aunque también querían que continuara. Si he cambiado es porque creía que en otro sitio había algo que me ilusionaba más. Por ejemplo: cuando tenía 21 años estaba en el Barça, pero a los 23 estaba haciendo todo lo posible para no seguir y no porque no quisiese estar allí sino porque quería jugar más asiduamente y con Zubizarreta de compañero lo tenía muy complicado. Entonces busqué un acuerdo con el club, pero siempre yendo muy de frente y explicando cuáles eran mis sensaciones. Esto me ha acompañado toda mi vida… también cuando estaba en el Barça como entrenador de porteros. Quería entrenar y Pep [Guardiola] y Txiki [Begiristain] me conocían, así que cuando fui a hablar con ellos sobre la posibilidad de rescindir el contrato no hubo problema.

La honestidad, la honradez y la sinceridad en un mundo, el del fútbol, en el que escasean tanto, se premia.

Tú lo has dicho. Prefiero que me lo digan los demás [ríe]. Es mi manera de funcionar, la manera en la que me han educado. Mis padres siempre me han enseñado a ser respetuoso, a saber de dónde vienes, no olvidarte nunca de cuáles han sido tus inicios y ser honesto en tu trabajo.

Hablábamos antes de su casa, del atletismo… Pero creo que también ha sido importante el ciclismo en su familia. ¿Le ha aportado algo para extrapolar al fútbol?

[Ríe]. Lo he practicado mucho, pero nunca en mi etapa como jugador a pesar de tener a mi hermano siempre relacionado con este mundo [Eusebio Unzué, manager general del Movistar Team]. Lo he seguido mucho desde muy pequeño, pero no lo había practicado hasta el año 2006, que fue cuando empecé a ir en bicicleta más habitualmente porque tenía tiempo y ningún impedimento. Creo que he mamado más las interioridades del ciclismo a partir de los 25 años, cuando he ido con mi hermano al Tour o La Vuelta. Y he podido ver los entresijos: más allá del aspecto físico, me interesaba la gestión del equipo y los corredores, que era algo muy diferente. Me llamaba mucho la atención cómo se comportaban para trabajar para un líder y también cómo lo hacía el propio líder a pesar de ser un deporte más  individual. No sé si como jugador lo he aprovechado, creo que no, quizá luego como entrenador sí. Pero lo que sí he aprovechado ha sido los consejos y los ratos que hemos pasado hablando mi hermano y yo [ríe]. Me ha ayudado bastante.

Y mencionando la gestión: ¿Cómo se preparaba para el día de partido? Porque  ha tenido que jugar en plazas difíciles…

Creo que cuando empiezas todo va saliendo de forma natural. Era un portero sin demasiadas estridencias, porque ya era bastante estridente mi forma de jugar… [Ríe]. Era diferente por ello, pero me hacía sentirme partícipe en el juego. En mi época, el portero solo estaba para parar la ocasión del rival y como mucho algún balón aéreo y cuando tú tienes una idea diferente por tus vivencias y características, llamabas la atención. Nunca tuve demasiadas manías, pero sí veía compañeros que tenían bastantes… He sido bastante normal y natural y he entendido que mi rendimiento dependía de mi actitud en el día a día. Creo que he tenido bastante fortuna, aunque me haya llevado a momentos de frustración, porque he vivido los tres roles que puede tener un jugador: en mis inicios llegué a quedarme sin convocar, fui tercer portero; he sido titular indiscutible; y también suplente indiscutible. Me he tenido que rehacer porque en cada rol tienes que actuar de manera diferente: cuando juegas y llega el domingo sientes que es tu momento y focalizas la atención para estar bien ese día; pero cuando no eres titular y no puedes aportar a tu equipo en el partido, en mi caso he tratado de encontrar mi sitio. No quería ser solo el portero que no juega, así que ayudaba a los más jóvenes por ejemplo. Creo que era un sentimiento egoísta, porque quería ser partícipe, involucrarme, y como no lo podía ser en los partidos lo era en otras facetas. Y también he disfrutado muchísimo el entrenamiento, así que siempre he intentado ponérselo muy difícil al entrenador.

Dice que era egoísta, pero yo creo que entendía el carácter colectivo del fútbol. Y es justamente lo contrario a lo que está pasando en la actualidad, porque el Barça es Messi, el Atleti es Griezmann… Y este problema genera, yo creo, frustración en el jugador y después el jugador no rinde como debería.

