LAS CARICIAS DE EL MOLINÓN

Sporting-Osasuna

Qué decir de él… Siempre atento, siempre fuerte, siempre clave. Él, que te embriaga con su aroma cuando vuelves después de una mala semana. Él, que te abriga cuando el frío acecha. Él, capaz de ponerte los pelos de punta con una simple caricia. Él, el único capaz de unir a seres tan dispares como semejantes al mismo tiempo. Él, que se ha convertido en tu chaleco salvavidas. Él, que es tu oxígeno cuando llega la ansiedad por no poder coser(te) a puntos. Él, tan bonito por dentro como por fuera. Él, que tiene un eco capaz de resucitar en cuerpo lo que ya eran cenizas. Él, el más y mayor protagonista. Él… El Molinón.

Hacía tiempo que acudía a mi cita con más pena que gloria. Desde entonces, mi piel jamás se había vuelto a poner de gallina en El Templo. Creo que me contagié del ambiente que se respiraba y que me adapté al mismo tiempo que lo adopté. Pero el pasado viernes ante Osasuna… volvió. Sí, volvió mi piel de gallina. Y no por la victoria y el partido completo del equipo, que también, todo empezó durante el ‘bufandeo’, momento en el que sentí ese ‘algo’ que, desde hace meses, rechazaba e ignoraba.

Por primera vez en mucho tiempo no canté el himno. Me limité a observar. Y vi dieciocho mil bufandas al viento. Y (me) dije: “Es por esto, Paula, por esto te enamoraste”. Me enamoré del Sporting en 2011, creo, al visitar por primera vez vuestra casa -ahora mía también-. Y el viernes lo recordé in situ. Sonreí y seguí observando a los niños que, pese a la hora, no faltaban al encuentro; a los ancianos curtidos en mil batallas que se lamentan por haber vivido la edad dorada al mismo tiempo que se ilusionan con las galopadas de Jony; a los jóvenes que sueñan con ver a un Sporting como el que vivieron sus abuelos; y a los adultos que aman ver en sus hijos el reflejo de su ‘yo pasado’. Vi todo esto y la victoria del equipo ganada a pulso, con juego y por actitud.

Asimismo, percibí cómo, por fin, El Molinón está empezando a despertar. Aplaudieron las buenas jugadas, maldijeron con cariño las ocasiones falladas y reconocieron a su equipo. Pero, para mí, el momento más bonito fue un error de Jony. Después de una jugada más que brillante, se tiró al suelo abatido e incrédulo y la respuesta de esas dieciocho mil personas fue la de corear su nombre. El reconocimiento en el error es el ánimo más fuerte para cualquier jugador. La piel de gallina se instauró en mí de nuevo y para lo que quedaba de partido. Todavía hoy sigo con ese recuerdo en mi retina y continúa sacándome una sonrisa de oreja a oreja, casi tanto como el empeño de Jony en revivir a ‘los suyos’.

La noche del viernes fue muy bonita. Y ojalá sea el inicio de muchas más… porque el simple hecho de que miles de personas se conviertan en una sola de nuevo es la mejor noticia que ha recibido el Sporting desde agosto. Y la licencia más lícita que existe para seguir soñando… o empezar a hacerlo.

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