PERDÓNENME

Sporting de Gijón
Foto original: © Real Sporting

Me van a perdonar los más ‘machos’ del lugar –entiéndame la ironía–, pero jamás he entendido la continua referencia a las bailarinas como medida diferenciadora de los futbolistas. Si el fútbol es bueno, al menos eso creo yo, la vista debe contemplarlo y entenderlo como si fuera el mejor de los Ballet… Un increíble espectáculo –con sus diferentes variantes de esquema– para el deleite de las retinas traducido por bailarines en un césped que sustituye a las tablas de un escenario. Una perfecta armonía defendida desde el Primer Bailarín, que ostenta el mayor peso de la compañía, hasta el que está en última fila más escorado. Sí, sin duda, el buen fútbol  debería poder compararse con el Ballet. 

Eso sí, tengo claro que no gusta la comparación… al menos en ciertos ambientes. Recuerdo que, hace años, mi primer artículo en un portal de fútbol trataba precisamente sobre esa relación entre el balompié y la danza más clásica. Me lo vetaron y me dijeron: “Es tu primer artículo, eres mujer y… ¿vas a hablar de fútbol y baile? Te dirán que no sabes absolutamente nada de este deporte y te estigmatizarán”. Sigo preguntándome por qué.

De hecho, bailarines y futbolistas tienen más en común de lo que parece a simple vista: exigente preparación física; dieta inquebrantable; horarios establecidos; sacrificios desde tempranas edades; carrera con fecha de caducidad… Ahora podríamos debatir qué les separa, pues siempre optamos por esa vía. Desconozco el motivo, aunque me lo puedo imaginar: “el fútbol es cosa de hombres y la danza de chicas”, como si no hubiera bailarines hombres y mujeres futbolistas… Pero yo he preferido elegir los nexos comunes. Siempre es mejor sumar que restar; construir que destruir; acercar que alejar… En el fútbol, en la danza… en cualquier aspecto de la vida.

Ahora que parece que el Sporting inicia una nueva coreografía, sin conocer bien la banda sonora, me apetece regocijarme en el recuerdo de aquel equipo que bailó al son de los versos del himno, que puso a Gijón en pie y que creó la más perfecta de las coreografías. El plié –flexión de las rodillas– fue la igualdad entre todos los integrantes del grupo; el relevé –alzar los pies– fueron los goles reconvertidos en puntos; y el deboulé –giros en puntas– las jornadas en Primera a lo largo de la primera temporada.

En un intento de fidelidad a la filosofía de Frida Kahlo –pintora, que no bailarina– se sumaron al “Pies, para qué los quiero si tengo alas para volar”. Gijón voló con ellos. Pero nadie nos contó que el final del repertorio coreográfico dejaría un sensación de desazón tan aguda en el alma y que el simple y mundano hecho de aplaudir con pasión por el espectáculo visto era más extraordinario de lo que creíamos.

*Escucha la columna:

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