Seguramente. El problema que se tiene habitualmente es la frustración que genera no jugar. El hecho de haber podido sentir que en cada rol que tengas puedes aportar cosas… Quizá iba con mi forma de ser o era egoísmo, pero así me sentía bien. Ahora es muy difícil encontrar en los equipos el papel del veterano y esto ya me lo decía Luis Aragonés, que en paz descanse, hace veinte años. Me hablaba de la dificultad que se iba encontrando entonces para tener esos tres o cuatro jugadores que manejasen el vestuario. Él funcionaba así: buscaba unos mediadores, un nexo, en el vestuario. Se adelantó a los tiempos porque era un hombre súper inteligente. Hoy en día es muy difícil que un jugador empiece y acabe su carrera en el mismo equipo, así que esa jerarquía es difícil de conseguir. Por ejemplo: llega un chico de 19 años a un equipo y aunque haya jugadores que llevan dos o tres años más resulta que es la apuesta del club, el fichaje estrella, es el que más cobra, el que más páginas ocupa… Es difícil de asumir para el veterano y para ese chico joven. No justifico ciertos comportamientos, pero los entiendo porque si lo analizásemos un poco e intentáramos ponernos en su lugar, nos daríamos cuenta de la poca capacidad que nosotros mismos tendríamos a esa edad. Dame cualquier profesión ya sea abogado, maestro o médico, cualquiera, y dime qué capacidad tiene esa persona que será juez, periodista o maestro con 18 o 19 años… ¡Lo normal es equivocarte! El problema de los futbolistas es que sus errores son públicos y, además, los medios ahora mismo buscan el morbo y no ayudan. La vida te acelera los tiempos y tienes que aprender mucho más rápido que cualquier otra persona sin tener tiempo, experiencia de vida ni estudios suficientes, porque si te centras en el fútbol es difícil estudiar también, al menos a mí me costó, y sé que sigue pasando aunque cada vez menos. Y a ello hay que sumarle la presión que existe en muchas familias para que ese chico llegue a profesional y se convierta en el motor de la casa. En definitiva: hay muchas razones por las que el futbolista puede equivocarse y, en muchos casos, no se levanten. Siempre repito que lo difícil no es llegar, que tampoco es fácil, sino mantenerse.

De ahí que muchas carreras se queden a la mitad. Le iba a preguntar más tarde sobre ello, pero, ¿el fútbol es esclavo del tiempo? Un proyecto en casi cualquier otro aspecto de la vida puede durar años y en el fútbol suele reducirse a uno y a veces ni eso… 

Sí… Además, estamos en una sociedad en la que la sensación de vértigo, de aquí y ahora, se ha hecho más evidente. Hay muy poca paciencia… pero en todo. Es un tema social y se acaba viendo reflejado en el fútbol. Si no tienes paciencia en la vida y vas al fútbol tampoco la tendrás evidentemente [ríe]. De hecho, el tiempo para el entrenador es menor. Pero la gran diferencia para mí entre el jugador y el entrenador es que todo lo que te pase como técnico sucederá cuando ya eres una persona madura y adulta. La vida se ve de otra manera, aunque tengas una gran exigencia y sufras un montón… ¡Que se sufre y no te lo diremos todos, pero es así! [Ríe]. Pero lo tienes asumido y te resulta más sencillo por todas las vivencias.

Ahora los entrenadores sois los mayores esclavos del tiempo. Me resulta inimaginable, por ejemplo, vivir una etapa ahora mismo como la de Wenger en el Arsenal.

Así es. Y a menudo los mensajes son contradictorios, porque a veces te llevan claramente para que intentes plasmar y crear algo y ellos saben que necesitas tiempo, pero es verdad que no te lo pueden asegurar. Creo que es una de las reflexiones que tienes que tener hechas, porque condiciona tu forma de actuar. Si yo supiera que voy a tener cuatro años para trabajar en un equipo no tengo duda de que empezaría por la ‘A’ y me daría tiempo a llegar a la ‘Z’. Pero no me puedo justificar en el tiempo, porque es algo que ya sé, sino que tengo que buscar las prioridades. Y lo primero son los resultados, porque los primeros que te los exigirán son los jugadores… y ya no ellos, sino la confianza del jugador. Los grupos crecen si los resultados son positivos y esa es la manera en la que confiarán en ti, porque tú les puedes contar cualquier cosa pero si llega el domingo y no ganas y al siguiente tampoco, aunque estés jugado genial… Has de ser consciente de que el resultado prima. En mi caso intento priorizar qué aspectos del  juego puedo ir sumándole a lo que el equipo me puede dar sabiendo que tengo ese tiempo reducido.

