LA RAÍZ DEL SPORTING

Sporting de Gijón

Empezaré hablando de palmeras. Sí, palmeras. Cuando uno pasa a su lado no se detiene a observar su belleza, están ahí, como siempre. Están. ¿Saben que son las únicas plantas y árboles que sobreviven a huracanes y fuertes tormentas? Pueden ver cómo se destruye absolutamente todo a su alrededor, pero ellas siguen ahí. Vuelven a estar. Y no digo intactas, pero están. La clave está en su elasticidad, que les permite recobrar después su forma. Además, se dejan zarandear por el viento e incluso orientan sus hojas en la misma dirección que él para minimizar su empuje. Pero no es solo esa elasticidad el asterisco de su receta: serían menos fuertes y resistentes sin sus raíces. Están debajo del suelo, son muchas y muy pequeñas. Son las que permiten que se agarren con más fuerza al suelo en caso de que llegue el temporal. Pero, así mismo, son su mayor debilidad. Lo mismo que le dan también le quitan, pues hay que cuidarlas en ausencia de humedad ya que si se mojan perderán la estabilidad y caerán como el resto de árboles. Es decir: las pequeñas pero importantes raíces de la palmera es lo que le hacen fuerte, diferente, superviviente y única. Y, sí, todo esto tiene un nexo con el Sporting.

En tiempos de fútbol moderno, en el que te olvidas de los tuyos para traer a los saudíes -con todo el respeto que merecen- impuestos, la raíz del Sporting, tan infravalorada como denostada, va perdiendo fuerza. Es Mareo. Ya lo dijo Javier Vidales, maestro del fútbol, de la vida y de la Escuela a partes iguales.

Piénsenlo: cuando todo ha ido mal, cuando la tormenta se había instalado en la ribera del Piles, era la raíz -Mareo- quien se partía la cara por defender ese escudo, esa historia y ese Templo. Los jugadores foráneos sin cimientos en Gijón seguían pasando, igual ocurría con los entrenadores, y ella seguía siendo pequeña y fuerte al mismo tiempo. Pero jamás, solo cuando el temporal acechaba, se acordaban de mimarla y alejarla de la humedad… para que continuara siendo el eje más valioso del club. Se olvidaron, todos, y tanto, que ahora cuando una de las semillas engendradas sale a la superficie lo hace con miedo, como si procediera de un árbol cualquiera y no de toda una palmera. La incertidumbre, la ausencia de valoración y la presión la humedecen hasta tan punto que acaban con ella. Se puede vivir, jugar, bailar y enfrentarse a una tormenta, pero uno no puede ahogar y pretender que queden resquicios de vida. No hay raíz que lo aguante.

Y para que la elasticidad, esa misma que te permite recuperar tus medidas cuando llega la calma, cumpla su función tienen que existir esas medidas, esa forma, esa idea, ese estilo, esa característica que le hace único. Como la palmera. Pero el Sporting hace décadas que no sabe definirse a sí mismo, salvo cuando Preciado alzó su voz para reunir a los espectadores en torno a la palmera en forma de El Molinón y cuando Los Guajes tiraron de las raíces para subsistir. Pero, si no hubiera sido por ellos, hoy no nada de lo que hablar. Quien decide seguiría trasplantando árboles ajenos que mueren ante cualquier zarandeo. Y a veces la llegada de savia nueva es positiva porque ayuda a crecer con más fuerza, pero, como todo y como las raíces, siempre en dosis pequeñas y con el único interés de que esa palmera crezca sana y se haga aun más fuerte para llegar todavía más alto.

Por cierto, creo que en vez de irse por las ramas, siempre es mejor acudir a la raíz, que es donde habita el sentido del todo. Y, sí, en el Sporting también.

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