SALA DE EMERGENCIAS

Pablo Pérez
Foto original: © La magia del Brujo

Me van a disculpar, pero no me imagino a mi médico Juan Blanco –traumatólogo experto en Escoliosis– tratando la cardiopatía de mi querida madre. En caso de emergencia, eso sí, es una voz autorizada que podría ejercer como una de esas grúas que te atienden en la carretera cuando te has llevado el susto de tu vida con el coche. Pero desde luego que la labor posterior del mecánico, en este caso del cardiólogo, sería absolutamente fundamental para el diagnóstico y el desarrollo del tratamiento. Y, de nuevo, el fútbol y la vida son perfectos sinónimos. Me explico:

Pablo Pérez jamás será buen delantero centro. Nunca. Porque no es su especialidad, como tampoco es la cardiología para Juan Blanco, y porque no posee las aptitudes para ello. Al igual que mi médico, en caso de emergencia puede tomar las riendas y defender ese puesto por exigencias del guion. No será el mejor partido de su vida, como tampoco lo sería la revisión de Blanco al corazón de mi madre, pero sí intentará salvar por todos los medios el partido. Buscar el balón, encontrarlo… Estudiar al portero, presionarlo… Idear la manera de ayudar a sus compañeros, dejarse el alma corriendo para conseguirlo… Y no esperen tampoco que no dude en la acción, y no porque no esté capacitado para el fútbol, sino porque en cada gesto o movimiento sentirá el aliento contaminado que ahoga su confianza y apaga sus aptitudes. Pueden cambiar el nombre de Pablo por el de Nacho, Hernán, Carmona, Canella o por quien quieran. El discurso, el ejemplo y la historia es válida para todos.

Quizá parezca que el fútbol es cuestión de nombres propios, pero nada más lejos de la realidad. Un futbolista que sale con miedo al ruedo, jamás recogerá el balón para ofrecérselo al respetable. Siempre sentirá miedo al intentar dar la estocada y es más probable que acabe siendo más dañina para él que para el destinatario original.

Me van a disculpar, pero esta es mi opinión.

*Escucha la columna:

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