De ahí la importancia de estar en la elaboración del equipo. No es lo mismo empezar en junio que en enero.

Claro, pero a veces no se puede elegir. Incluso si firmas en junio es posible que tampoco puedas estar en ello. Tú vas a un equipo y lo primero que tienes que hacer es convencer a los propios jugadores. Esto, es verdad, se va reduciendo con el paso de los años porque van apareciendo jugadores más completos en cuanto a capacidades, visión de juego… Vienen de haber aprendido una metodología muy diferente desde hace veinte años. Esta fue mi primera reflexión cuando fui a Soria hace seis años. Recuerdo una conversación con un jugador veterano, central, que me dijo: «Míster, eres el primer entrenador que me ha enseñado un concepto ofensivo y tengo 30 años». Este chico no es que no quiera hacer lo que le pidas ni siquiera que no pueda, sino que cree que no puede hacerlo porque no le han dejado. Ahí está la importancia también de la gestión del grupo, que incluye convencerlos.

Entiendo que es el tipo de entrenador al que le gusta dialogar con sus jugadores. Hay entrenadores que buscan eso y otros que marcan más la distancia respecto al vestuario. 

Antes de contestarte a la pregunta, quiero comentarte otra reflexión que tengo hecha. Si hay alguien que sigue manteniendo la jerarquía que ya tenía hace cincuenta años es el entrenador. Para el jugador, y lo he podido ver, el entrenador sigue siendo el primer entrenador. Creo que no hay que hacer nada especial para ganarte esa jerarquía y el jugador así la siente, pero a partir de ahí tienes que intentar que entiendan el juego, que es lo que a mí me acerca a los jugadores. No soy un alineador, soy entrenador y trato de aprovechar todo el conocimiento que he adquirido en mi carrera e intento trasladarlo. Disfruto más dando y, una vez que das, recibes. Es mi posibilidad de sentirme en plenitud. Ese contacto con el jugador por la intención de ambos de que entendamos la idea colectiva, nos acerca. Es un punto de conexión más profesional que personal. Y en ese último aspecto –el personal–: no estoy de acuerdo con que haya que tratar a todos por igual. Es cierto que hay unas bases que son interpretables e iguales para todos, pero en el resto no son iguales. Siempre les digo que hay un momento de partida en el que sí lo son, aunque siempre habrá alguno que me guste más que otro, pero después hay un punto de llegada y ahí está muy relacionado lo que puedes exigir con lo que tú has dado como futbolista previamente. Es fácil decir que hay que tratarles a todos de igual forma, pero se deberían preguntar si todos se han implicado de la misma manera. Y yo trato de compensar y de darle a cada uno lo que se merece, aunque sé que no soy del todo justo porque todos quieren jugar y solo pueden hacerlo once. Esa es la gran dificultad del entrenador: tiene que gestionar un grupo en unas condiciones muy especiales y muy diferentes. Y así les hablo a ellos. Me encanta, por ejemplo, cuando es el propio vestuario el que establece esas normas básicas de las que hablábamos antes. Y así fue en Vigo. Creo que fui privilegiado por trabajar con un grupo de chicos que implantaron sus propias normas, yo les observaba y si no se cumplían los responsables eran ellos.

Al final, el entrenador es una especie de coleccionista que va guardando enseñanzas en su carrera y después las traslada a quien las quiera escuchar.

¡Oye, muy buena esta palabra! [Ríe]. No me lo había dicho nadie, pero creo que tienes mucha razón y me gusta [ríe]. ¡Soy un coleccionista! Cuando has usado la palabra me ha venido a la cabeza lo que yo veo en los coleccionistas: un semblante de admiración, alegría y suerte. Y así me siento. Tú tienes guardado en ese estuche y en ese book tus cromos, en este caso son ideas, y tú eres el que las transmites. Creo que lo más importante es convencer a los jugadores de que son capaces de hacer lo que les estás pidiendo.

Hablábamos anteriormente de diferentes nombres con los que has compartido órdenes o las has recibido, pero si cierra los ojos de quién se acuerda.

No es fácil individualizar la foto de un entrenador, pero haber tenido a Cruyff con 21 años cambió mi vida, porque mi vida ha sido el fútbol. Él nos explicaba algo y cuando lo pensabas te dabas cuenta de que era algo sencillo y lógico. Un ejemplo: «Tú eres un cartero y yo no quiero que seas un cartero porque, ¿qué va más rápido: la pelota o tú con la pelota?» Tú le decías «la pelota». Y él continuaba: «Entonces la das y vas al espacio». Y así te lo decía. Él era un cartero, pero lo era en 3/4 de campo hacia arriba, cuando había que definir y te ibas uno contra a uno. Sobre todo le decía esto de los carteros a los laterales [ríe]. Y también decía: «Tú tienes dos opciones de pase, una más alejada y otra intermedia, si juegas con el cercano te la puede devolver o se podrá perfilar hacia adelante si está bien colocado. Pero si se la das al del fondo solo podrá dársela al intermedio, devolvértela a ti o girarse e ir hacia la portería. Al mismo riesgo: juega con la línea alejada». Había jugadores de 21, 25 e incluso 30 años, pero todos teníamos una sensación parecida: estamos aquí y tenemos unas cualidades porque él –Cruyff– nos ha firmado, pero no entendíamos el juego, sino que hacíamos las cosas inconscientemente. Él nos hizo ver el fútbol de otra manera, nos hacía pensar sobre lo que estábamos haciendo y el porqué. Fue una suerte tenerlo muy joven y aunque después me impregné de entrenadores con ideas muy distintas, lo que ellos me explicaban ya lo veía con otra perspectiva. Desde entonces analizaba cualquier concepto… aunque fuese defensivo. Mi paso por el Barça siendo tan joven me ayudó a entender cuál era la exigencia de un club grande. Desgraciadamente pude jugar muy poco y si no lo hice fue, como te dije antes, porque no estuve al nivel de Zubizarreta, pero sí pude comprobar in situ jugar con la exigencia de ganar cada día.

¿Un jugador no deja de aprender nunca y un entrenador tampoco?

Si cualquier persona llega un momento en el que cree que lo sabe todo, está perdido. Y el primero que sufre es el implicado porque se quedará solo y con una sensación de vacío, de que no está a la altura. En el fútbol hay una parte, desde Cruyff, que nos ayuda a entender que siempre hay un porqué y hay que descubrirlo. ¡No se acaba! [Ríe]. Y creo que me influyó incluso a nivel personal.

Últimamente no dejo de escuchar la palabra “método”, ¿cuál es el suyo?

Más allá de que estés en constante evolución tienes que tener una base, aunque sea en cierta manera ficticia, para que te puedan entender. Personalmente creo más en los sistemas que en el método, porque sirven para contextualizar el posicionamiento inicial y que el jugador pueda entender tu idea, pero a partir de ahí los posicionamientos están en continuo movimiento. Tú puedes jugar con un mismo sistema y hacerlo ofensivo o defensivo en función de las características de los jugadores. Y lo que sí trato de explicar a los jugadores es qué haremos cuando tengamos la pelota y también cuando no la tengamos. Eso es súper importante y es una parte del método. He aprendido con el paso del tiempo que debes saber captar qué camino hay que seguir y a veces el mejor no es el más recto, sino que hay pasar por algunas curvas para llegar al destino que tú quieres. Y en esas curvas está la capacidad del entrenador de adaptarse y de captar las sinergias que los propios jugadores realizan. Tienes que buscar lo bueno que puede hacer de forma natural tu equipo y cómo puedes aplicarlo a tu idea. Así serás más eficiente en el menor tiempo posible.

Es como un juego de cromos con la estrategia del ajedrez.

[Ríe] ¡Sin duda hay mucho de estrategia en el fútbol! Eso sí, esa estrategia la hacen buena o mala los futbolistas, que son los únicos imprescindibles en este deporte. Y eso es así [ríe]. Recuerdo una frase de Luis Enrique: «A veces es mejor una idea mediocre y que la entiendan todos en vez de una idea fantástica que no la ejecute nadie». Hay que ser consciente de lo que te puede dar tu equipo y cómo hacer daño al rival, dónde es más débil, porque no estamos en una carrera de fondo sino en una batalla ante un rival con fuerzas y debilidades.

Anteriormente hablábamos de su experiencia en Soria y en Vigo. Creo que han sido diferentes y quizá muy rápidas, ¿siente que se le ha quedado alguna espina clavada?

En el caso de Soria fui yo el que decidí volver a ser entrenador de porteros, el club quería que siguiese pero fue una decisión propia con la que buscaba equilibrio profesional y personal. Y en Vigo la decisión la tomaron los dirigentes. Me hubiera gustado seguir un año más porque tenía la sensación de que en el segundo año, aunque nunca lo sabremos, el equipo habría crecido más. Y lo creo porque habríamos apuntalado el equipo no con mejores jugadores, pero sí con jugadores que se adaptaran más fácilmente a la idea. La base estaba puesta y faltaba desarrollarla. Me quedé con esa sensación, pero no me gusta justificarme en los demás ni culpar a otros. He tenido tiempo de reflexionar y echar la vista atrás para poder ver qué ha ocurrido en esas experiencias, en las que hay cosas buenas y malas. Siento ganas de estar en un nuevo proyecto porque tengo un reto personal: después de haber hecho esta reflexión y haberme dado cuenta de que tengo margen de mejora, y con algunos matices ya en la cabeza, quiero ver si soy capaz de ejecutar esa manera de gestionar. Estoy ilusionado por ese reto sobre todo [sonríe].

Sonó para el Girona, pero no fue así. ¿Qué proyecto le gustaría tener?

Tomé una decisión con mi representante al final de la temporada pasada: como no había parado en 34 años y me notaba que estaba cansado, creímos que era el momento oportuno para ver las cosas desde otra perspectiva y con otro ritmo para poder reflexionar desde la distancia. Por suerte, pude comprobar que si hubiera querido seguir trabajando podría haberlo hecho, pero necesitaba parar. Mi idea es aceptar si sale algo en Primera División en el transcurso de la temporada y si no llevaré a cabo el mejor proyecto que tenga porque quiero entrenar. ¡Y si quiero entrenar tendré que hacerlo donde me quieren! [Ríe] Además, sé que puedo moverme por retos personales y por la ilusión más allá que por el aspecto económico. Es cierto también que hay mercados con diferentes tiempos al europeo, como el chino, el sudamericano… Antes me preguntabas si hay algo que me gustaría hacer y sí: me gustaría entrenar en Inglaterra. Me hubiese encantado haber jugado allí porque siempre me llamó la atención el ambiente, la pasión y la emoción… el entorno de allí. Si hubiera posibilidad, me gustaría también entrenar allí. ¡Y para eso están los representantes! [Ríe] 

Manolo Preciado también me dijo que le hubiera encantado entrenar en Inglaterra.

Le conocí. ¡Vaya elemento! [Ríe] Se ganaba a la gente de manera muy natural. Era un tipo genial…

Primero fue portero, después preparador de porteros y más tarde entrenador, ¿cómo hizo la transición de tener un Pepito Grillo propio a serlo usted?

Cuando yo jugaba no tenía ni ese Pepito Grillo… El primer entrenador de porteros específico que yo he tenido, porque antes teníamos exjugadores o ayudantes del técnico, fue entre 1992 y 1994. Los porteros de la época eran Rinat Dasáyev, que estaba en el Sevilla; Arconada, que era mi ídolo; y Preud, que era belga. Rinat era muy sobrio, muy alto, delgado… Le llamaban ‘el nuevo Yashin’. Fue el primer ruso que salió a jugar al extranjero y su contrato lo cobraba el estado y a él le pasaba lo que le correspondía, que era muy poca cantidad… Vino con 30 o 31 años al Sevilla y con una rodilla destrozada. La temporada en la que fui a sustituirle a Sevilla le mantuvieron en el club porque le pagaban una parte del contrato a él directamente. Él quería jugar, pero de porteros estábamos Monchi y yo, así que acababa de jugador en los partidillos [ríe]. Y si ves sus ganas de ganar… ¡Esa es la actitud! [Ríe] El puesto de preparador de portero era nuevo en el fútbol y para mí también, así que tuve sensación de novato: tienes que aprender a gestionar tus emociones y todo lo que conlleva cada rol. No tuve tiempo de asimilarlo porque el mismo año que dejé de jugar me convertí en preparador de porteros, no hubo paréntesis para formarme y además había muy poca formación en aquel momento. Pero después he podido comprobar que en esa posición hay mucho nivel y gente con muy buenas ideas. Aquí creo que también me ayudó lo que aprendí de Cruyff, porque al final consistía en llevar al entrenamiento algo que estaba relacionado con el juego. Yo he sido un portero al que le gustó correr, pero mis porteros no dieron jamás ni una vuelta al campo porque no había necesidad. Recuerdo que cuando era portero si en la carrera del viernes me encontraba bien sentía que llegaba en óptimas condiciones al partido. ¡Y ya ves tú qué estupidez! [Ríe] 

Pero siempre ha sido muy valorado como preparador de porteros.

Creo que porque fuimos prácticamente los primeros en incorporar esta figura al cuerpo técnico en un equipo grande.

Con resultados visibles… Se notó especialmente en Víctor Valdés.

Sí, pero entrenar a Valdés era fácil [ríe]. Valdés ya paraba, pero intentábamos que su entrenamiento estuviera relacionado con el juego y que cuando llegase una situación del partido no sintiese una situación de sorpresa cien por cien o no vivida. Fueron unos años que me ayudaron muchísimo porque tuve que aprender rápido y, además, Víctor era un portero muy exigente… ¡Como debe ser! [Ríe] Pero a mí su exigencia personal me ha ayudado a crecer mucho porque, aunque en ocasiones no tuviera razón, te ponía en dificultad. A veces no solo preguntaba, sino que cuestionaba. Y en esa situación tienes dos opciones: marcharte a tu casa si no eres capaz de afrontarla o estar preparado. Con Valdés no era suficiente decirle «vamos a hacer esto» porque él siempre decía «¿Y por qué?» y entonces yo ya estaba preparado, se lo explicaba y le decía cómo, cuándo y por qué. Había que argumentárselo todo y me sirvió para crecer. Pero me sentí muy cómodo con él. Y hay que destacar que cuando ha ganado trofeos individuales siempre se ha dado una importancia relativa, porque hablaba de la importancia del colectivo para ganar ese premio.

Quizá es así también porque se ha tenido que forjar a sí mismo, ha ido de menos a más y nunca contó con el favor de nadie. 

Sí, sí. Pero esa exigencia hacia el portero ha hecho que nos sintamos más partícipes. Creo que Valdés se sentía importante no solo por parar un balón, sino porque también iniciaba muchas jugadas que después acababan en gol. Y así uno tiene una sensación más cercana al juego y se siente más involucrado.

Ha conseguido dar más protagonismo al portero en el buen sentido de la palabra.

¡Sí, sin duda! Hoy el portero es mucho más protagonista que hace 30 años y tiene una mayor exigencia. Hemos empezado la entrevista hablando de que antes se ponía de portero el pequeño o el gordito y ahora el que lo quiere ser realmente tiene que tener todas las cualidades y debe ser el chico más completo de la clase.

Un portero tiene que ser todo lo que son los demás jugadores y, además, parar…

Sí, sí, totalmente.

Por último: ¿Los porteros están locos realmente?

[Ríe]. Creo que es una de esas fábulas que se dicen un día y quedan ahí. A ver, si uno empieza a analizar lo que hace un portero tanto en el entrenamiento como en el partido se da cuenta de que algo de loco tiene que tener. Te estás pegando cabezazos a un lado, al otro… [ríe]. Y tienes un factor diferenciador: vistes de manera distinta y estás en el fondo para que no ocurra lo que realmente quieren todos: los goles. Y también se percibe una situación de aislamiento de la época antigua, que no tiene nada que ver con la actual. Eso sí, un portero tiene que ser muy fuerte mentalmente pero no solo por la presión, sino porque su posición conllevará vivir en los extremos. Su rendimiento influirá mucho en el resultado de los partidos: puede ser positivo y será el héroe y si falla, su error será muy visible y se convertirá en el villano. Creo que mi intención de buscar continuamente el equilibrio viene de ahí, porque todos estamos condicionados por nuestras vivencias. Un portero va en contrasentido, así que si mi posición en el campo no me da ese equilibrio, lo tengo que buscar yo porque si no es un sinvivir.

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